Columnas

Américo Castro y Andalucía

En el cincuentenario del fallecimiento del historiador

El pasado mes de julio se cumplieron 50 años de la muerte del gran historiador y filólogo granadino Américo Castro. Exiliado en Estados Unidos desde 1938, protagonizó, junto al historiador español exiliado en Argentina, Claudio Sánchez Albornoz, una de las más conocidas polémicas historiográficas de nuestro pasado. En este artículo seguimos las huellas andaluzas de quien fuera alumno del rondeño Giner de los Ríos: Granada, Ángel Ganivet, la Alhambra, Luis Rosales, Emilio Orozco, Antonio Domínguez Ortiz, Antonio Gallego Morel, etc.

JOSÉ ANTONIO GONZÁLEZ ALCANTUD
UNIVERSIDAD DE GRANADA
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Américo Castro (1985-1972) de familia originaria de Andalucía, en particular del pueblo granadino de Huétor Tájar, en la comarca de Loja, y de Alhama, nació en la localidad brasileña, lejana doscientos kilómetros de Río de Janeiro, de Cantagalo. Su familia, como la de tantos otros andaluces, había emigrado en el fin de siglo XIX a Brasil para encontrar nuevas oportunidades económicas, estableciendo un "bazar español". Américo Castro, no obstante, hizo sus estudios superiores, de Filosofía y Letras y Derecho, en la Universidad de Granada, localidad en la que permaneció por espacio de tres lustros. Experiencia de la que guardó un buen recuerdo humano, ya que siempre puso de manifiesto que se sentía "andaluz". Pero a la vez conservó una ingrata memoria de la propia enseñanza universitaria recibida en Granada, atrasada y memorística.

En esa línea, Américo Castro sintió aquella experiencia juvenil el desasosiego de haber habitado en la "España negra", muy en boga por entonces: "Mi obra está rebosada en sufrir hispano que llega a hasta los años de mi niñez en Granada. Allá por 1900 un hombre se pegó un tiro; vivía en la parte alta de la ciudad (el barrio de San Cecilio) y lo trajeron en una silla dos personas bien forzudas a través de toda la ciudad (la más próxima casa de socorro estaba en la parte baja, en donde el Darro comienza a correr fuera de su embobedado). Los sesos de aquel infeliz se estremecían sobre su cabeza tambaleante. Pensé: ¿no hay camillas en este pueblo con título de ciudad? ¿No hay teléfonos? Recuerdo que muy cerca de esta casa de socorro había una parada de coches de alquiler... Vivimos en un aduar —pensé—".

Quizás su devenir ulterior, vinculado al destino de los intelectuales regeneracionistas y librepensadores, agrupados ora en la Institución Libre de Enseñanza, bajo el dictado de don Francisco Giner de los Ríos, ora bajo el influjo de don Ramón Menéndez Pidal, en el Centro de Estudios Históricos, estuvo marcado por la caída de la Monarquía y la proclamación de la II República, donde no más iniciarse ostentó el cargo de embajador de España ante Alemania, y el posterior exilio, una vez iniciada la Guerra Civil, en Estados Unidos. Suele insertársele en la "generación del 14", cuya luminaria fue Ortega y Gasset.

Pasado este primer quebranto, su obra, más histórica que filológica, desde su llegada en 1947 a Princeton, cuando ya llevaba una década de exilio, alcanzó gran audiencia. Se esperaba, en cierta forma, una interpretación de la "crisis de España" desde el distante exilio. Esto provocó una célebre y enconada polémica con otro historiador exiliado, Claudio Sánchez-Albornoz, presidente nominativo de la República derrotada, de cuyo republicanismo, sin embargo, había dudado Manuel Azaña. La polémica fue mucho más allá de los acontecimientos contemporáneos, y se centró en los finales de la Edad Media, momento crucial para detectar los orígenes de la españolidad. Esta polémica, activa desde final de los años 40, prolongaba a su modo el debate del 98 sobre el "ser de España".

Desde muy temprano Américo Castro, como vimos, tuvo una especial sensibilidad hacia Andalucía, y en particular para la región que mejor conocía, la granadina. En 1924, cuando contaba cerca de cuarenta años, y ya había abandonado Granada hacia una década, publica un artículo titulado "El habla andaluza", en el cual argumentaba: "Es Andalucía una región que destaca su singularidad, en forma extremada, frente a las restantes de la península. El habitante de más allá de Despeñaperros no posee probablemente rasgos distintivos más acusados que los de un gallego o un valenciano; pero en cambio, nadie arrojará al exterior con tanta violencia sus peculiaridades de grupo regional".

El andaluz, pues, genera en un sector de la población unas espontáneas antipatías, que quizás acabará formulando Ortega y Gasset en su Teoría de Andalucía, lanzada tres años después, en 1927. De estas reflexiones se hará eco Américo Castro, aun cuando los acontecimientos más decisivos de la política española estaban por llegar, haciendo profesión de regionalismo: "Una región así, en que las facultades expresivas tienen ese vigor, constituiría un excelente campo de estudio para los lingüistas, sobre todo en lo que refiere a la parte más espiritual y sutil del lenguaje. Por desgracia, nos faltan en España estudios de psicología regional, debidamente cimentados, no obstante lo mucho que se habla y se escribe acerca de ello. La historia íntima y la etnografía de las diversas comarcas no están hechas; y resulta por eso difícil razonar, aunque sea elemental y someramente sobre el habla de las provincias meridionales, tan íntimamente relacionada con la psicología e historia del país".

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