Las guerras no solo se dirimen en el campo de batalla. La propaganda, el relato al modo en el que la información llega al público son parte esencial del rédito político que los conflictos armados dejan tras de sí. Por más que tuviera lugar en 1571, una fecha que casi puede resultar lejana, la batalla naval de Lepanto, que enfrentó a turcos y cristianos, vino seguida de otro enfrentamiento publicitario entre los aliados cristianos para ensalzar el triunfo y atribuirse el mérito. Desde su escritorio sevillano, el clérigo Fernando de Herrera tuvo un decisivo papel en esa segunda guerra.
Grande Francisco Pacheco, "Fernando de Herrera", en Libro de descripción de verdaderos retratos de ilustres y memorables varones (1599)...
Dicen —aunque a saber si fue verdad— que Luis Miguel Dominguín, inmediatamente después de haber cumplido con las labores que exigían el caso o Ava Gardner, salió por piernas para dar cuenta de la faena a los amigos. Y es que una victoria sin eco ni bombo no alcanza a ser por completo una victoria. Si se gana en el campo de batalla, pero no le llega la noticia a nadie, parece que el esfuerzo sirvió para poco. Por eso, manejar el relato posterior a la guerra resulta tan importante como vencer al enemigo, mintiendo incluso, si al caso viene.
Pensamos en nosotros mismos y en cómo asistimos como espectadores distantes a la guerra de Ucrania. Los informativos de televisión, las radios, los periódicos o Internet nos van ofreciendo una información continua y casi masiva, pero también interesada. De manera que nuestra imagen de la guerra, querámoslo o no, estará siempre condicionada o alterada por los medios que manejan esa información. Nada nuevo bajo el sol, pues lo mismo ocurría en el siglo XVI, mucho antes de que Goebbels sentenciara aquello de que una mentira repetida mil veces termina convirtiéndose en verdad.
Eso fue lo que ocurrió casi inmediatamente después de que la armada cristiana derrotara a la turca en el golfo de Lepanto el 7 de octubre de 1571. Las potencias vencedoras se lanzaron de inmediato a una tremenda campaña de autobombo con tintes múltiples. La primera de ellas consistía en potenciar la propia imagen ante sus gobernados y frente a los demás reinos de Europa. Toda una maquinaria de propaganda se puso en marcha, sirviéndose de celebraciones públicas, arquitecturas efímeras o pinturas que exaltaron la victoria. Pero, sin duda, el instrumento más poderoso con el que entonces se contaba para difundir mensajes ideológicos era la imprenta. Por eso, apenas un mes después de la batalla, comenzaron a imprimirse textos de toda índole.
Se trataba, claro está, de dar noticia de la victoria, pero también de presentarla como una guerra justa y santa, fruto de un espíritu de cruzada y llevada a cabo en servicio de Dios. Era la voluntad divina la que había guiado a los cristianos a triunfo contra un enemigo atroz y despiadado, contra lo que la cristiandad y poco menos era la encarnación misma del mal. Hasta ahí, se trataba de discursos previstos. Pero es que al tiempo se inició una segunda guerra, ahora de papel y entre las potencias que habían conformado esa alianza teñida de Santas por Pío V, pontífice de la Santa Madre Iglesia.
Fue Italia —en especial, Venecia— quien abrió la veda en ese nuevo frente propagandístico, ya que la señoría quiso atribuirse el papel principal en la consecución de la victoria. El despliegue fue tremendo. Solo entre Venecia y Roma se estamparon más de doscientos opúsculos en poco más de un año. Y es que Italia contaba con una potente industria editorial. Primero fueron breves cartas de relación escritas por algunos de los que participaron en el enfrentamiento naval, a las que seguirían textos más completos, historias que explicaban la guerra con los turcos o poemas de fervor exaltado. La mayoría de esos escritos limitaban o minusvaloraban la participación española en la victoria, al tiempo que exaltaban la acción del papado o, sobre todo, de la República de Venecia. Difícilmente podía España competir en ese campo.
CLÉRIGO EN GUERRA. En esta situación, se imponía la necesidad de responder a la campaña propagandística desplegada desde Italia. Es ahí donde entra en juego la figura de Fernando de Herrera, por más que fuera el suyo un perfil por completo ajeno a la milicia o a la soldadesca. La de Herrera fue vida humilde y probablemente anodina, encerrado en su estudio, entre pocos amigos y consagrado perfilar sus poemas petrarquistas o sus comentarios a Garcilaso. No vano le llamaban el Divino, no se sabe bien si por la excelencia de sus versos o por la aspereza y altivez de su carácter. Sin embargo, desde ese estudio, del que jamás salió, se alzó habilitado para urdir una historia de Lepanto y de los sucesos que le precedieron, la Relación de la guerra de Chipre y suceso de la batalla naval de Lepanto, que vio la luz en dos ediciones sucesivas salidas a finales de 1572.