El humanista, bibliófilo y bibliotecario del monasterio de El Escorial reunió en su retiro de la Sierra de Aracena un gabinete de curiosidades con una singular colección de moluscos marinos. Sufrió sospechas de heterodoxia por sus trabajos en la Biblia de Amberes, la llamada Biblia de la Contrarreforma de Felipe II, publicada en las prensas flamencas de Plantino.
Cuando el campo sesteaba y caía el sol hiriente de agosto era la hora preferida. Don Benito Arias Montano se sentaba en el patio a la sombra de las parras para observar su colección marina. A veces incluso creía escuchar un lejano rumor de oleajes que de forma imposible llegaba hasta el corazón de ese retiro en la Sierra de Aracena donde el sabio había huido del mundanal ruido, de las intrigas de la corte y las sospechas de la Inquisición. Lejos quedaban los tiempos de Flandes y de El Escorial. Cuánto echaba de menos aquella maravillosa biblioteca. Pero ahora tenía tiempo y sosiego. Todas las horas del mundo para recrearse en sus estudios y en la soledad del campo y de las cosas.
Pensaba Arias Montano que probablemente lo más apreciado de sus posesiones eran naturalmente los libros y su colección de antigüedades, pero no podía disimular su emoción con aquella otra parte de su gabinete de curiosidades. Nada le hacía más feliz que ordenar las ostras, las lapas y vieiras, las curiosas conchas, las hermosas caracolas y la enorme variedad de almejas y mejillones que formaban parte de lo que él llamaba "La Mar".
Hoy 10 de agosto de 1587 está nervioso porque el día anterior llegó un preciado cargamento de caracolas. Don Benito suele encargar a sus amigos viajeros que rastreen las costas en busca de moluscos marinos. Aún recuerda la felicidad del primer envío que recibió allá por 1578 con varios ejemplares procedentes de los litorales portugueses. Parecía que el corazón se le saldría del pecho cuando llegaron en carros hasta la peña de Alájar aquellas preciosas caracolas, las fabulosas almejas estriadas, las soberbias conchas nacaradas. Varios días se llevó analizando y observando los matices, colores y tinturas, los resplandores y luces que proyectaban como de plata. Y anotaba con emoción esos detalles para su libro sobre la Historiae Naturae: "...Otros eran de oro, de un rosicler y sangre más fina que la de los carmines y granas".
Había implicado en estas búsquedas marinas a personajes muy relevantes que incluso se habían contagiado de la pasión por esta colección de moluscos. Estaban el marqués de los Vélez, embajador de España en Lisboa; el secretario real Gabriel de Zayas e incluso el virrey de la India y el gobernador de Brasil. Tan célebre era ya su gabinete natural de conchas y caracolas que su amigo el poeta Francisco de Aldana le dedicó algunos de los versos de su celebrada Epístola a Arias Montano. Y ahora en esta soledad serena y apacible, y casi sin darse cuenta, rememora el poema de Aldana que suena a canción de ultramar en la voz cansada del sabio: "Verás mil retorcidas caracolas,/ mil buzios istriados, con señales/ y pintas de lustrosos arreboles;/ los unos del color de los corales,/ los otros de la luz que el sol represa/ en los pintados arcos celestiales".
Sopla una leve brisa y a Arias Montano le recuerda, no sabe por qué, a mareas y a espuma de olas. Y es raro porque desde esta sierra al mar hay muchas leguas. Quizás es que las caracolas han traído un recuerdo de aromas marinos y no solo ese rumor de océano que esconden en el interior de su extraña fábrica. Precisamente el sabio anotó en su Historiae Naturae la curiosísima arquitectura del cuerpo de estos moluscos, esa extraña fábrica que le fascina. Él sería incapaz de recordar el pasaje. Sabe que lo escribió, pero ya tiene años y achaques encima y a veces se le cuelan nubes en la memoria y no recuerda nada. Pero con nuestra herramienta de GoogleTime que nos ha situado en este 10 de agosto de 1587 podemos internarnos en la página de ese volumen en el que explicaba el cuerpo de los moluscos marinos: "Son todos los de este género de un simplicísimo cuerpo sin hueso, sin nervios, sin artejos o miembros, mas de tanto arte y sagacidad dotados que saben hacer sus casas... donde esconden sus riquezas y tesoros".
Cuando a Benito Arias Montano le pasan estas nubes por la memoria siente pavor, un abismo de miedo pensando en qué ocurrirá si alguna vez se le borrara todo.