En no pocas ocasiones, los que sentimos aún la importancia de los estudios humanísticos nos hemos topado con algún conocido que, sin pensarlo, nos ha formulado la si- guiente pregunta: ¿para qué sirve la his- toria? También es posible que en otras ocasiones nos hayan comentado esto otro: ¿por qué tiene que estudiar mi hijo historia si es de ciencias? Son situacio- nes que reflejan una dura realidad: nos ha tocado vivir en una época en la que las humanidades apenas tienen sitio.
Así las cosas, la primera reacción siempre pasa por iluminar la caverna para acabar con las siniestras som- bras. Es entonces cuando uno res- ponde con razonamientos de alcance: intenta mostrar la importancia para el devenir civilizado de las sociedades; acude a ejemplos varios e incluso se le explica lo importante que fueron estos estudios para el progreso de Occiden- te. Cuando uno cree que va por el buen camino, repara en el semblante del individuo que tiene delante y se perca- ta del fracaso: el personaje ha desviado la mirada, por su rostro han aparecido pequeños gestos de hartazgo que de- muestran cuán poco le importa lo que está escuchando. Es hora de refugiarse bajo la sombra de un limón.
Durante muchos años me he esfor- zado por rebatir estos pareceres. De un tiempo a esta parte he optado por variar mis respuestas. Si la persona es entra- ñable, reformulo su cuestión inicial: no te preguntes por la utilidad, sino por el modo en el que la historia o el latín pueden ayudar a tu hijo a ampliar sus horizontes. No hay ámbito del conoci- miento que no ayude en el progreso de una persona. Nada como escuchar a un médico hablando de historia, ver a un arquitecto en una tertulia literaria o a un historiador trabajando con los avances de la ciencia genética. Efectiva- mente, cultivando este enfoque desde el principio acostumbraremos a los niños a preparar sus mentes para los retos que la vida les irá deparando. Ningún saber cayó nunca en saco roto. Ahora bien, si quien escucha es una persona emotiva, la táctica forzosamente será otra: captar su atención con un comentario desconcertante. Efectivamente, les digo, la historia y los historiadores no servimos para nada. Nadie vino a buscarnos durante el confinamiento ni salvamos una sola vida. Cuando le cuento esto a mis alumnos todos abren los ojos con enorme sorpresa; la cual aumenta al completar el razonamiento: no salva- mos vidas; pero podemos arruinarlas. No han sido pocos los académicos que contribuyeron a la Era de los Horrores.
El culto a las identidades; la forja de las diferencias y la jerarquización de los pueblos; la vinculación de una lengua (que es algo vivo por definición) con un territorio, con una cultura y unas tradiciones inmutables; la búsqueda de las diferencias (muchas veces inven- tadas) que siempre nos hacen mejores que nuestros vecinos; las reacciones contra el mundo moderno; el rechazo del cosmopolitismo; el desprecio hacia la diversidad y los nuevos aires. Estos elementos, que tantas almas han enve- nenado desde el siglo XIX, fueron for- jados por hombres de letras. Luego sí, la historia humanista sigue siendo tan útil para la supervivencia como lo son los nuevos descubrimientos médicos. Los dos salvan vidas; unos desde los colegios y las facultades y otros desde los hospitales. Luego si los historia- dores desaparecemos es evidente que quedarán sanitarios trabajando; pero no habrá nadie activando las alarmas intelectuales contra los discursos de exclusión que tantos millones de muer- tos sumaron y siguen sumando en la actualidad. En Ucrania lo saben bien.
La revista Andalucía en la Historia acaba de cumplir veinte años. Su estela ya es alargada y luminosa. Por ella han pa- sado varios directores; la última, Alicia Almárcegui que tanto y tan bien ha he- cho por engrandecer la mejor revista de divulgación de Andalucía. Y ahora me toca a mí tomar el relevo. No les quepa duda que trabajaré para alargar esa tra- yectoria y, sobre todo, para que nuestra tierra siga siendo un lugar abierto al mundo, a los cambios y a las diferencias enriquecedoras.
JOSÉ ANTONIO PAREJO FERNÁNDEZ
DIRECTOR DE ANDALUCÍA EN LA HISTORIA
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