Año de gracia de 1500. Mientras se despereza un nuevo siglo los Reyes Católicos han instalado su corte en Sevilla. La ciudad, ya de por sí bulliciosa, acoge a duras penas en mesones, tabernas, palacios y domicilios familiares a todos los recién llegados que siguen la corte itinerante de los reyes allá donde ellos van: una troupe de oficiales, secretarios y plumillas de todas las cancillerías, nobles linajudos, hidalgos y caballeros, menesterosos de todas las clases sociales que aguardan en las antesalas de los despachos más influyentes a la espera de ser recibidos por los monarcas o sus ministros.
Sevilla es ahora la capital del Reino y desde aquí se despachan los asuntos más urgentes. En los Reales Alcázares se firma con el Reino de Navarra el conocido como Tratado de Sevilla, que pone fin a las antiguas hostilidades entre ambos reinos y dispone la retirada de las guarniciones castellanas acantonadas en Navarra desde 1495. Desde Sevilla parte un ejército dirigido por el mismo rey Fernando para sofocar la revuelta de los moros de la Alpujarra. El dominio del Reino de Granada está en peligro.
Los altos asuntos de Estado no disminuyen el ritmo de las navegaciones a las Indias, recién descubiertas por Colón, ni apagan el interés por alcanzar nuevas tierras y nuevas riquezas. Puede decirse, sin temor a exagerar, que una auténtica fiebre descubridora se ha desatado por doquier.
Un año atrás —1499— se preparan nada menos que cuatro expediciones para las Indias que zarpan todas ellas de puertos andaluces. Los resultados, desde el punto de vista comercial, son muy desiguales, pero ello no impide que a su regreso, a Cádiz o Sevilla, los marineros pongan en circulación toda clase de noticias que hablan de una nueva geografía, incierta y misteriosa, en donde se ocultan riquezas incalculables.
Por eso los capitanes se afanan ahora en renovar sus licencias ante la Corona para proseguir sus descubrimientos, sobre todo desde que se tuvo noticia del regreso de Peralonso Niño y de Cristóbal Guerra (abril, 1500) después de haber rescatado perlas en la isla Margarita con tanta facilidad y abundancia “como si fuera paja” o granos de trigo. De perlas, oro y asombrosos gigantes habla el intrépido capitán Alonso de Ojeda, quien también ha regresado de su viaje a las costas de Venezuela.
El éxito de estas expediciones alienta a muchos hombres y produce inevitablemente un torrente de peticiones de licencia para explorar en aquellas remotas tierras hasta el extremo de que la Corona, temiendo perder el control de la situación, se ve obligada a adoptar medidas, como la del 3 de septiembre de 1501, en la que recordaba que para armar una expedición a las Indias era preciso disponer de licencia real, bajo pena de “perder el navío o navíos o mercadurías, mantenimientos e armas e pertrechos e otras cualesquier cosas que llevaren”.
UN MARINERO DE TRIANA. Rodrigo de Bastidas obtuvo permiso para su viaje el 5 de junio de 1500. En la capitulación suscrita con los reyes y refrendada por Gaspar de Gricio, secretario de los mismos, se nombraba a Bastidas capitán de una expedición, cuyos gastos habrían de correr todos por su cuenta, si bien la Corona se reservaba una cuarta parte de los beneficios y nombraba un veedor para su control.
Rodrigo de Bastidas y Juan de la Cosa fueron los primeros europeos que visitaron las costas caribeñas del istmo de Panamá (1502), adelantándose así al Almirante Cristóbal Colón, quien poco más tarde exploraría aquellas mismas regiones en su cuarto y último viaje. La empresa se realizó sin ninguna ayuda económica de la Corona. Pertenece, por tanto, al grupo de las expediciones descubridoras de carácter privado, es decir, realizadas por iniciativa de un jefe o capitán que a su “costa e minción” reúne —bien sea en España o en América— hombres, barcos y capitales y emprende la exploración de un nuevo territorio, previa autorización de los reyes.
Estatua de Rodrigo de Bastidas en Santa Marta (Colombia).