Francisco de Paula Coello de Portugal y Quesada nació hace doscientos años en la calle de Jaén que hoy lleva su nombre; un giennense destinado a convertirse en una figura de talla mundial.
Se trata de un profesional difícil de encuadrar, pues desarrolló con experticia labores geográficas, estadísticas, históricas, académicas, administrativas y catastrales, sobre un sustrato primigenio como ingeniero y militar. Una ingente actividad que sería concebible hoy si la desarrollase un equipo pluridisciplinar, pero que logró acometer con éxito este humanista con visión de futuro. Quizá por este motivo son escasas las recopilaciones globales, siendo más frecuente las centradas en el ámbito de la Geomática. Y sí, Geomática más que Cartografía-Topografía, pues su enfoque del dato, del geodato, como piedra angular para la gestión del territorio, para una correcta gobernanza, es plural y avanzada a su tiempo.
Siguiendo la tradición familiar ingresó en el ejército en 1833, llegando a ostentar los grados coronel del ejército por méritos científicos, teniente coronel por antigüedad y comandante de ingenieros. Una actividad militar destacada al comienzo, pues participó en la primera Guerra Carlista; mitigada posteriormente en diversos destinos, excedencias y comisiones internacionales, como la desarrollada junto al ejército francés en Túnez y Argelia.
Este comisionado le facilitó conocer los repositorios de información cartográfica francesa, en donde obtuvo copias, acumuló habilidades y contactó con los cartógrafos más experimentados de la época. Su estancia en África, por otra parte, le permitió conocer la compleja realidad sociopolítica de su colonización e inmersionar en la disciplina arqueológica; dos temáticas a la que regresará décadas después.
Pascual Madoz, unos años mayor, inicia en 1844 la confección del Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de Ultramar, atribuyendo la responsabilidad cartográfica de esta ingente obra a Coello. Un proyecto integral acometido desde el sector privado, que contó con apoyos institucionales y que —lamentablemente— quedó inconcluso, cuando en 1876 se publicaron las últimas hojas.
Entró a formar parte de la Administración civil en 1858, como vocal de la recientemente creada Comisión de Estadística, de carácter principalmente consultivo, acometiéndose importantes proyectos durante sus tres años de vigencia: se midió la base de Madridejos, comenzaron los trabajos del posteriormente retomado “catastro por masas de cultivo”, se puso en marcha la primera Escuela de Ayudantes del Territorio, se aprobó la Ley de Medición del Territorio y se creó el Registro de la Propiedad.