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La eclosión de la pesca

Dos momentos clave: los siglos XIV y XVIII

DAVID FLORIDO DEL CORRAL
UNIVERSIDAD DE SEVILLA

La actividad militar en la frontera cristiano-islámica y la piratería retardaron la reactivación de la actividad extractiva, procesadora y comercial en Andalucía hasta el siglo XIV. Un factor decisivo para comprender el ejercicio de estas actividades en riberas marítimas, fluviales y marítimas era la presión fiscal ejercida por diversos regímenes regulatorios mal avenidos entre sí (señorial, municipal y de realengo).

Solo en alta mar se podía ejercer la actividad extractiva libremente, sin que hubiese una clara doctrina de delimitación del mar territorial. Corona, concejos y casas señoriales, cada una en sus dominios, definían ordenanzas que tasaban descargas, compra-ventas, ahumados, portazgos, ancoraje de barcos, derechos de pesca para foráneos y relaciones de compra-venta, a no ser que se pudiese aplicar alguna franquicia.

En Ayamonte, con señorío jurisdiccional, las cargas eran establecidas por las “Ordenanzas de la Ribera” del marquesado,   pero a éstas se unieron en el siglo XVI las municipales y otros derechos exigidos por la Corona para infraestructuras defensivas, a los que pescadores y arrieros respondieron intentando zafarse de la presión operando en el mar o en otras playas.

Pero al mismo tiempo, monarcas y señores de territorios costeros promulgaban privilegios para promocionar la pesca y lucrarse de las rentas obtenidas por su comercio: valga el ejemplo de los Medinaceli en  El Puerto de Santa María o los Ponce de León entre Cádiz y Chipiona entre finales del siglo XIV y el XV.

Según Bello León, la monarquía castellana concedió privilegios de pesca, extracción de sal y tala de maderas a los pescadores sevillanos por sus servicios en el cerco de Tarifa y Algeciras en el siglo XIV, que serían confirmados con Felipe II. A cambio, habían de servir en galeras reales y estaban eximidos de prestar servicio militar en armadas y cabalgadas. Referido a sus asuntos, tenían sus autoridades, jurisdicción y cárcel propia y gozaban de la protección real. Es decir, funcionaba una lógica de reciprocidad jerárquica que religaba a los distintos actores sociales y políticos, garantizando el statv qvo y la jerarquía de relaciones.

Este modelo se refleja a la perfección en el sistema de cesión de derechos de pesca exclusivo a epígonos aristocráticos por parte   de la Corona, por sus servicios militares y de poblamiento, en pesquerías como las almadrabas y los corrales gaditanos, que podían cederse a terceros, particulares o congregaciones religiosas, constituyendo así un circuito característico de economía moral para conseguir bienes simbólicos de carácter espiritual.

La actividad extractiva generaba, pues, una lógica patrimonialización territorial en costas, estuarios y ríos. Despoblados como la franja costera entre Conil y Zahara o el Poniente Onubense se convirtieron en centros económicos con una importancia creciente gracias a las almadrabas de los Guzmán, que lograron poblarlas a pesar de  ser una zona lindante frente al reino de Portugal y berbería, zona inestable y peligrosa. Igualmente, la cesión de los corrales de pesca acompañó al poblamiento en el entorno de la desembocadura del Guadalquivir, durante el siglo XIV. El sistema podía generar conflictos entre las casas señoriales, generando tensión y desabastecimientos puntuales.

DIVERSIDAD. Entre los siglos XIV y XV se consolidaron dos lógicas pesqueras: de un lado, almadrabas y expediciones de pesca por el norte de África; de otro, actividades de pequeña escala que surtían mercados locales.

Pesca, garum y salazones

El papel de los tráficos pesqueros ha sido clave para comprender socio-culturalmente Andalucía, creando una intensa actividad comercial, impulsando la economía de las ciudades costeras y fluviales y sosteniendo instituciones concejiles, señoriales y de la Corona, además de gremios y sociedades de armadores. En este artículo se pone el acento en la importancia de los factores políticos para entender la eclosión de la pesca en dos momentos clave, las bisagras del Bajo Medievo y el siglo XVIII. Sorprenderán la decidida política de seguridad alimentaria, de fomento de la Armada Real, las medidas conservacionistas y la complejidad organizativa de algunas de las redes comerciales.

Real Albéntola empleada por los pescadores en el Guadalquivir.

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La expansión africana de la Corona de Castilla desde la segunda mitad del siglo XV permitió un nuevo modelo de negocio, a mayor escala y que nutrió mercados de amplio radio de pescado salado. Se constituía una compañía entre socios, navieros y marineros, que organizaba la “armazón” de carabelas artilladas para expediciones de pesca, que también eran de corso y captura de esclavos berberiscos y africanos negros. Se obtenían rentas del pescado salado y de la grasa (“saín”), sobre todo de las sardinas. Las compañías se financiaban con préstamos a riesgo y los socios inversores se aseguraban un porcentaje o un precio más bajo que el establecido en el mercado.

Pero en las costas la actividad era más modesta y diversa en sus técnicas: palangres, volantines y cañas para el anzuelo; nasas como trampas, enmalles como cazonales, artes de pie, y la importante variedad de artes playeros de arrastre: jábegas, lavadas o chinchorros, adaptados según su tamaño a distintas pesquerías, bien documentados desde el siglo XIV. Estos artes playeros, al igual que las almadrabas de tiro mediante grandes sedales para túnidos, proveían un género salado para un mercado de más alcance, por lo que sus mayores embarcaciones y equipos de pesca podrían exigir sociedades de más capacidad económica.

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