Columnas

Gertrudis Gómez de Avellaneda

La invención de un sujeto romántico

La relación que durante años mantuvieron la escritora Gertrudis Cómez de Avellaneda y el hacendado Ignacio de Cepeda saltó a la luz en 1907, cuando se publicó la correspondencia secreta que habían iniciado en el verano de 1839. Superado el escándalo que causó entonces este descubrimiento y para admiración de la crítica literaria, las reediciones de estas cartas han superado en número a las de la extensa obra de la autora hispano-cubana, pese a que muy pronto se hizo evidente que su editor las había manipulado a conciencia para hacer de ella una heroína romántica.

CRISTINA RAMOS COBANO
UNIVERSIDAD DE HUELVA

Sevilla, verano de 1839. Hacía poco tiempo que se había establecido en la ciudad Gertrudis Gómez de Avellaneda, una joven cubana de extraordinaria inteligencia y belleza que, acompañada de su hermano mayor, buscaba su lugar en la tierra que había visto nacer a su padre. Con apenas veinticinco años, aunque declaraba algunos menos, aparentemente llevaba una vida acorde con lo que se esperaba de una dama en la época: pasaba sus días en el recogimiento del hogar y por las tardes acudía al teatro y a la ópera en temporada, participaba en las tertulias de la buena sociedad y, cuando empezaban a alargarse los días y apretaba el calor, cumplía con la costumbre inveterada de pasear por la plaza del Duque y la Alameda para relacionarse con otros jóvenes de su edad y clase social.

A pesar de las apariencias, Gertrudis era una mujer singular porque había crecido entre libros y, con tanto leer, se habia aficionado a la escritura de tal modo que perdía cuenta de las horas con la pluma en la mano, componiendo poemas y dando cuerpo a Leoncia, el que sería su primer drama.

Sus ideas tampoco eran las habituales en su sexo más allá de lo que concernía a la literatura, especialmente con respecto al amor, pues lo entendía como lo vivían las heroínas de sus novelas y no estaba dispuesta a sepultarse en un matrimonio de conveniencia con un hombre que no estuviera a la altura de sus sentimientos, algo que había demostrado por las bravas algunos años antes rompiendo el compromiso que su familia había concertado para ella en su Puerto Principe natal.

Desde aquel entonces, Tula como la llamaban cariñosamente en su familia— había contraído relaciones pasajeras con diversos hombres, empeños de sociedad más que de amor, pero, a su llegada a Sevilla, todo cambió cuando conoció a Ignacio de Cepeda. Era un joven retraído y deseoso de calma, poco amigo de los eventos sociales, entregado a sus estudios de Leyes y proclive a pasar largas temporadas en las haciendas que su familia poseía en Almonte, una villa pequeña y tranquila de la provincia de Huelva, por lo que desde el principio contrastó vivamente con el carácter apasionado y vehemente de la cubana.

Aun así, Gertrudis quedó prendada de él, quizá porque ambos frecuentaban los mismos círculos literarios y, conversando de lo divino y lo humano, se figuró que su alma era superior a las demás, de modo que a partir de entonces se entregó a la tarea de seducirlo recurriendo a la estrategia de convertirse en su mejor amiga y confidente.

CORRESPONDENCIA. Gracias a la corespondencia que iniciaron entonces se conocen muchos detalles de la primera juventud de la Avellaneda que de otro modo jamás habrían salido a la luz, pues uno de sus primeros empeños fue escribirle en un cuadernillo su vida hasta conocerlo: seleccionó así para él aquellos pasajes de su pasado que explicaban su visión desengañada del amor, y le ofreció confidencias muy íntimas de su vida familiar y sus sentimientos, componiendo al hacerlo una imagen bastante contradictoria de sí misma porque era muy difícil conciliar la subversión que bullía en su fuero interno con el ideal de feminidad que imperaba en la época y que muy probablemente resultaría más aceptable para él.

Tenía que justificar, además, el reciente escándalo en que se había visto envuelta por la estrepitosa ruptura de sus relaciones con Antonio Méndez Vigo, temerosa de que aquel episodio alejase definitivamente a Cepeda, y con tal acierto lo hizo que nunca más se volvió a tocar el tema entre ellos. Al menos, no por escrito.

A tales revelaciones, Ignacio respondió confiándole a su vez sus propios sueños, sus amoríos y el motivo de las graves preocupaciones que tanto la intrigaban, pero tales confianzas, lejos de despertar las simpatías de Gertrudis, provocaron su cólera y le granjearon recriminaciones de extraordinaria dureza para las que no estaba preparado, exigiéndole de paso que quemase el cuadernillo de memorias. Cepeda nunca se resolvió a cumplir tal sentencia, pero por los borradores de sus cartas se sabe que al menos tuvo el detalle de hacérselo saber en la posdata de una de ellas, que serian muchas, pues aquel temprano desencuentro no fue causa suficiente para separarlos.

Y así fue como entre el verano de 1839 y la primavera del año siguiente vivieron sus primeros amores, vacilantes y contradictorios en muchos aspectos. Las cartas que de uno y otro se conservan dan buena cuenta de la disparidad de sus caracteres y del fracaso al que estaba abocada su relación, por más que ambos se profesaran devoción mutua.

Las lágrimas que la Avellaneda derramó escribiendo a Cepeda aún se perciben en el cuadernillo de sus memorias.

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Un tesoro manuscrito
  • "Pero ¡cómo pedirme que rompa tu carta! Mándame antes el poder de destrozar la propia ventura, dame fuerzas para atentar contra los más caros goces del corazón, y cuando esto hayas conseguido... Entonces, y solo entonces, podrás hacer tan rara exigencia. Desde hoy para los días que viviere te prometo que nadie será bastante a arrancarme una sola de tus letras, que miro y guardo con entusiasmo tal que ni el tiempo ni la edad me robarán jamás".

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