Uno de los mayores viajeros del mundo antiguo fue un individuo de cuna andaluza, originario de un pequeño municipio romano del valle del Guadalquivir y de uno de los asentamientos romanos más antiguos de Hispania: la ciudad era Itálica; el viajero, obviamente, el emperador Adriano. De sus veinte años de reinado, entre el año 117 Y 138 d.C., más de diez fueron de viaje constante por todo el Imperio. Aunque era originario de Itálica, lo más probable es que hubiese nacido en Roma. Quizás por eso, su tutor, el que habría de ser el emperador Trajano, lo envió de adolescente a conocer los lugares familiares en la Bética. Treinta años después, durante su gran viaje del año 122-123, volvió a Itálica ya convertido en emperador. En este año se debería conmemorar aquella visita imperial que contribuyó a crear la Itálica que hoy vemos.
Pero no son los viajes del emperador lo que interesa aquí, sino las razones del viaje. Para un emperador, el viaje era un acto de gobierno: ciudades, provincias y ejércitos lo esperaban con tanto ardor como temor. Sin embargo, para Adriano, como para tantos otros hombres cultos del Imperio, el viaje era también un acontecimiento cultural. Así lo decía su biografía: "Tal era su pasión por el viaje que quería conocer personalmente todas aquellas regiones de la tierra sobre las que había leído". La provincia romana de la Bética, el antiguo solar de la mítica Tartesos, se convirtió en destino de viajes y en sujeto de narraciones que alimentaron su fama de lugar maravilloso, digno de ser visitado entre otras razones por ser uno de los extremos de la tierra habitada. Las siguientes páginas están dedicadas a recordar cómo viajeros y relatos crearon el mito de este fin del mundo.
FENICIOS Y CÁDIZ. La historia de los viajes al extremo occidente del Mundo Mediterráneo comenzó, naturalmente, con los fenicios y la fundación de Cades, la actual Cádiz. Para Estrabón, la presencia fenicia en el extremo occidente tenía una clara razón: los fenicios se habían embarcado en su navegación hacia Occidente para dar cumplimiento a un oráculo pronunciado por el dios de la ciudad fenicia de Tiro. Este dios no era otro que Melkart, cuyo nombre viene a significar algo así como "rey de la ciudad". Tras dos intentos fallidos puesto que no encontraron el lugar exacto indicado por el dios, a la tercera los navegantes fenicios fueron capaces de identificar la isla donde debían fundar la ciudad. Puesto el pie en la isla correcta, los nuevos sacrificios corroboraron el acierto y allí se creó aquella nueva ciudad en torno al recién fundado santuario de Melkart. Los griegos, cuando siglos después llegaron a la isla, identificaron a este Mekart con Heracles, al que los romanos llamaron Hércules. Se había establecido uno de los límites del mundo: las Columnas de Hércules. Si se continuaba la navegación hacia el Occidente, ya sólo se encontraría el océano.
Estrabón, sin embargo, no proporcionó fecha alguna sobre aquella aventura viajera de los fenicios. Un coetáneo, Veleyo Patérculo, historiador de vocación, sin embargo, nos dio la fecha: ochenta años después de la Guerra de Troya. Esta referencia nos lleva, siguiendo los cómputos antiguos, hasta el 1104 a.C. Desgraciadamente, los testimonios arqueológicos no nos permiten confirmarla, pues no van más allá del s. VIII a.C. Esto, sin embargo, no es obstáculo para sostener la tremenda antigüedad de Cádiz, que se convirtió en uno de sus más importantes atractivos para los viajeros de la Antigüedad.
Andalucía, durante la Antigüedad, fue siempre uno de los extremos del mundo. Andalucía estuvo lejos de los centros de civilización del Mediterráneo. Sin embargo, esa distancia geográfica se convirtió en una de las principales razones de la llegada de viajeros. Estas tierras fueron siempre lugar de maravillas, de leyendas y de hombres y riquezas proverbiales que alimentaron la imaginación la codicia y la fe de los visitantes. Incluso cuando el Imperio Romano extendió la vida civilizada por todo el Mediterráneo, el recuerdo literario de aquellas leyendas antiguas mantuvo vivo el interés de unos viajeros que siguieron viniendo, deseosos de contemplar uno de los "confines de la Tierra".
