Columnas
ARCHIVO GENERAL DE ANDALUCÍA

El “Calabrino” y el “Caminante”

Los cañones que definieron los límites de Melilla

Los cañones han tenido un protagonismo que va más allá de su utilización bélica. En determinados momentos de nuestra historia, han delimitado las fronteras en numerosos acuerdos y tratados de paz. La ciudad de Melilla, bajo soberanía española desde 1497, delimitó sus fronteras mediante un curioso procedimiento: a mediados del siglo XIX, en un contexto de enfrentamiento directo con Marruecos, los disparos del cañón “Caminante” fijaron sus límites.

CARLOS A. FONT GAVIRA
ARCHIVO GENERAL DE ANDALUCÍA

La artillería, como arma, ha evolucionado a la par de los ejércitos y las necesidades bélicas. Nos situamos en el siglo XVIII, una centuria que, a pesar de estar atravesada por los principios filosóficos de la Ilustración, estuvo plagada de multitud de guerras. El siglo se inició con la Guerra de Sucesión española (1701-1714) y terminó con las guerras revolucionarias (1799-1815), efecto del impacto de la Revolución Francesa de 1789.

Las fuerzas de los ejércitos se dividían en dos mitades, la tierra y el mar. En el plano naval también hubo incesantes combates entre las distintas flotas europeas, lo que produjo una evolución progresiva de la artillería embarcada en los navíos. Las grandes potencias poseían escuadras conformadas por grandes navíos de guerra, construidos en madera y dotados de potentes baterías artilleras. En cada puente de un navío se colocaban piezas artilleras del mismo tipo; las más grandes y pesadas se ubicaban en las cubiertas inferiores.

Los prototipos de artillería habían sufrido una simplificación o racionalización. Así pues, las piezas de hierro colado habían sustituido prácticamente a los cañones de bronce que implicaban un proceso de fabricación y elaboración más costoso. Hubo materiales sorprendentes para construir cañones como pusieron en práctica los escoceses al fabricar cañones con cuero cuando había escasez de metales. Respecto a su clasificación, los cañones se ordenaban de acuerdo con el peso de los proyectiles que disparaban. La medida de peso de los proyectiles era la libra, aunque ésta variaba según los países, regiones o territorios. No obstante, la libra de peso siempre estaba por debajo del medio kilogramo. Por ejemplo, la libra castellana era de 460 gramos. Los cañones disparaban una especie de bolas esféricas de hierro colado. La munición presentaba sus variaciones según el cometido que tenía asignado. Por ejemplo, había balas calentadas al fuego (balas rojas) destinadas a provocar incendios en la cubierta del barco enemigo.

El siglo XVIII fue de evolución en el arma de artillería. Un nuevo tipo de cañón fue la carronada, fabricada en hierro colado, y con una longitud bastante corta. Las carronadas no sobrepasaban 1,60 metros de longitud y eran mucho más maniobrables que los cañones convencionales, que podían llegar a pesar 2.800 kilogramos y medir 2,90 metros.

La ciudad de Sevilla contó con uno de los centro fabriles más destacados y especializados del siglo XVIII. Nos referimos a la Fábrica de Artillería de Sevilla (F.A.S.) Nació como Fábrica de Bronces de Sevilla alrededor del año 1565 como iniciativa privada de la familia Morel, ubicada en dos solares del barrio de San Bernardo. En 1634 la Fábrica pasó a ser propiedad de la Real Hacienda y en 1717 son los comandantes de Artillería los que dirigían la Fábrica, convirtiéndose el fundidor en un técnico y el director en un militar profesional. La Fábrica de Artillería de Sevilla produjo una rica documentación a lo largo de sus casi tres siglos de funcionamiento. Existe un considerable volumen de documentación que refleja la producción que en ella se llevaba a cabo, como la referida a las relaciones de obra nueva y recompuesta, salidas y entradas de materiales en los almacenes, fabricación y producción de material, inspección del mismo, etc. La documentación generada por la fábrica sevillana nos va a servir de fuente para localizar a los dos cañones concretos que protagonizan esta investigación.

DOS CAÑONES CON NOMBRE PROPIO. Durante el siglo XVIII son muchas las instrucciones referidas al funcionamiento de la Fábrica en sus múltiples facetas, fundamentalmente aquellas referidas a la fabricación y pruebas de piezas de artillería. Bajo las órdenes del director se encontraba el cuerpo de Cuenta y Razón, cuerpo subordinado al intendente como “personal” de la Real Hacienda y encargado de la contabilidad y custodia de la artillería. A la cabeza de este cuerpo se encuentra el controlador, cuya misión es llevar la cuenta y razón de la artillería que entra y sale de los almacenes, así como las libranzas que se efectúen para los gastos de artillería y personal.

Imagen del cañón "Calabrino" expuesto en el Centro de Historia y Cultura Militar de Melilla.

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Como órgano fundamental se encontraban las juntas de recepción de material y pruebas de fuego. Los procesos de reconocimiento y pruebas de fuego son regulados por la Ordenanza Militar de 1728. Anteriormente sólo se anotaban el número de la pieza, el calibre y nombre de aquellas bocas de fuego que se consideraban útiles, pero no se daba conocimiento de la prueba en sí. Es a partir de 1729 cuando se comienza a realizar este nuevo procedimiento. Para el reconocimiento se reunía una comisión integrada por un oficial de Artillería, el contralor de la Fábrica, el guarda almacén y el fundidor. A la hora de realizar las pruebas, las bocas de fuego eran reconocidas exteriormente, confrontando con el diseño original la longitud, calibre, grueso de los materiales, etc. Superada esta primera prueba, se procedía al reconocimiento interno para terminar con las pruebas de fuego y agua, dando cuenta de todo este procedimiento al capitán general de Artillería. Posteriormente son reguladas por la Instrucción de 1778, en la que participa un órgano colegiado compuesto por el comandante de Artillería, el director de la Fábrica, el contralor, el jefe del Detalla y el fundidor.

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