Columnas

Políticos e intelectuales: una responsabilidad compartida

Los intelectuales andaluces en la Segunda República

Una nueva era en la que predominaron los intelectuales en el poder político dio comienzo con la proclamación de la Segunda República Española, el 14 de abril de 1931, de la que acaba de cumplirse el 90 aniversario. Tocó a su fin ocho años después, el 1 de abril de 1939, con la victoria del bando sublevado que dio paso a la dictadura franquista y al éxodo de los intelectuales que habían desempeñado un papel activo en la vida parlamentaria española de la Segunda República. Esta se prolongó sin embargo en el exilio y su disolución no se produjo sino hasta 1977, en que se puso fin de forma oficial a la denominada “República de los intelectuales” y en la que los andaluces jugaron un papel decisivo tanto desde el punto de vista cuantitativo como cualitativo.

BEATRIZ LEDESMA FDEZ. DE CASTILLEJO
DOCTORA EN LETRAS HISPÁNICAS

Imagen del regreso a España de Rafael Alberti tras 38 años de exilio.

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A menudo se sitúa en la primavera de 1977, en concreto el 27 de abril en que se dio el regreso del poeta comunista gaditano Rafael Alberti, el final simbólico y sentimental del exilio intelectual español, tras casi cuatro décadas de diáspora. Ya en los meses anteriores, a tan emblemático acontecimiento se había venido publicando en la prensa española el emotivo intercambio de mensajes entre este ilustre representante de la España peregrina y los literatos de la España interior. Sin embargo, la disolución oficial de la República en el exilio no se produjo sino hasta el 21 de junio de 1977, tras hacerse públicos los resultados electorales de las primeras elecciones legislativas de la Transición. Con el mensaje de despedida emitido en París el 1 de julio de 1977 por José Maldonado y Fernando Valera, presidente de la República y presidente del gobierno en el exilio respectivamente, se puso punto final de forma oficial a la Segunda República Española. En efecto, desde su compromiso político en 1898 —el año del desastre—, la clase intelectual había desempeñado una labor decisiva que culminaría en la gestación y llegada de la Segunda República. Una vez instaurada, muchos de estos intelectuales continuaron participando en ella al ocupar cargos políticos de responsabilidad tanto en las instituciones del gobierno como en las Cortes Constituyentes, hasta tal punto que este régimen ha pasado a la historia con el apelativo de “República de los intelectuales”, acuñado por Azorín.
Y aunque ya había habido antecedentes de participación política de intelectuales durante el período de la Restauración borbónica —recordemos los casos de Francos Rodríguez, Benito Pérez Galdós y Marcelino Menéndez Pelayo o incluso los premios Nobel de Literatura José Echegaray y Jacinto Benavente—, nunca antes ni nunca después en ningún otro tiempo, en ningún otro foro, se habían reunido tantos eruditos por metro cuadrado como en el hemiciclo de la Segunda República Española. Allí convergieron políticos e intelectuales con unas dimensiones cuantitativa y cualitativa tales que nunca antes se habían visto y nunca después volverían a darse. Así, en la legislatura de 1931, entre los cuatrocientos setenta diputados se contaban nada menos que cincuenta y tres médicos, cuarenta y siete periodistas, numerosos hombres de letras, científicos, filósofos y juristas de renombre, así como sesenta y cuatro catedráticos, profesores o maestros, lo que llevó a que se la conociera también como “la República de los profesores”. Los casi trescientos escaños disputados en Andalucía que compusieron las tres legislaturas de la Segunda República fueron ocupados por unos 220 diputados que representaban a las distintas circunscripciones andaluzas. Algo menos de una veintena de entre ellos —entre los que destacan el socialista sevillano Antonio Acuña Carballar, el penalista Luis Jiménez de Asúa o el sevillano Diego Martínez Barrio—, resultarían elegidos diputados en las tres legislaturas, pero menos de una decena lo fueron en las tres ocasiones por circunscripciones andaluzas.

Retrato al óleo del presidente Niceto Alcalá-Zamora y Torres. Copia del original del pintor Eugenio Hermoso.

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