Estatuilla de divinidad labrada en bronce y aparecida en los alrededores del antiguo templo gaditano de Melgart-Hércules. Época fenicia arcaica (siglos VIII-VII a.C.).
Aunque Estrabón nos quería hacer creer que el origen de Gades estaba en la voluntad de un dios, otros motivos menos poéticos estaban debajo del afán marinero de los fenicios. Las pequeñas ciudades fenicias como Tiro, asentadas en promontorios e islotes cercanos a la costa, fueron incapaces de resistir el avance del Imperio Asirio, uno de los imperios más terribles de la Antigüedad. Militarmente incapaces, consiguieron sin embargo mantener cierta independencia comprándola. Para ello necesitaban plata, y plata es lo que encontraron en el sur de la península ibérica. Aunque los fenicios, naturalmente, se esforzaron por mantener en secreto el origen de la plata con la que pagaban su libertad, poco a poco las noticias empezaron a difundirse por todo el mundo antiguo: al mar y a la palabra no se le pueden poner puertas. Y así, la costa andaluza adquirió la fama de ser tierra de promisión.
La colonización fenicia creó tres elementos que convirtieron a la provincia romana de la Bética en un lugar predilecto como destino literario. El templo, su condición de auténtico finis terrae y la riqueza infinita del territorio despertaron siempre el interés y la codicia de los visitantes. Desde el final de la Guerra de Troya nunca cesaría la venida constante de fieles, curiosos y codiciosos. Pero para que esto fuera así, fue necesaria la intervención griega.
LOS GRIEGOS. A nosotros, los modernos, y ante la contemplación de los restos arqueológicos del mundo antiguo, nos gusta imaginar a los griegos como hombres y mujeres de buen vivir, rodeados de toda suerte de lujos y capaces de disfrutar del saber, de la conversación y de la buena compañía. Nada más lejos de la realidad. Los griegos de la Antigüedad eran pobres y, para escapar a la pobreza, se lanzaron al mar, que le ofrecía más oportunidades de morir que de prosperar; por eso, quizás, necesitaron acrecentar su ingenio.
La pobreza, como decía, empujó a los griegos al mar y en el mar encontraron las primeras noticias de la riqueza que Iberia podía ofrecerles. En un mundo sin mapas y sin otro sistema de navegación que el oteo de la costa, resultaba tan difícil saber a dónde dirigirse como tener éxito en cualquier expedición de exploración. Heródoto, el historiador del s. V a.C., nos ofrece, sin embargo, una anécdota que puede ayudarnos a comprender cómo los griegos consiguieron llegar a aquel lugar famoso por los ríos de plata de los que habían bebido los fenicios. Es la historia del navegante de Samos Coleo. Coleo era un afanoso comerciante que en uno de sus frecuentes viajes se afanó por llegar a Egipto para hacer buenos negocios. No era una viaje difícil ni insólito pues el comercio entre el Egeo y Egipto era común. Sin embargo, los dioses no quisieron que llegara a Egipto.
Tras zarpar, Coleo pudo comprobar que en lugar de soplar una suave brisa de componente norte que lo acercara al valle del Nilo, un viento de levante constante lo desviaba de su ruta prevista. Pudo arribar a la islita de Platea, frente a la costa de Libia, y donde supo de la colonización de Cirene. Pero, cuando retomó la singladura, aquel viento de levante no lo dejó volver a su patria sino que lo llevó más allá de las Columnas de Hércules. Por fin pudo fondear para descubrir que había llegado a una tierra conocida como Tartesos.
Allí fueron bien acogidos y consiguieron hacerse con cantidades ingentes de plata: la donación que hizo en el templo de Hera, a su regreso, para agradecer el favor divino, fue de seis talentos de plata, la décima parte de sus ganancias. Si el talento tenía un peso de 26 kg, lo sesenta talentos que obtuvo sumaban la fabulosa cantidad de mil quinientos sesenta kg de plata.