La captura y aprovechamiento de los atunes en la costa sur peninsular antes de la llegada y asentamiento de los fenicios (a inicios del I milenio a. C.) debió ser ocasional y limitada, en la mayor parte de ocasiones, a circunstancias y lugares concretos. Es probable que en la Prehistoria reciente la mayoría de los atunes consumidos fuesen individuos varados en las playas por causas diversas durante las fases migratorias, o capturas puntuales en zonas muy propicias, en ámbito litoral, y no en alta mar o mediante el uso de grandes redes o trampas.
Este panorama cambió sustancialmente gracias a la colonización fenicia y a que estas poblaciones orientales trajeron consigo tecnologías que impulsaron y optimizaron el aprovechamiento de los recursos de la región, algunos de ellos casi vírgenes (o que habían sufrido escaso impacto humano) hasta entonces. Tanto la pesca como la producción de sal marina se beneficiaron directamente de este cambio de escenario, así como la combinación de ambos y la elaboración de subproductos (salazones húmedas y secas, conservas, salsas, etc.) que no solo alimentasen a los nuevos habitantes de la península, sino que pudieran convertirse en mercancías para el comercio.
Aunque no hay testimonios arqueológicos definitivos, y por tanto no está claro el proceso y su cronología, cabe poca duda de que las estrategias y utillajes de pesca complejos fueron importados por los fenicios, adaptados a las particularidades de este marco atlántico-mediterráneo apenas explotado, y que a ellos corresponde la primera fase de esplendor de la captura y salazón del atún en el sur de Iberia.
La utilización de grandes redes operadas desde la costa para la captura de los atunes, similares a las empleadas en las almadrabas “de vista o tiro” posteriores, está constatada en el Egeo desde al menos el tramo final de la Edad del Bronce, con anterioridad a la diáspora colonial fenicia, como también lo está la elaboración de productos marinos con base de pescado que se almacenaban en vasijas cerámicas (como las conocidas en Akrotiri, en la actual Santorini).
Es también ampliamente conocido que en el Próximo Oriente anterior al I milenio a. C. sumerios y acadios habían fabricado ya frecuentemente subproductos de la pesca, fluvial o marítima, y que estas conservas y salsas saladas eran incluso utilizadas como ofrendas en ciertos santuarios. En Egipto, el pescado seco en sal y las salazones elaboradas con las especies endémicas del Nilo fueron comerciadas hacia tierras hebreas, fenicias y mesopotámicas, incluso a miles de kilómetros del delta, seguramente embaladas en cestos y cajas de fibra vegetal o madera.
La información relativa a la pesca y las conservas en Fenicia es menos abundante y explícita para los inicios del I milenio a. C., aunque diversos pasajes bíblicos señalan a los tirios como mercaderes de pescado en diversos lugares de Judea y del Levante, como refleja la referencia tardía del libro de Nehemías (13:16), quien señala en el siglo V a. C. que los tirios comerciaban sistemáticamente con pescado y otros productos en el mercado situado en una de las puertas de Jerusalem. Los fenicios, por tanto, eran ya expertos pescadores y saladores mucho antes del inicio de la colonización del otro lado del Mediterráneo.
Desde inicios del I milenio a. C. la pesca y las salazones se convirtieron en un recurso de primer orden para la subsistencia y el comercio de los fenicios asentados en Occidente. Las técnicas traídas del Levante mediterráneo permitieron multiplicar las capturas, conservarlas en sal, fabricar nuevos productos, y comerciar con ellos a largas distancias. Entre los siglos VI-V a. C. pasaron de ser un alimento modesto a convertirse en apreciadas delicatessen, en especial el atún rojo, muy apreciadas entre fenicios, iberos y griegos. Gadir, la bahía de Cádiz, obtuvo gran prestigio internacional como la principal “marca comercial” de estas conservas occidentales.
Recreación de los hornos de producción cerámica púnicos de la Bahía de Cádiz, basada en el caso de Camposoto (San Fernando, Cádiz).
No parece que hasta finales del siglo VII la pesca del atún alcanzase niveles relevantes, ni que en general las conservas de pescado fuesen una producción significativa en relación al comercio marítimo