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Asegura Juan Francisco Fuentes que liberalismo es una palabra surgida en la España de inicios del siglo XIX y documentada en las Cortes de Cádiz en 1811. Definida por la Academia de la Lengua como la "doctrina que postula la libertad individual y social en lo político y la iniciativa privada en lo económico y cultural, limitando en estos terrenos la intervención del Estado y los poderes públicos", alcanzó una gran fortuna, adaptándose a la mayoría de lenguas en los siguientes años. Genuinamente español es también el término pronunciamiento, un "alzamiento militar contra el Gobierno, promovido por un jefe del Ejército u otro caudillo", si bien este segundo concepto no se ha convertido en una voz de alcance universal, sino que se ha mantenido como elemento propio de la historia política española contemporánea. Ambas nociones han estado muy presentes en nuestro convulso siglo XIX, ya que en este tiempo se produjo "un maridaje entre ejército y revolución a través del pronunciamiento que solía tener, al menos hasta 1868, un carácter liberal y a menudo progresista", en palabras del profesor Fuentes. Así ocurrió durante el "Trienio Liberal", también conocido como "Trienio Constitucional", de cuyo desarrollo se cumplen 200 anos. Un periodo de nuestra historia que arranca con el pronunciamiento de Rafael del Riego, el 1 de enero de 1820 en Las Cabezas de San Juan, forzando a Fernando VII a restablecer la Constitución de Cádiz, y concluye en 1823 con la veloz invasión del ejército francés —los Cien Mil Hijos de San Luis— al mando del duque de Angulema para restablecer el absolutismo. Entre una fecha y otra se sucedieron cuarenta y cuatro meses de cambios y enfrentamientos, a lo largo de los cuales hubo seis gobiernos encabezados por moderados (o doceañistas) y exaltados (o veinteañistas), representantes de las burguesías urbanas que, en la mayor parte de los casos, habían protagonizado también la experiencia constitucional del Cádiz de las Cortes. Los primeros apostaban por conciliar el reformismo político y económico con la Corona; los segundos veían el proceso revolucionario como el vehículo para la liquidación total del Antiguo Régimen. En la oposición a ambos, los realistas o reaccionarios que, andando el tiempo, acabarían por integrar las filas de los carlistas. Y en la base de todos ellos, las clases populares que, en el campo y la ciudad, al calor de la libertad, tal como sostienen distintas líneas de investigación en curso, aprovecharon estos años para experimentar el aprendizaje de una cultura política liberal y abierta, gracias a la sociabilidad desarrollada en tertulias, cafés, prensa y teatros. Con todo, la breve duración de este periodo impidió que se pudiera consolidar el programa reformista. Tan dura fue la vuelta atrás que ni siquiera el carácter moderado de las doctrinas de algunos de estos liberales andaluces los libró del exilio, la persecución o el destierro. Como recuerda el profesor Roberto Villa, este periodo no parece suscitar gran interés en nuestra historiografía y, por tanto, se sigue conociendo muy poco a sus protagonistas. Por este motivo, recuperamos en estas páginas la biografía de varios de estos políticos andaluces moderados que apostaron por un modelo de monarquía parlamentaria, en línea con la francesa o británica de esos años, cuya concepción triunfaría a partir de 1833. "Mientras haya libertad, diré lo que me parezca justo y no repararé a quien disgusta, ni a quien agrada. Estoy persuadido que, si la razón no nos salva, las facciones no nos han de salvar", escribió uno de estos liberales andaluces, el sevillano Alberto Lista, en una carta dirigida a su amigo Reinoso hace doscientos años y de gran actualidad todavía hoy.
ALICIA ALMÁRCEGUI ELDUAYEN
DIRECTORA DE ANDALUCÍA EN LA HISTORIA
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