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De Jaén a Lima pasando por Sevilla

Un noble jiennense al frente del virreinato del Perú

JAVIER GARCÍA BENÍTEZ
UNIVERSIDAD DE GRANADA

El 21 de noviembre de 1585, Fernando de Torres y Portugal, conde de Villardompardo, tomó posesión del cargo de virrey del Perú. Se trató de un ascenso fulgurante debido al desempeño de distintos cargos en la administración de la Monarquía Hispánica durante el reinado de Felipe II.

El linaje de los Torres y Portugal hunde sus raíces en el periodo bajomedieval, ya que constituían una rama colateral de la notable casa jiennense de Torres, de la cual heredaron el señorío de Villardompardo a comienzos del siglo XVI ante la falta de sucesión directa, tanto de Teresa de Torres, viuda de Miguel Lucas de Iranzo, condestable de Castilla y privado del monarca castellano Enrique IV, como del vástago de ambos, Luis de Torres, el cual abrazó la carrera espiritual y falleció sin descendencia en el año 1500. 

Ese "otoño de la Edad Media" magistralmente descrito por Johan Huizinga y el paulatino tránsito a la modernidad fueron tiempos de cambios en los reinos peninsulares con el asentamiento en el poder de los Reyes Católicos y la renovada orientación política que le dieron al Reino de Jaén, ya que, para acabar con las tradicionales banderías nobiliarias, apostaron por otorgar el poder, con sus principales cargos, a una persona de su confianza, Antonio de Fonseca, señor de Coca y Alaejos. 

Ello coincidió, también, con momentos de transformación en el señorío de Villardompardo, ya que una nueva línea, los Torres y Portugal, se asentaron en la titularidad del mismo, el cual era poseedor de varias dignidades relevantes, colocándolo, a priori, entre las familias jiennenses más notables. 

Una situación que se vio alterada por el mencionado giro del tablero político, el cual afectó sobremanera al señorío, experimentando una pérdida de relevancia social y política, ya que fue despojado de uno de los puestos más notorios de Jaén como era el de alguacil mayor, vinculado tradicionalmente al señorío de Villardompardo, y cuya vara de mando otorgaba al poseedor la representación de la justicia y el gobierno de la ciudad jiennense. 

Como se puede intuir, esta decisión, aunque acatada, fue recibida con reticencia, provocando cierto malestar, el cual afloró en forma de participación como miembro destacado de la revuelta de las Comunidades en dicha ciudad. Tras su aplacamiento, condena al destierro, perdón y regreso de Bernardino de Torres y Portugal, la deslealtad a su legítimo señor, el monarca, tuvo consecuencias, no a escala económica, ya que el señorío conservó sus privilegios y su integridad territorial, pero si a nivel social, desapareciendo de la primera escena política al ser despojado de la condición de caballero veinticuatro o concejal del ayuntamiento de la ciudad de Jaén. 

ASCENSO CONTINUADO. Este estado de postergación perduró hasta mediados del siglo XVI, momento en el que se produce un cambio en la titularidad del señorío de Villardompardo en la persona de Fernando de Torres y Portugal, hijo de Bernardino, el cual tomó la firme determinación de sacar a su apellido de la irrelevancia social y política que padecía. El principal mecanismo para conseguirlo de una forma más rápida era el desempeño de los oficios que ofrecía la estructura administrativa de la Monarquía Hispánica. 

Retrato de Fernando de Torres y Portugal con el hábito de la Orden de Santiago. Cristóbal Lozano (atrib.)

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De este modo, tras acceder al cargo de caballero veinticuatro o regidor, su estirpe volvió a retomar un papel notorio en la política jiennense. Pero Fernando no se conformó con el mantenimiento de la influencia de su linaje en un ámbito local en la línea de sus predecesores, sino que quiso traspasar esta esfera, ya que era consciente que, para elevar el estatus de su casa, debía conseguir un importante ascenso social, y la mejor palanca era el ejercicio de cargos. Así, participó como procurador en representación de la ciudad de Jaén en las Cortes de Valladolid de 1555. 

Sin duda, este puesto resultó un punto de inflexión en el despegue de la carrera de Fernando de Torres y Portugal, ya que le permitió entrar en contacto con círculos de poder muy notables, entre los que destacaba la Corte. A partir de este momento, comenzó un ascenso meteórico plasmado en la concesión de prerrogativas y dignidades. En 1559, se le instituyó el oficio de alférez mayor de la ciudad de Jaén. Se trataba de un cargo con atribuciones políticas, militares y de distinción social. De ello, se desprende que la concesión de este cargo tenía como principal cometido reforzar y ampliar el poderío de los Torres y Portugal en el contexto jiennense.

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