Columnas
In memoriam

Antonio Ramos Espejo, la trama del cronista

Referente de los medios de comunicación del último medio siglo

JOSÉ ROMERO PORTILLO
PERIODISTA

El pasado 25 de febrero fallecía el periodista Antonio Ramos Espejo, a las puertas de un día siempre subrayado en blanquiverde en su agenda. Lo hacía, quizás, como última rúbrica en su coherente y comprometida hoja de servicios, que escribió como se tejían las alforjas más resistentes de su pueblo: con paciencia y un marchamo de sabiduría. En prensa, en televisión o en aulas universitarias, este notario de la intrahistoria hilvanó cientos de reportajes y crónicas que dieron voz a los silenciados y, sobre todo, luz a la tierra que, paradójicamente, menos la podía necesitar. El pasado 25 de febrero se despedía un maestro, un compañero, un amigo. Un periodista andaluz que estuvo vinculado a esta revista durante más de una década.

Un breve apunte en su moleskine, Unas un mente a en un fogonazo de la memoria, podía ser el boceto de un texto de Antonio Ramos Espejo (Alhama de Granada, 1943-Sevilla, 2023). Es posible que esa nota, escrita con el sigilo de un cazador furtivo, permaneciera intacta durante días en el cuadernillo de cubierta negra. Allí, en las hojas todavía tersas, las ideas cobraban una vida secreta, maduraban cómplices con el tiempo; hasta que, de la forma más insospechada, del pacto mágico de las palabras, surgía un hilo narrativo que pugnaba por salir del costurero y ensartar la aguja. Con sosiego, el periodista forjaba unas frases —una descripción, un testimonio, que, puntada a puntada, tomaban cuerpo y, si se apuraba el ingenio, culminaban bordadas hasta lograr un magnífico tejido: la crónica. 

Pero hasta alcanzar el género más preciado, ese lienzo de seda urdido en las páginas de un diario, la trama del periodista se había curtido antes en cientos de rutas. A lo largo del camino, Antonio Ramos adquirió diferentes pieles. Resulta complicado distinguir en él una sola faceta. Desde el impetuoso reportero con alma de poeta -"el periodista que no quería ser periodista", como lo vio Miguel Aguilarhasta el articulista reflexivo; pasando por el director de diarios, el profesor universitario o el artífice de enciclopedias y documentales, su itinerario estuvo jalonado por numerosos hitos, que fueron huellas de sus pisadas por la tierra. La tierra —y la mar— de Andalucía, que recorrió en incontables ocasiones, con el espíritu apasionado de quien escucha y recoge las voces de la historia. O mejor, las voces de la intrahistoria, de un pueblo tantas veces amordazado como castigado. 

Para Antonio Ramos no existía otro modo de entender el periodismo más que desde el "drama", planteado como aquello en lo que se actúa. Lejos de la pasividad oficinesca que adormece las redacciones, el de Alhama se caracterizó en sus cinco décadas de trabajo por buscar la noticia, por beber directamente de las fuentes y mancharse los zapatos de barro, sin esperar la información manipulada por otros. Así lo repetía siempre que tenía ocasión, cuando señalaba que "el periodismo es aventura, esa vocación fronteriza con la literatura". Con afirmaciones como estas, no es de extrañar que en su obra se cruzaran los guiños a Federico García Lorca, San Juan de la Cruz o Gerald Brenan, que sirvieron de brújula; autores que despertaron su pasión por el teatro, la poesía y la historia, y que confluyeron después en una sola cosa: el oficio del periodista. Del "periodista a secas", como aseveró orgulloso en una entrevista. "Ser periodista es tan importante, que cualquier añadido lo empobrece. Ni periodista y escritor, ni periodista y profesor... Periodista a secas". 

"Federico no escribía. No tenía ganas de comer". La asistenta de la familia García Lorca, Angelina Cordobilla, ofreció al periodista un testimonio vibrante de las últimas horas del poeta.

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DE TORREMOLINOS A ROMA. Desde su formación en el Colegio San Estanislao de Kostka, en el barrio malagueño de El Palo, el futuro periodista atesoraría una cualidad especial para auscultar el sentir de la gente. Esa sugestión estuvo latente durante años, hasta que en 1968 se postuló en la redacción de Sol de España, donde debutó con unas crónicas de sociedad impresas en la contraportada. En esos textos aparecían retazos del turismo en Torremolinos y, siempre que se lo permitían, de la vida nocturna, demasiado crápula para la moral del nacionalcatolicismo. Entre la "cara a", del gusto oficial, y la "cara b", inaceptable para las autoridades locales —protegidas por "el león de Fuengirola", Girón de Velasco-, el cronista no dudó en decantarse por la segunda. Aunque fuera a cuentagotas y salvando con perífrasis la vigilancia de la censura, mostró la versión sombría de una Costa del Sol, en la que también "reinaba el contrabando, la prostitución y aparecían los legionarios por Semana Santa con las trompetas y los tambores llenitos de grifa" 

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