Se latinizó el nombre en Aelius Antonius, vivió en más de 15 localidades distintas de las que solo dos (Lebrija y Sevilla) eran andaluzas, estudió en Salamanca, no pudo ejercer en universidades de Andalucía pues estas no existían aún en su época. Y, sin embargo, podemos decir del lebrijano Elio Antonio de Nebrija (1444-1522) que fue profundamente andaluz, que su escritura y su magisterio estuvieron muy influidos por el Reino de Sevilla y que en su obra desperdigó de forma en general intencionada no pocas huellas de su tierra de procedencia.
Este año 2022 es el Año del V Centenario Nebrija. La efemérides de su fallecimiento ha dado lugar a un venturoso programa de actividades destinado a celebrar la grandeza científica y vital de quien ha pasado al saber común sobre todo por ser el autor de la primera gramática completa de la lengua española (su Gramática sobre la lengua castellana) pero que fue en su tiempo conocido y reconocido por una obra más amplia y de mayor dimensión aún que esa gramática: Nebrija fue en su época un completísimo latinista.
En el siglo XV, el uso del latín estaba reservado a los dominios sociales ligados a la cultura, el saber o la internacionalidad: aunque la calle usaba ya las lenguas romances, hijas del latín, y estas ya contaban con una tradición literaria creciente y cada vez más vigorosa, la lengua del Lacio seguía siendo la de la diplomacia internacional, la comunicación eclesiástica, la transmisión de muchos saberes científicos o la lengua vehicular de la universidad. La formación de Nebrija en la Universidad de Salamanca lo hace, en sus propias palabras, toparse con profesores que en el decir, esto es, en la forma de usar el latín, nada saben, y ello entorpece la transmisión veraz y sólida del contenido.
A subsanar ese mal latín y reivindicar un latín depurado se dedica toda su obra, incluso la propia gramática castellana. Su manual de estudio de latín (las Introductiones latinae, 1481), sus diccionarios bilingües (español-latín y latín-español), sus repetitiones o lecciones magistrales puestas por escrito… construyen, libro a libro, letra a letra, un edificio de conocimiento cuyos pilares van a ser constantemente las letras clásicas, y, en ellas, más el latín que el griego.
Para Nebrija, la lengua es la clave de la verdad: este principio, tan renovador y renacentista, es originalísimo en la España de su tiempo, un reino que empezaba a cerrar la etapa medieval y a vislumbrar el Renacimiento. Desde Italia, el humanista Lorenzo Valla escribía en sus obras sobre el acceso directo y no intermediado a las fuentes e insistía en la lectura del latín y la enseñanza de un buen latín como modo de renovar la educación y la cultura. Las ideas de Valla fueron sentidas por Nebrija, quien vio en el cuidado lingüístico la posibilidad de renovación de todos los saberes.
“Para el colmo de nuestra felicidad y cumplimiento de todos los bienes, ninguna otra cosa nos falta sino el conocimiento de la lengua”. La frase, que Nebrija firma, valdría también para muchos de los problemas de competencia lectora y expresiva que vemos vivos en nuestro alumnado actual. Nebrija creía que un estudio profundo de la lengua era la llave para crecer en conocimiento y en capacidad intelectual. Él consideraba que el grammaticus tenía la habilidad y la responsabilidad de observar y corregir todos los campos del saber, pues todos se estudiaban y conocían a partir de textos basados en fuentes cuya fiabilidad y correcta transmisión o traducción se podía revisar.
La idea de que en la lengua estaba el potencial para desvelar la verdad era profundamente novedosa en su tiempo y es la clave para entender por qué Nebrija fue en su momento un autor distinto, prestigioso y valorado, y por qué todavía hoy, cuando hemos olvidado a la mayoría de los autores estudiados en las universidades españolas antiguas, seguimos atendiendo a Elio Antonio de Nebrija como una figura fundamental.
EN MOVIMIENTO. No estamos hablando de un estudioso enterrado en libros ni circunscrito a su mesa de trabajo y su biblioteca. Nebrija fue un estudioso en movimiento: primero, sus inquietudes formativas lo llevan a Salamanca y a Bolonia. Después, sus necesidades profesionales y su búsqueda de la serenidad que favorece el estudio y la escritura lo hizo buscar puestos de trabajo o patronos que lo protegieran. El resultado es un itinerario que empieza en Lebrija y lo lleva, en ese orden y repitiendo a veces localidades en idas y venidas, a Salamanca, Italia, Sevilla, Extremadura y Alcalá de Henares.