John Huxtable Elliott (Reading, Berkshire, 1930-Oxford, 2022) ha sido uno de los más prestigiosos historiadores e hispanistas y uno de los más significados referentes de la historiografía española de las últimas décadas, con una incansable actividad profesional desplegada durante más de sesenta años, desde la defensa de su tesis (dirigida por Herbert Butterfield en la Universidad de Cambridge) sobre la política centralizadora del Conde Duque de Olivares, hasta nuestros días.
Su trayectoria académica se desplegó entre el Trinity College de Cambridge (1956), el King’s College de Londres (1968) y el Institute for Advanced Study de Princeton, en New Jersey, Estados Unidos, “el paraíso del estudioso” (1973), hasta su regreso a Inglaterra (1990), donde fue nombrado Regius Professor de Historia Moderna en el Oriel College de Oxford, desempeñando dicho cargo hasta su jubilación (1997), a los sesenta y siete años de edad. Del mismo modo, su magisterio también se ejerció en el terreno de la investigación desde su hospitalaria casa oxoniense y durante sus viajes al extranjero, especialmente a España, que podría calificarse sin demasiadas cautelas como su segunda patria.
Aunque Inglaterra le dispensó los máximos honores (entre ellos el título de caballero, Sir, otorgado por la reina Isabel II en 1994), los reconocimientos recibidos en España no fueron desde luego menores: Gran Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio (1988), Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica (1996), Medalla de Oro de las Bellas Artes del Ministerio de Cultura (1990), Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales (1996) y Creu de Sant Jordi (1999), amén de los numerosos doctorados honoris causa: Universidad Autónoma de Madrid (1983), Barcelona (1994), Valencia (1998), Lleida (1999), Complutense de Madrid (2003), Carlos III (2008), Sevilla (2011), Alcalá (2012), Cantabria (2015), a los que hay que unir los de fuera de nuestras fronteras: Génova (1992), Portsmouth (1993), Warwick (1994), Brown (1996), más algún otro que se me habrá quedado por el camino.
Detalle de la portada de su libro Haciendo Historia (Taurus, 2012).
Sin embargo, el mayor reconocimiento le vino de parte de la totalidad de sus numerosos discípulos, a su vez grandes hispanistas e historiadores siguiendo la senda de su maestro. Baste citar la nómina de los que acudieron a la convocatoria de Richard Kagan y Geoffrey Parker como editores del volumen de homenaje que se le dedicó en el año 2001 (bajo el título de España, Europa y el mundo atlántico): junto a los dos acabados de citar, James Amelang, Peter Bakewell, James Casey (que también se nos fue en 2020 y a quien queremos aquí rendir homenaje de admiración y cariño), Jonathan Israel, Charles Jago, Linda Martz, Anthony Pagden, Peter Sahlins, Irving Anthony Lompson y quien fue quizás su discípulo más cercano, José Francisco de la Peña (Quisco), también desaparecido prematuramente en 1995. Prácticamente todos se reunieron con él en las diversas convocatorias que se sucedieron a lo largo de los años, haciendo a veces largas travesías para no faltar a la cita simbólica y entrañable, pese a la severidad de su tutor, evocada con humor por quienes la padecieron (especialmente mediante sus cartas y sus llamadas telefónicas tan temidas). En cualquier caso, llegaron a constituir una especie de Universidad (Internacional) A Distancia, con una laboriosidad sin límites que llevó al director del Archivo General de Simancas, Ricardo Magdaleno, a afirmar que en 1967, debido a su número, habían producido un auténtico colapso en la institución.