María Pacheco, esposa del comunero Juan de Padilla, fue un exponente claro del valor y la osadía que la llevó a enfrentarse no solo al emperador Carlos V, sino también a su propia familia. La historia se empeñó en dirigir la atención a su actitud política, pero no al latido precursor de un sentimiento feminista que estaba aún lejos de encontrar su tiempo para ser una militancia. Quinientos años después de su exilio en Portugal parece el momento idóneo de hacer una nueva lectura de su vida.
Hacía solo cuatro años que la ciudad de Granada había sido toma da por las tropas cristianas, cuando vino al mundo María López de Mendoza y Pacheco, hija de Francisca de Pacheco y de Iñigo López de Mendoza, capitán general de la ciudad, alcaide de la Alhambra y conde de Tendilla. Para evitar confusiones al lector sería conveniente apuntar que la joven antepuso el apellido de su madre para ser diferenciada de su hermana, también llamada María, y quien llegaría a ostentar el título de condesa de Monteagudo.
En 1496 su padre don Iñigo había comenzado ya una profunda transformación urbanística en la ciudad, pero sobre todo en la Alhambra donde había establecido su residencia, en el palacio del Partal. Quizá en el reparto de prebendas que los Reyes Católicos hicieron entre los conquistadores de la ciudad ninguna familia fue más agraciada que la de nuestra protagonista.
Su padre, sin embargo, estaba lejos de ser el prototipo de guerrero sanguinario, zafio e inculto porque su embajada en Roma, durante el pontificado de Inocencio VIII, lo había refinado en la sensibilidad humanista. De Italia se trajo el mejor regalo: al erudito Pedro Mártir de Anglería, que además de convertirse en el preceptor del príncipe Juan, lo fue también de sus hijos, y de sus hijas, porque don Iñigo educó a todos sus vástagos en igualdad de condiciones, algo excepcional para su época.
Eso puede explicar que María dominara el álgebra, que tuvieran nociones filosóficas, que supiera latín, griego y hebreo, y sospechamos que árabe que, al fin y al cabo, era un idioma que no aún se había extinguido en la ciudad y era el murmullo habitual de sus vecinos.
La magnificencia de su padre tuvo que ser proverbial cuando fue conocido como el "Gran Tendilla", y cuando no escatimó esfuerzos para cumplir y hacer cumplir el respeto que se le debía a los vencidos. Como prueba de su honorabilidad, en 1499, tras los disturbios ocasionados por la quema de un Corán en la plaza de Bibrambla, no dudó en entregar a los exaltados del Albaicín como rehenes a su esposa y a sus hijos. Tuvo que ser un momento de intensa angustia interior.
Con esos precedentes que arrojan luz a su carácter parece pertinente hacerse una pregunta: ¿Habría sido tan cruel, como lo fue, el destino de su hija María Pacheco si él hubiera vivido para evitarlo? Posiblemente no, porque a don Iñigo no le tembló el pulso para reprender en Almazán a su yerno el conde de Moteagudo cuando coligió que su otra hija María había recibido vejaciones y maltratos de él y, antes de ese episodio, salió en defensa de su hermana doña Mencía de Mendoza a la que tuvo que acoger en su casa durante años para ponerla a salvo de un cónyuge maltratador. Todo hace presumir que don Iñigo tampoco se hubiera amedrentado ante el emperador que había condenado a muerte a su hija, a costa incluso de poner en peligro las mercedes de las que se iban a beneficiar sus hijos varones: Luis, Francisco, Antonio, Bernardino y Diego.
Tuvo que hilar muy fino don Iñigo para encontrar un buen partido para su hija, ya huérfana de madre, y lo halló en Juan de Padilla, en sus palabras: "un ombre de bien e cuerdo".
El enlace matrimonial tuvo lugar en Granada el 18 de agosto de 1511 cuando la joven tenía quince años y su esposo veintiuno. Después se trasladaron a la villa toledana de Mascaraque donde permanecieron dos años, hasta que don Pedro López renunció en 1513 a su cargo de regidor de Toledo en favor de su hijo. En agosto de 1517, del mismo modo, le traspasaba la capitanía general del reino con el beneplácito del emperador Carlos V que ordenó que se le asignaran 200.000 maravedíes anuales de sueldo. Nos encontramos ante el primer dilema de esta historia difícil de comprender, porque el emperador bendijo el traspaso de aquellas competencias a Juan de Padilla, quien, andando el tiempo, pasó a convertirse en su acérrimo oponente.
LOS COMUNEROS. ¿Por qué aquel joven rey extranjero despertó tanta desconfianza en un sector de sus súbditos? En este caso, la respuesta hay que buscarla en clave económica porque entre los oponentes a Carlos de Habsburgo estuvieron los poderosos menestrales del gremio de la lana, que temieron perder los privilegios que los Reyes Católicos les habían otorgado. El comercio con Flandes se había establecido activamente gracias a la doble política matrimonial concretada con la unión del príncipe Juan con Margarita de Austria y de la infanta Juana con Felipe el Hermoso.
María Pacheco recibió en Toledo la noticia del ajusticiamiento de su esposo en Villalar, el 24 de abril de 1521, al día siguiente de su derrota en la batalla del mismo nombre. Óleo de Vicente Borrás y Mompó (1881). Depósito del Museo del Prado en la Universidad de Barcelona.