En 1807, casi cuatrocientos andaluces vecinos de Buenos Aires protagonizaron, junto al resto de la población porteña, uno de los episodios más heroicos y trascendentes de la historia rioplatense al enfrentarse y derrotar al ejército más poderoso de la época: el británico. Su historia, grabada en letras de oro, fue cubriéndose con la injusta niebla del olvido.
Vista de Buenos Aires desde el Camino de las Carretas. Fernando Brambilla (1794).
En lo más tórrido del verano sudafricano de 1806, una escuadrilla británica, al mando del ambicioso comodoro sir Home Riggs Popham, desembarca en la colonia holandesa de la Ciudad del Cabo y logra conquistarla sin demasiado esfuerzo.
Tras la contundente victoria en Trafalgar y con el continente bloqueado por Napoleón tras su triunfo en Austerlitz, su Graciosa Majestad busca hacerse de las colonias y posesiones del Corso y sus aliados —España entre ellos—.
Tan pronto estableció el nuevo gobierno en El Cabo, Popham recibe noticias de su socio e informante William Pius White quien, desde Buenos Aires —y a través de un capitán mercante estadounidense— le informa de que en la capital del Río de la Plata se está acumulando una gran suma de dinero esperando al convoy que logre romper el bloqueo británico para llevarla a España.
La oportunidad estaba servida por lo que, sin órdenes y confiando en su estrella, zarpa Popham con las pocas tropas que pudo arrancar de las manos del poco convencido general sir David Baird. Lo acompaña en la aventura sudamericana toda una flotilla de buques mercantes ansiosos de hacer pingües ganancias en el “nuevo mercado” bonaerense.
El reducido pero temible ejército al mando del general William Carr Beresford desembarca el 25 de junio de 1806 a pocas millas al sur de la capital rioplatense y avanza hacia le ciudad. De nada sirvió el improvisado intento de resistencia opuesto por unas tropas regulares poco entrenadas en los anteriores tres siglos de “Pax Hispánica”.
El virrey del Río de la Plata, marqués de Sobremonte que, tan pronto enterarse del desembarco enemigo había huido hacia el interior con su familia y los caudales, fue liberado quedando el dinero en manos británicas: Popham tomó de allí 600.000 dólares con los que pagó a su informante y acreedor White; Beresford otro casi medio millón para saldar los gastos de la expedición, enviando a Londres otra cifra equivalente.
El 28 de junio a las 3 de la tarde, en la fortaleza de “la muy noble y muy leal ciudad de la Santísima Trinidad en el puerto de Santa María de los Buenos Ayres”, era arriada la bandera gualda y roja por tropas británicas, izando en su lugar la Union Jack. Ese día comenzaba una silenciosa pero implacable resistencia.
En tan apretada situación y con la seguridad que los ingleses pronto recibirían refuerzos, recayó en un oscuro oficial naval francés al servicio de España, el capitán de navío Santiago de Liniers y Bremond, la circunstancia de ser el oficial más antiguo disponible para hacerse cargo de las tropas regulares y voluntarias dispuestas por el gobernador de Montevideo para la reconquista de la capital.
El 12 de agosto de 1806, el variopinto ejército reconquistador que había cruzado el Río de la Plata en todo tipo de embarcaciones auxiliares se enfrentó a las tropas británicas en la ciudad porteña. Beresford, observando que la contienda jamás podría ser dirimida favorablemente sin una profusa carnicería, resolvió rendir las armas.
La bandera británica que durante poco más de un mes había ondeado por primera y única vez en una capital hispanoamericana, fue arriada con los debidos honores militares y el delirio del pueblo en armas reunido frente a la fortaleza: militares y civiles; varones y mujeres; jóvenes, adultos, ancianos y niños; criollos, peninsulares, indios y africanos, todos al unísono vivaron al rey al izarse nuevamente la enseña rojigualda.