Columnas

La revuelta de las Alpujarras de 1568-1571

Una guerra civil en el interior de la Monarquía Hispánica

En la Navidad de 1568 estallaba la rebelión de los moriscos del Reino de Granada. La guerra, larga y cruenta, era la primera de esas características que se producía en la Península desde conflictos como las Germanías de Valencia (1519-1523) y las Comunidades de Castilla (1520-1522). La contienda se prolongó más de  lo previsto, hasta marzo de 1571, y tendría consecuencias devastadoras sobre un territorio que tardaría demasiado tiempo en recuperarse del impacto social y económico de la que fue una auténtica guerra civil en el interior de la Monarquía Católica.

ANTONIO JIMÉNEZ ESTRELLA
UNIVERSIDAD DE GRANADA

Moriscos cerca de Granada. Detalle de la obra Civitates Orbis Terrarum, Lib. I, de Georg Braun y Franz Hohenberg.

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Para entender el estallido de la revuelta  morisca debemos  retrotraernos a los decretos de la Junta de Teólogos de Madrid de 1566, publicados el 1 de enero de 1567 en una pragmática dirigida a anular los signos de identidad cultural y tradición de origen islámico: ritos, danzas, baños, vestidos, utilización del árabe y el resto de tradiciones de raíz islámica. No obstante, más allá de los decretos de aculturación de 1567, la guerra se debió a causas religiosas, sociales y económicas fraguadas desde  hacía  muchos años atrás.

A raíz de la primera rebelión mudéjar de 1499 se había iniciado en el Reino de Granada un período nuevo, en el que las instituciones, la fiscalidad, la realidad jurídica   y religiosa islámica desaparecían para inaugurar una nueva etapa presidida por la conversión forzosa al Cristianismo de todos los mudéjares granadinos a partir de 1502 y el desarrollo de un estado de conflictividad latente, caracterizado por una  presión constante de las autoridades civiles, militares y religiosas sobre los naturales.

El primer intento de borrar toda huella del pasado islámico de los granadinos se produjo con los decretos de aculturación de la Junta de Teólogos de 1526, con motivo de la estancia de Carlos V en Granada. No obstante, fueron postergados durante 40 años —precisamente hasta 1566— gracias a  la intermediación del capitán general del Reino, don Luis Hurtado de Mendoza, que negoció a cambio de la prórroga la concesión de un servicio extraordinario de 90.000 ducados, pagadero en ocho años, convertido en 1533 en un servicio ordinario de 10.000 ducados anuales, destinado a financiar las obras de construcción del palacio del emperador en la Alhambra. Este último aspecto es fundamental, pues los moriscos soportaban  una  carga fiscal tres veces más elevada que la de los cristianos viejos. Un dato: justo antes del estallido de la rebelión, pagaban más de 40.000 ducados en concepto de servicios especiales.

Principales enclaves del Reino de Granada donde hubo enfrentamientos durante la guerra de rebelión.

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A estos factores hay que añadir otros que contribuyeron a incrementar   la conflictividad  en la antesala de la revuelta: la progresiva implantación  desde 1554, con los decretos del Sínodo de Guadix, de las disposiciones del Concilio de Trento, que abrirían la puerta a los decretos de 1566; el importante aumento de las persecuciones y confiscaciones de bienes del Santo Oficio; y la crisis de la sericultura granadina, fundamental para la economía. O medidas más selectivas, dirigidas contra los representantes de los viejos linajes moriscos, como la prohibición de tener esclavos negros y las licencias de armas, privilegios que las familias moriscas más importantes del Reino habían obtenido y que, junto con el ejercicio de oficios en el sistema hacendístico y administrativo granadino, sostenían el pacto establecido con las elites colaboracionistas moriscas, y cuya ruptura, denunciada por Núñez Muley, en su famoso memorial de quejas a Felipe II, ponía en serio peligro la paz del Reino.

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