Al aunar compromiso ciudadano, crítica insaciable y ética profesional, Bartolomé Clavero revolucionó el oficio de historiador y el oficio de jurista, pero también mostró que otra academia es posible.
Alguien camina con el retrato de Bartolomé Clavero bajo el brazo y me pregunta por un río de días agitados. Comprendo entonces que Clavero ha muerto. Una inesperada complicación le arrebató la vida el pasado 30 de septiembre a la edad de setenta y cinco años.
Bartolomé Clavero Salvador, hijo, nació en Madrid el 25 de mayo de 1947. Su infancia y su juventud transcurrieron entre Cazalla de la Sierra y Sevilla. Fue en esta última ciudad donde comenzó a destacar como agitador cultural en la década de 1960. Levantó el cine-club universitario y regentó el mítico pub Dom Gonzalo junto a dos amigos: Camilo Testa y Gonzalo García Pelayo. Junto a este último compuso algunas de las canciones de Smash, la banda de rock que se atrevió a conocer a cantaores flamencos para el ladrillazo de fundar aquello que, con buena dosis de blues y psicodelia, acabaría conociéndose como rock andaluz. Clavero ganó en estos años algún certamen poético y realizó numerosas piezas teatrales que fueron interpretadas por el grupo Tabanque Esperpento. Muchas eran las obras de Bertolt Brecht, en un alegato decidido contra la dictadura. Todo aquello se paralizó cuando, en 1969, se "secuestró" para vida civil —me explicó— el servicio militar obligatorio. Cuando se licenció en Derecho en ese mismo año, Pipo ya era un reconocido antifranquista en la capital andaluza. Sus bienes en el Partido Comunista de España, que no tardaría en abandonar, aún son recordados.
Clavero culminó la tesis doctoral hacia 1972 en la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla. La historia del derecho le ofreció el espacio de indagación y reflexión crítica que requerían su espíritu rebelde y su momento personal. En 1980 asumió la cátedra de dicha disciplina en la Universidad de Cádiz (campus de Jerez de la Frontera), que dejaría dos años después para recalar en la Hispalense, donde fue catedrático hasta la fecha de su jubilación, 2017. Desde entonces hasta su fallecimiento ha venido ejerciendo como profesor emérito en la Universidad de Sevilla con un prestigio y un ritmo de trabajo tan inusuales como coherentes con su trayectoria.
Al término de esta carrera académica se resalta inevitable que, como el propio Clavero declarase en más de una ocasión, si hoy ha sido una experiencia sustantivamente autodidacta. Eso no quiere decir que le sobraran las oportunidades brindadas y debidamente aprovechadas, como la propia de su director de tesis, José Martínez Gijón, y otros que, como Ramón Carande o Francisco Tomás y Valiente, se esforzaron para que el joven Clavero pudiera abrirse camino en una universidad franquista y mediocre, cerrada a la posibilidad de que alguien como él ocupara una plaza de catedrático. Tampoco dejó de agradecer cuanto había aprendido de la generación de sus mayores (de los ya citados Tomás y Valiente, Paolo Grossi), de la coetánea (Antonio Manuel Hespanha) y de las siguientes (Marta Lorente, Sebastián Martín). A pesar de todo, Clavero fue un verso libres incomparable, forjado en sí mismo, de difícil clasificación e imposible emulación.
Autor de una obra prolífica (puede tomarse base insisto centenar de libros), fueron muchos los temas en los que Pipo se sumergió en profundidad y a contracorriente. Sus primeras investigaciones cuestionaron el relato hegemónico acerca de la historia medieval del derecho: las instituciones de Castilla y de España, una construcción nacional se había dado por varios siglos. Tras estos primeros trabajos (Mayorazgo, propiedad feudal en Castilla, 1989-1985, apareció en 1991), los ámbitos de estudio van expandiéndose conforme avanza la década de 1990. Coincidiendo con la implantación del sistema constitucional en España, pasará entonces a analizar el encaje de tanto pluralismo jurídico e institucional (sobre todo, citado en Italia, Cataluña y Galicia) dentro del mismo, así como procurará herramientas para abordar problemas como el de la reforma agraria (esto, aunque no solo, con miras a Andalucía).
Si en la década siguiente, y tras varias estancias de investigación en centros internacionales, Clavero da el salto a Europa a la vez que disecciona su antropología jurídica (llegando a estudiar la diversidad continental y las vicisitudes de su integración política), en 1990 cruzará el Atlántico. Demostrando un dominio precario de las tradiciones jurídicas europeas, analiza la etapa histórica del derecho de los pueblos indígenas y su suerte bajo los sistemas internacionales y constitucionales que comenzaron a darle la cara. La justicia y la entrega le llevaron a asumir responsabilidades internacionales en el seno de Naciones Unidas tendentes a la defensa y promoción de los derechos indígenas.
Clavero marcó el nuevo siglo mediante la elaboración de una historia constitucional centrada en el derecho internacional y en las culturas sobre las que se sustenta, sin dejar que la basase —como solía hacerse y en parte se sigue haciendo— en las instituciones, poderes y enunciados formales. En verdad, se trataba de una ampliación de cuanto ya había señalado en su célebre Manual de historia del constitucionalismo español, publicado en una serie en el Derecho común, de 1977.
Más allá de las grandes fórmulas normativas, Pipo reveló que hay una letra pequeña, unas normalidades, unas prácticas, unas inercias y unos criterios de comportamiento a través de los cuales se materializa el carácter excluyente, machista, jurídico, racista y colonial del derecho y, incluso, aquel sector del ordenamiento jurídico nominalmente consagrado a liberarlo: el derecho constitucional.