Columnas

Antojos sobre la nariz de Juan Sebastián Elcano

Una iconografía sorprendente

En los centros comerciales de las grandes ciudades del siglo XXI no faltan tiendas de óptica. Cuesta imaginar, pero hay que hacerlo, que en una Sevilla o Sanlúcar del año 1519, el maestre Juan Sebastián Elcano antes de tomar rumbo a las Molucas, necesitó graduarse la vista y comprar unos antojos en las alcaicerías de estas bulliciosas ciudades andaluzas. Grabados y cuadros de la época nos permiten conocer cómo eran esos comercios.

MANUEL ROMERO TALLAFIGO
UNIVERSIDAD DE SEVILLA

Gracias a un dibujo de las Nova Reperta, obra de Johannes Stradanus, podemos imaginar aquellas Sevilla, Cádiz, Córdoba o Sanlúcar en el siglo XVI, ciudades de clérigos lectores y mercaderes de Indias (véase imagen de la página siguiente). En este grabado se observa una tienda de óptica en el siglo XVI. Su reclamo y cartel era un antojo pintado en una banderola, en una calle de la alcaicería. Desde su mostrador se exhibían vidrios hechos artesanalmente en Venecia. Con ellos personas de vista cansada se graduaban la vista. El tendero tenía los antojos clasificados en cajas y alacenas. Los servía ordenadamente a los clientes que hicieron su elección. En el paisaje de la calle, salvo los niños, un ciego y el dueño de la tienda, todos aparecen con antojos: un universitario con papeles de doctor lee una carta y de su cinturón cuelga la caja o funda de sus espejuelos; un prestamista o contable escribe números y conceptos en uno de sus muchos libros de contabilidad; una costurera cose laboriosa sin dar puntada sin hilo; un zapatero prepara el corte de una suela y su aprendiz da puntadas con la lezna en un zapato. Como figurante curioso y sin antojos, un ciego con bastón camina por la plaza, acompañado por un perro guía. Ante esta lámina solo nos falta imaginar a Juan Sebastián Elcano graduándose la vista.

El 26 de julio de 1526, en la nao Victoria, en el mar Pacífico, a un grado de la línea equinoccial, Juan Sebastián Elcano cerraba su testamento. Declaraba llevar tres cajas, una con su suntuoso ropero, otra muy grande de telas y mercaderías variadas, a medias con el mercader burgalés, Andrés de Covarrubias, y una tercera muy pequeña y más manejable, la que denomina del "todo mío, syn que tenga parte otra persona alguna". En este suyo iba una "caxa de antojos" o funda de lentes, a modo de una vaina, entremetida con las telas de basto cordelate de lana y frisa de bayeta.

Conocemos inventarios de bienes de difuntos, hechos ante escribano público, donde figura como posesión valiosa los antojos con su caja incluida. En Toledo, por ejemplo, Jerónima de la Fuente utilizaba para coger la aguja y coser, pues aparece entre retahílos, botones, madejas de hilo crudo y cocido, un apretador o jubón desde los hombros hasta la cintura y un pañizuelo envuelto en papeles de color.

En la época de la primera vuelta al mundo, en Castilla la palabra antojos tenía dos sentidos, los de las mujeres preñadas deseando golosinas, y los de vidrio para alargar o recoger la vista. Los dos espejuelos iban guarnecidos en armadura de madera, concha, plata, cuero, cuerno o hueso. El rostro con los antojos encasquetados cambiaba la cara, daba nueva identidad y aspecto.

Cuando no se usaban, para mantenerlos y mantenerlos limpios, el remate articulado giraba una lente sobre la otra. Así recogidas, se encerraban y cubrían en una cajita o funda de madera o metal, bien acolchada para mimar en suavidad a los cristales.

En 1607 el dominico Pedro Beltrán en su gongorino cantar a "La Charidad Guzmana" de Sanlúcar de Barrameda, en una de sus quintillas expresaba que los antojos "hacen las cosas mayores y más hermosas, pues antes de alcanzarse".

Mateo Alemán (1547-1614) en su novela Primera parte de Guzmán de Alfarache, de pícaros sevillanos, escenificaba gestos del usuario de los antojos. Apalabrada una venta y su precio se describe una sucesión de gestos propios del miope o présbita que lee y vende: aparta su agenda o reportorio de notas sobre el brazo, su pañuelo de mocos y sus guantes. Ya con manos libres entresaca los antojos de su caja o funda, limpia los cristales, se los cala en la nariz, dispara su mirada desde el arco de la armadura y se pone a escribir.

ELCANO SIN ANTOJOS. Fernando Selma (1752-1810), grabador de Cámara del rey Carlos IV, dibujó en cobre con buril al aguafuerte el primer retrato conocido de Juan Sebastián Elcano. Imaginó su rostro y discurrió en la fantasía, sin argumentos de realidad. Le faltó un modelo original o una descripción del mismo hecha por coetáneos. No pasó por su cabeza si llevaba sus ojos desnudos o si se ponía antojos. Supuso bien un vestuario poco de militar y mucho de mercader. Acertó que llevaba espada. Selma obtuvo un retrato que gustó a sus contemporáneos, tanto que en 1804 el historiador de su época, José de Vargas y Ponce, escribía a un archivero de Indias de Sevilla: "¡Muy linda ha salido la estampita del tal Juan Sebastián!" y "¡Qué mona está la estampita de su estatua que ha gravado Selma!". ¿Era más lindo o bonito pintar a Elcano sin sus antojos?

Una esquina en una ciudad del siglo XVI. Un óptico vende y gradúa antojos ancianos. Los usa un zapatero para remendar, una mujer para coser, otra para leer una carta, un mercader o un banquero para escribir. Jan van der Straet, llamado Stradanus, Nova reperta, Amberes, 1600.

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