Bajo un título llamativo, este libro esconde una historia de España alejada de los relatos más convencionales (lo que da lugar a descubrir aspectos poco advertidos en otras obras al uso, proporcionando interesantes objetos de discusión) para enseguida pasar a analizar las especificidades que distinguen la historia de Andalucía, los hechos que diferencian su avatar histórico del discurrir general de un Estado Español, ya definido para la Edad Moderna como una "Monarquía compuesta" o como una formación federativa, aunque el autor hable con mayor propiedad de la existencia de un verdadero Estado confederal, ya que la agregación de los reinos no se hacía en plan de igualdad, sino de modo asimétrico, manteniendo cada uno de ellos relaciones particulares con el poder central.
En cualquier caso, los reinos peninsulares (a excepción de Portugal) constituyeron una unidad política consistente, basada en su organización administrativa, su fortaleza financiera, su potencia militar y su ideología de defensa del cristianismo. De este modo, se fraguó una alianza entre reyes que dictaban leyes, soldados que las imponían y eclesiásticos que las justificaban. En el caso de Andalucía, todo funcionó igual en el plano general, pero en su suelo se dieron algunas particularidades ya desde el momento de la conquista, como fueron el desarrollo de un capitalismo extractivo, la creación de unos mecanismos singulares tanto materiales como simbólicos para consolidar el dominio de las élites y la exclusión de las clases subalternas de un sistema negado a toda promoción social y económica.
Esta es la dualidad preside toda la narrativa, dividida en nueve periodos, que comprenden desde la Baja Edad Media hasta nuestros días: una historia de España que pone de manifiesto muchos rasgos esenciales marginados de las narrativas tradicionales y una historia de Andalucía, empujada a una posición subordinada dentro de la formación estatal española y, como consecuencia, condenada a un permanente atraso que hasta el momento no ha encontrado redención.
En la Edad Media ya se advierten algunos elementos definitorios de lo que pronto será España. Entre ellos, el papel central de la guerra (una Reconquista que dura ocho siglos) y el protagonismo de la Iglesia, que ha convertido el hecho bélico en una guerra de religión y que conseguirá renovar en lo sucesivo el número de los enemigos de la sociedad rectamente constituida: moriscos, judeoconversos, erasmistas, herejes, convictos de prácticas sexuales heterodoxas... En Andalucía, el mantenimiento secular de una frontera beligerante, es decir la guerra de Granada, será el factor decisivo para la constitución del complejo señorial andaluz, gracias al continuo acceso a un botín a repartir tras las razzias o las ocupaciones de territorios musulmanes (cuya preservación encuentra el instrumento legal de la institución del mayorazgo a partir de 1505). Este modo de apropiación de la tierra genera lo que el autor califica (recogiendo una idea de Juan Martínez Alier) como "capitalismo señorial", un sistema exclusivo y excluyente, con sus connotaciones parasitarias, oligárquicas y retardatarias. Un sistema tan bien estructurado por sus beneficiarios como para garantizar su continuidad a lo largo de cinco siglos.
Los tiempos modernos se colocan bajo el signo de la guerra incesante y la ideología tridentina contrarreformista. Aquí tiene que entrar necesariamente la cuestión del Imperio: la evangelización como único "justo título" para la conquista y colonización de los pueblos americanos (lo que acentúa aún más el carácter de la "Monarquía Católica") y la esencial función de la plata americana en la financiación de la acción bélica hispana en todos los escenarios.