El año en el que se cumple el 500 aniversario de la primera vuelta al mundo, con gran acierto, la Diputación Provincial de Sevilla ha reeditado uno de los libros más singulares y atractivos de la historia de la navegación a ultramar: Los hombres del océano. Vida cotidiana de los tripulantes de las flotas de Indias. Siglo XVI, del catedrático de Historia de América de la Universidad de Sevilla, Pablo Emilio Pérez-Mallaína.
El volumen acaba de ver la luz en una preciosa edición, con una bibliografía actualizada, un corpus textual revisado y un extenso aparato gráfico, que incluye muy buenas reproducciones de grabados, cuadros, documentos, mapas y libros. Inencontrable desde hace años, este libro era objeto de deseo de los interesados en la historia de las navegaciones a Indias que tenían que conformarse con consultar los ejemplares disponibles en bibliotecas o, en el mejor de los casos, hacerse con un volumen en alguna librería especializada en libros agotados y descatalogados. Porque la primera y única edición hasta el momento databa nada menos que de hace treinta años, ya que fue publicado originalmente por la Sociedad Estatal para la Exposición Universal Sevilla 92 y la propia Diputación de Sevilla con motivo de los actos que se organizaron para la celebración del V centenario del Descubrimiento de América.
En sus páginas el lector navega a través de la vida cotidiana de los hombres de la mar en el siglo XVI, un momento de transición en el que, como indica el propio autor, la condición de los marineros estaba en fase de transformación, toda vez que, a inicios del siglo, los marineros eran considerados compañeros o copartícipes en la expedición, mientras que en épocas posteriores pasaron a convertirse en asalariados proletarios.
Fuera como fuese, a inicios de la Edad Moderna los marineros eran considerados hombres libres que jugaban un papel importante en la toma de decisiones de los barcos junto al capitán, el maestre y el piloto. Cómplices del negocio, a menudo, recibían un porcentaje de los beneficios de los fletes a su vuelta si la expedición había tenido éxito (las quintaladas).
Hombres que elegían una profesión casi siempre empujados por la necesidad, ya este era un trabajo considerado deshonroso hasta para quienes accedían a los más altos escalafones de la jerarquía del navío. "Mina do muchos se hacen ricos y un cementerio a do infinitos están enterrados. La mar es capa de pescadores y refugio de malhechores..." escribió fray Antonio de Guevara en 1539.
Así las cosas, en la más que frecuente comparación de una embarcación con una cárcel, la segunda llevaba claramente las de ganar: "un navío es una cárcel muy estrecha de donde nadie puede huir aunque no lleve grillos" relataba un fraile de 1544.
Hacinamiento, enfermedades, naufragios, trabajo de sol a sol, una disciplina férrea y grandes incertidumbres marcaban el destino de quienes se aventuraban a cruzar el océano en una de estas precisas máquinas de navegar. A cambio, un salario, alimentación y viajes por lugares ignotos. Todo reglamentado desde 1503 por la Casa de la Contratación, el organismo creado por la Corona para regular todo lo relativo al tráfico de mercancía y pasajeros con el Nuevo Mundo.
Vino, agua y bizcocho (una galleta seca más parecida a una regañá que al dulce que hoy tiene este nombre) formaban parte del rancho diario del marinero. Frutos secos, queso, carne y pescado en salazón complementaban a veces su dieta. Una sencilla caja de madera donde guardaban sus pertenencias se convertía en su más preciado tesoro, ya que hacía las veces de silla, mesa e incluso de jergón. Si la navegación se daba viento en popa había tiempo para conversar, jugar a los naipes y a los dados de modo que se podía "perder hasta la camisa" o escuchar la lectura que alguno de los pocos que sabían juntar las letras y leían en voz alta para los demás.