Ante el desconocimiento de restos de los amurallamientos de la Sevilla anteriores al siglo XII, un nuevo hallazgo, el descubrimiento de un tramo amurallado del Bajo Imperio, fechado de finales del siglo III, tiene importantes consecuencias a la hora de abordar el estudio de la ciudad tardoantigua. Este reciente hallazgo arqueológico nos obliga, por tanto, a replantearnos el conocimiento del urbanismo hispalense.
Pocos restos arquitectónicos tienen la fuerza evocadora del pasado como las murallas. No importa ni el material del que están hechas ni la época en la que se construyeron, forman parte del paisaje urbano o rural por igual y su funcionalidad histórica básica es entendida universalmente. A lo largo y ancho del planeta, la muralla se convierte en la piedra angular que posibilita el vínculo entre una comunidad y su historia.
Ya en los primeros relatos míticos mesopotámicos la construcción de la cerca urbana era considerada obra de los dioses o de personajes excepcionales de naturaleza sobrehumana. Desde entonces la muralla es entendida como un elemento específicamente asociado al concepto de ciudad, sinónimo de mundo civilizado y ordenado frente al caos de la naturaleza.
Sin embargo, hay ciudades como Sevila en las que el discurso histórico comúnmente compartido carece de restos visibles y contrastables de su pasado más remoto que permitan fijar esa historia colectiva.
De los 3.000 años mal contados que acumula la historia de Sevilla, los restos más antiguos conservados, no descubiertos arqueológicamente, son las columnas de la calle Mármoles. A día de hoy, no se conoce ni hay consenso sobre la cronología exacta ni la funcionalidad de lo que vemos, pero tampoco la procedencia original de los distintos elementos arquitectónicos que lo componen. Si avanzamos en el tiempo, el edificio más antiguo es la mitad inferior del campanario de la iglesia del Salvador. Por tanto, con anterioridad a los edificios del siglo XII no ha habido un patrimonio que haya convivido con la percepción de los sevillanos desde que estos se llaman así.
Resulta curioso comprobar cómo, ante la nula existencia de restos antiguos accesibles, el carácter romano de Sevilla quede eclipsado por el cercano yacimiento de Itálica, Sevilla la Vieja (en el cercano municipio de Santiponce), donde estos son tangibles desde siglos atrás. Incluso se llega a creer que los materiales romanos reutilizados en construcciones posteriores en Sevilla proceden realmente de la ciudad natal de Trajano.
Ante este panorama, el acercamiento a las murallas de Hispalis, más allá del mundo académico y de los especialistas, se caracteriza por la asimilación de argumentos estereotipados, extrapolados o simplemente inventados. En este sentido, el ejemplo de Sevilla es representativo de la necesidad obsesiva de reconstruir el trazado de las murallas romanas para materializar un pasado romano idealizado.
Por desgracia, a día de hoy, todavía algunas personas dedicadas a la noble tarea de explicar el patrimonio de nuestra ciudad siguen manteniendo que las murallas medievales conservadas en el barrio de la Macarena son las romanas que vio Julio Cesar, disparate que hoy es inaceptable. El desconocimiento generalizado es aplicable a cualquier aspecto relativo al urbanismo de la ciudad romana. Pese a la creencia popular, no sabemos dónde estaba el foro, ni la ubicación de un solo templo, ni del teatro, ni de otros edificios públicos más allá de los subterráneos de unas termas o un gran depósito de agua, ni sabemos por dónde discurrían las calzadas que salían de la ciudad ni los puntos más próximos por los que se vadeaba el río.
Ante tantas incógnitas, en la mayoría de los casos la repercusión de la investigación en la sociedad se reduce a noticias de prensa cuyos titulares calan rápidamente en el relato colectivo, ignorando el debate y la dialéctica científica que subyace ante un nuevo descubrimiento. Un ejemplo muy reciente es la interpretación de la destrucción de una parte significativa de la ciudad a causa de un tsunami. Aunque la noticia divulgada se nutra de un artículo especializado homologado por seis universidades, y mientras llega la obligada crítica científica a esta catástrofe, parece que ya ha sido incorporada al relato histórico de la ciudad y rápidamente ha servido para explicar, a nivel popular, otras cuestiones históricas que nada tienen que ver, como el abandono de la Itálica adrianea a causa de dicho episodio apocalíptico.
Plano de las principales propuestas sobre el trazado de la muralla romana.
El conocimiento que se tiene de las murallas hispalenses es una ilusión. Hasta ahora no había ni un metro que pudiera identificarse con la cerca romana altoimperial, es decir, el periodo más brillante y a la vez menos problemático científicamente hablando, en absoluto se imaginaba una bajoimperial. Ya a mediados del siglo XV, se consideraba que la cerca medieval del siglo XII era de época romana. Esta idea se mantendrá durante siglos, hasta que a mediados del siglo XX comiencen los intentos por reconstruir el trazado de la muralla romana en base a hallazgos hoy dudosos y a estudios del callejero. Como resultado, se han elaborado varias propuestas que difieren en cuanto a la superficie total intramuros y al recorrido en zonas concretas como en el extremo sur. A día de hoy, ninguno de los restos utilizados para refrendar estas hipótesis puede considerarse como evidencias de muralla. Del mismo modo, los argumentos relativos a pervivencias en el callejero tampoco cuentan con refrendo arqueológico.