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Javier de Burgos (1778-1848)

Monarquía y reformismo

LUIS ARRANZ NOTARIO
REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA

Francisco Javier de Burgos y Olmo • nacio en Motril, Granada, el 22 de octubre de 1778. Su familia gozaba de una posición social acomodada con propiedades y negocios. Su educación tuvo un fuerte componente clásico y el joven Burgos mostró una clara afición por el latín y los saberes humanísticos. Junto a Granada, el otro foco principal de actividad intelectual y concentración de profesiones liberales era Sevilla. A esta ciudad fue enviado por su padre el joven Javier, pero con la intención de prepararle para la carrera eclesiástica.

Sin embargo, tanto como amaba el joven los clásicos latinos, experimentó tempranamente una profunda antipatía hacia los estudios de teología y ninguna afición por integrarse en las filas del clero. Procuró así convencer a su padre que le buscara un cargo en la administración, al tiempo que le confesaba estar enamorado de una tal Guadalupe. Justo al término de la adolescencia, con veinte años, Burgos emprendió viaje a Madrid en busca del ansiado empleo. Corría 1798. En la capital, conoció exponentes de la elite reformista como Jovellanos, si bien fue la de Meléndez Valdés, poeta neoclásico, fiscal de la Sala de Alcaldes de Casa y Corte y futuro josefino, la relación que más influiría en su futuro.

Aunque escribió a su padre sobre que el modo más seguro de conseguir un cargo era comprarlo directa o indirectamente, en Madrid no consiguió su objetivo. Fue en Motril donde alcanzó el rango de regidor perpetuo y alguacil mayor de la Justicia, cargos más honoríficos que efectivos, los cuales constaban en su contrato de matrimonio de 1806.

Ante la situación catastrófica para España, con los reinos americanos amenazados por el Reino Unido, cuya independencia instigaba, y una península finalmente invadida por Francia, situación que las alianzas humillantes de Codoy había tratado en vano de evitar, tuvo lugar la ruptura de la elite reformista entre patriotas y josefinos. Sin olvidar aquella parte defensora del Antiguo Régimen en una versión absolutista de cuño contrarrevolucionario francés, apoyada por el grueso del clero regular.

Los patriotas cabalgaron a trancas y barrancas el proceso juntista. Organizaron, primero la Junta Central y luego la Regencia, impulsaron la convocatoria de Cortes y, reunidas finalmente estas en el reducto de Cádiz, llevaron a cabo el proceso constituyente que culminó en 1812. Los josefinos, fieles al proyecto ilustrado y hostiles a todo protagonismo popular, en realidad contrarrevolucionario, quisieron creer en la continuación segura del proceso reformista borbónico al amparo de José Bonaparte, en una España cuya independencia sería respetada por Napoleón, hasta el punto de alucinar creyendo posible que podrían negociar y mantener una paz separada con Inglaterra para preservar América.

En esas circunstancias, Burgos se situó en el bando josefino con determinación. Fue así como consiguió por primera vez un cargo efectivo como subprefecto de Almería en una división de la península en prefecturas que terminaría asociada a su nombre con el título de provincias. Los poemas de exaltación josefina que compuso con motivo de la conquista francesa de Andalucía en 1810 y la extensión allí de los decretos napoleónicos de Chamartín, de 1808, demostraban que, para los josefinos, los patriotas constituían una mezcla aberrante y nefasta de reaccionarios y jacobinos.

Trienio liberal

Javier de Burgos vivió en una de las etapas más dramáticas de la historia de España. Sus convicciones ilustradas y su actitud antirrevolucionaria, pero reformista, le impulsaron a preferir al rey José Bonaparte que a la Junta Central y las Cortes de Cádiz. Sus ilusas esperanzas en las intenciones reformistas de Napoleón supusieron para él y todos los josefinos una amarga decepción. Pero eso no les llevó a cejar en sus planes de reforma. Con pragmatismo y tenacidad trataron de persuadir del proyecto de un Estado administrativo y fiscal racionalizado tanto a los doceañistas como a los absolutistas. Finalmente, con la Constitución de 1845, verían realizados sus planes tanto de reforma administrativa como constitucional.

Retrato de Javier de Burgos. En la mano derecha lleva el mapa de España. Por Domingo Valdivieso.

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Desde su perspectiva reformista y antirevolucionaria, la administración pública centralizada, homogénea y jerárquica constituía un instrumento privilegiado de transformación social y económica. De modo que la racionalización y fortalecimiento del Consejo de Ministros, con nuevas carteras como las de Interior y Policía, junto con la veterana de Hacienda y la red de 38 prefecturas y subprefecturas constituían la red que, envolviendo la península garantizaban las reformas bien estudiadas y sistemáticas. Las premisas de estas pasaban por la abolición de la Inquisición, la desamortización de las órdenes regulares y el fin de los Consejos, salvo el refundado de Estado. Sin embargo, esa no resultó la tarea efectiva de los josefinos, salvo en el papel de sus ilusiones. En la práctica, todos sus esfuerzos, a menudo inútiles, debieron de concentrarse en evitar los abusos y la brutalidad del ejército invasor, que ignoraba a José I, sus ministros y sus agentes territoriales, y obedecía tan solo al emperador.

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