En los albores de la Edad Moderna (1492-1510), la Baja Andalucía se convirtió en el centro de la navegación ultramarina por decisión real. De los puertos ubicados en las provincias de Sevilla, Cádiz y Huelva partieron las cuatro expediciones colombinas, así como los distintos viajes de descubrimiento impulsados por particulares, previa autorización de la Corona.
Los viajes colombinos son bien conocidos por el gran público. Sin embargo, el resto de expediciones, promovidas por marinos andaluces y sus múltiples socios capitalistas, han pasado desapercibidas para la mayoría a pesar de su innegable importancia histórica y de constituir un interesante ejemplo de lo que hoy hemos dado en llamar “colaboración público-privada”.
Su olvido por los lectores se ha debido a dos razones principales. En primer lugar, a la enorme atención que despierta la figura del Almirante, un fulgor que, de un modo u otro, ha opacado estos “viajes andaluces”, desarrollados entre 1498 y 1503. En segundo lugar, a su injusta categorización como “viajes menores” por parte del gran marino historiador Martín Fernández de Navarrete, cuya monumental obra Colección de los viages y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV… (impresa en cinco volúmenes entre 1825 y 1837) marcó el canon de las múltiples exploraciones españolas para los estudiosos durante muchas décadas.
Lo cierto es que, a pesar las escasas fuentes disponibles para estudiar estos “viajes andaluces”—como recuerda el profesor David González Cruz, en ocasiones ni siquiera se conservan las capitulaciones firmadas por sus promotores con los Reyes Católicos—, la historiografía sí ha estudiado con profundidad unas fascinantes expediciones que, en las fuentes de la época, son calificadas como de “descubrimiento y rescate”.
A iniciativa de Juan Rodríguez de Fonseca, los Reyes Católicos cambiaron su política con respecto a las Indias. Rompieron con el monopolio de Colón y abrieron la vía para que marinos y empresarios exploraran y comerciaran en el nuevo espacio, siempre previa capitulación con la Corona. Detrás de este cambio estuvo la necesidad de comprobar y fijar los descubrimientos colombinos, así como la búsqueda del ansiado paso a la Especiería —llegar a Oriente desde Occidente— y la voluntad de frenar el avance de los portugueses en esta auténtica carrera o fiebre descubridora.
Los marinos, azuzados por las noticias que llegaban a sus oídos acerca de la existencia de unas lejanas tierras, ricas en metales preciosos, no dudaron en enrolar a familiares y allegados; en arriesgar su dinero y su vida para armar las carabelas. Convencieron a sus contactos para que financiasen unos viajes cuya principal finalidad era comercial. Se endeudaron y, en algunas ocasiones —con la notable excepción de la expedición de Pedro Alonso Niño y Cristóbal Guerra—, se arruinaron hasta el punto de que la Corona hubo de intervenir para salvarles de la quiebra.
Buscaban perlas, oro, palo Brasil, esmeraldas y especias. En muchos casos, en lugar de riquezas encontraron hostilidades y tormentas. A menudo vieron naufragar sus naves. Nada les detuvo. Algunos habían participado en los viajes colombinos y no dudaron en fletar sus propias expediciones; varios repitieron e impulsaron más de una expedición privada. Cada uno tuvo sus motivos y anhelos, pero todos ellos coincidieron en lanzarse a la aventura, aun a riesgo de su hacienda y de su vida.
Aunque, muy a su pesar, estos “viajes andaluces” tuvieron una escasa relevancia comercial, lo cierto es que, como indican todos los autores de este monográfico, alcanzaron una enorme repercusión geográfica. Uno a uno, contribuyeron al conocimiento del “Mundus Novus” que Juan de la Cosa fijó para siempre en su mapa extraordinario.
Surquen ustedes, en las siguientes páginas, las aguas de este bravío “Mar Océano” con cada uno de ellos. Sumérjanse en la lectura. Vivan esas aventuras y, sobre todo, no las olviden.