Si ninguna persona puede vivir sin memoria tampoco una sociedad, por igual motivo, puede vivir sin Archivos. Su materia prima: los documentos que empiezan siendo indispensables para el gobierno y la gestión administrativa y son a la vez prueba para el ejercicio de los Derechos humanos y recuerdo reciente y remoto para el conocimiento o la elaboración histórica de cualquier hecho o acontecimiento próximo o pasado.
La rentabilidad de los Archivos siendo general y pudiendo ser mucha es gratuita: exige dedicación y conocimiento, por lo tanto, tiempo. Para épocas remotas el acceso puede estar vetado por el desconocimiento de la escritura y de la forma de los documentos (Paleografía, Diplomática) por —salvo el escrito— siempre artificiosa y, a veces, hasta facilita tesoros, aparentemente ocultos, que compensan la dedicación.
Tuve la suerte de encontrar en el Archivo de la Diputación provincial de Sevilla, por razones recambolescas aunque justificadas, una carta original —hasta ese momento desconocida— de Diego Colón, hijo de Cristóbal Colón, con noticias importantes referidas a años muy tempranos del Descubrimiento.
Por otra parte mi trabajo diario analizando los informes y las propuestas elaboradas por los consejeros reales (denominadas, Consultas del Consejo de Indias) en tiempo de Felipe II me hicieron familiarizarme con las anotaciones marginales y con la letra del monarca facilitándome el conocimiento de su evidente personalidad. Me sentí tan cerca de él que llegué a considerarlo mi amigo.
El análisis de algo tan árido y frío como la contabilidad relativa a la extracción, transporte y venta del escurridizo azogue (mercurio) me permitió reconstruir la rentabilidad de un producto que se hizo indispensable para obtener durante más de dos siglos la plata de las minas americanas que sostuvo la economía española. Las monedas acuñadas con esa plata en la Casa de la Moneda de Sevilla, durante años, recorrieron los mercados europeos.
También tuve la ocasión, al acercarme a los documentos generados por las agrupaciones mercantiles de Sevilla y de Cádiz, desde el s.XVI al XVIII, de conocer a los hombres que dedicaron su actividad al comercio con América, cuando el comercio —se decía— era eje y fundamento de las monarquías. Llegué a familiarizarme con muchos de ellos.
Y no faltaron ocasiones de resolver, con los documentos conservados, problemas cercanos, una doméstica: la localización de una joya funeraria, la acreditación de la compra de un piso ante un marido que intentaba quedarse con él, sin pertenecerle.
¿Cómo no voy a ser deudora y defensora de los Archivos?
¡Cuántos datos y cuántas noticias ocultas están por descubrir porque no hemos reparado en ellos!
Hablar de los Archivos andaluces es mucho hablar, según nos planteemos el tema, que puede llegar a ser inabarcable.
¿Archivos andaluces son todos los que pueden encontrarse y reconocerse en Andalucía o sólo nos referimos a los que están incluidos en el Sistema andaluz de Archivos?. El resultado variará sensiblemente.
Por otra parte, teniendo en cuenta la amplitud conceptual del término "archivo" que puede ser tanto el conjunto de documentos producido por una entidad en el ejercicio de sus atribuciones, como la institución que lo conserva, gestiona y sirve, el número se dimensiona teniendo en cuenta que cualquier entidad pública o privada tiene inevitablemente un espacio para guardar los documentos que ha generado y testimonian y prueban su gestión y no son otra cosa que la memoria de la referida entidad que como tal resulta necesaria.
A la referida amplitud hay que añadir la generosidad de aplicar el término Archivo a entidades que no lo son, sin restarles la importancia que puedan tener. Los Centros de documentación, entre otros, no son Archivos. Sin embargo hoy se habla de "archivos líquidos", de "archivos del pensamiento o de la creación".
¿Hasta dónde aumentamos el concepto y por tanto su número?
Este texto no pretende ser doctrina para profesionales de los Archivos, sino pretexto para incentivar el conocimiento de estas instituciones gestoras, probatorias, informativas, patrimoniales y de la memoria que son los Archivos. En alguna ocasión califiqué a uno de ellos como el "cofre para un tesoro singular": cofre que sigue siendo el edificio de la Lonja de mercaderes de Sevilla y la singularidad de su tesoro también sigue siendo el papel que, como soporte, contiene las noticias más ricas y expresivas de la historia de un continente.
Estante con legajos del Archivo de la Diputación de Sevilla.
Mi trabajo diario catalogando documentos de Felipe II me hizo familiarizarme con sus anotaciones y con su letra. Me sentí tan cerca de él que llegué a considerar al monarca mi amigo