Pocos meses después de iniciarse las obras de la sacristía mayor de la catedral de Sevilla, en febrero de 1533, el cabildo mandó que seis de sus miembros se reunieran con el maestro mayor Diego de Riaño para decidir dónde y cómo se realizaba el arco de ingreso que comunicaba el templo gótico con lo que acabaría siendo una de las joyas del primer renacimiento español. El resultado sería la apertura de una compleja obra escenográfica adornada en su interior con sesenta y ocho platos con viandas tallados en piedra; un conjunto marcado por un acusado naturalismo, pero -sobre todo- por una impronta genuinamente culinaria.
Juan Clemente Rodríguez Estévez, profesor de la Universidad de Sevilla, indaga magistralmente en la naturaleza de aquel insólito banquete pétreo, cuya naturaleza apenas había despertado la atención de los investigadores. El libro que recoge los resultados de dicho trabajo es una obra que sorprende por su orientación y metodología. Más allá de plantear un estudio histórico-artístico, centrado en el análisis del elemento en cuestión, el autor se sitúa en una fina línea entre la representación y lo representado, entre el arte y la cultura alimenticia de la ciudad en que se enmarca. Entendiendo el potencial documental de aquel repertorio y el carácter central que tiene la ciudad como urbe metropolitana, el arco se valora como una puerta abierta a toda una época en profunda transformación.
El trabajo, concebido como una especie de mecanismo movido por un conjunto de estrategias ideadas para reflejar aspectos de muy diversa condición, se articula en tres partes. En la primera se aborda una serie de asuntos esenciales antes de afrontar el estudio iconográfico de los platos: qué se sabe sobre la obra de la sacristía y cómo ha afrontado su estudio la historiografía más destacada, quiénes fueron las personas implicadas en la concepción y ejecución del proyecto, y cómo se afrontó técnicamente la representación del conjunto escultórico; un hecho que se reveló fundamental en la medida en que, dada la escasa documentación conservada sobre la obra en particular, ella misma se erige en la principal fuente de información.
En una segunda parte, se aborda el estudio iconográfico de los platos, reunidos en una serie de categorías moldeadas por las ciencias naturales, el abastecimiento de los productos y su consumo en la mesa. El trigo y el pan, el agua y el vino, las carnes de cuadrúpedo, la volatería, el pescado y el marisco, las verduras y hortalizas, la fruta fresca, los frutos secos, los dulces y pasteles; cada uno de estos capítulos ofrecen un fecundo diálogo entre los platos y la realidad que reflejan, la de una ciudad convertida en un centro esencial en el comercio internacional entre el Mediterráneo y el Atlántico, así como en un imperio en expansión, a raíz del descubrimiento y colonización de América.