La polémica sobre el cante jondo de hace cien años estuvo enmarcada en la idea de “pureza”. La búsqueda de esta, en cuanto modulación de la tradición perdida, forma parte de la crisis de la modernidad, que introducía nuevas formas de espectáculo, pero también de reproducción y registro musical, que modificaban día a día gustos y públicos. Se consideraba, en el ámbito del flamenco, que puro era aquello que se hacía en los “cuartos”, en la intimidad de una afición que oficiaba religiosamente una exclusividad, propia iniciados o acaso caprichosos con dinero.
Esta concepción, mistérica, por cuanto reservada, se oponía a lo que se hacía cara a un público más amplio, que se identificaba con el de los cafés-cantantes. En estos triunfaban, además, otros géneros más ligeros como el cuplé. El contacto entre el cuplé y el flamenco se veía como un atentado a la pureza de lo jondo. La queja contra el flamenquerío que lanzó Manuel de Falla, alentado en sus apreciaciones por las veladas iniciáticas, punto de encuentro de intelectuales, que experimentó en la taberna-tienda, sita en los restos de los antiguos baños de la mezquita de la Alhambra, de su compadre Antonio Barrios “El Polinario” iban en ese sentido. Pero el asunto es muy intrincado, según declaró el pintor Manuel Ángeles Ortiz, autor del cartel del concurso del 22, ya que, según él, los promotores en realidad querían imitar el malagueño café de Chinitas.
La comunicación entre Granada, sobre todo su vega, y Málaga, era muy fluida. Nada de extrañar, por consiguiente, que don Manuel de Falla quisiese contar como presentador del acto previsto con el poeta malagueño Salvador Rueda. Rueda había escrito sobre las zambras sacromontanas, pero quizás de una manera más contenida y distante que el joven poeta Federico García Lorca, que ya había escrito en 1921 su “Poema del canto jondo”, aunque no lo diese a la imprenta hasta una década después. Pronto fue desplazado el veterano Rueda por el arrollador Lorca.
La comunicación y afinidad entre Falla y Lorca fue determinante para el éxito de la comisión organizadora, desde el Centro Artístico, Literario y Científico, institución que se dirigió al ayuntamiento de la ciudad solicitando su patrocinio en las fiestas del Corpus, una de las principales de Andalucía.
Granada vivía sus días de gloria económica y modernización con el triunfo del cultivo remolachero y subsiguiente industria del azúcar, asentada en la vega. Una ascendente pequeña burguesía venía otorgando un gran impulso a las fiestas desde 1884. Habían contribuido a ese renacer festero, intelectuales de diferentes tendencias ideológicas, desde el republicano Garrido Atienza hasta el conservador Valladar. Es más, las fiestas del Corpus en las que se encuadraba la petición, ya habían conocido en 1889 un acto similar, con la coronación como poeta nacional de José Zorrilla. El Centro Artístico, una asociación civil de la pequeña burguesía inquieta culturalmente, desgajado del más conservador Liceo, que había sido el organizador precisamente de la coronación de Zorrilla, en estos momentos era el marco social adecuado para los proyectos de Falla y Lorca.
El caso es que, en contra de la esperada unanimidad, la propuesta de concurso jondo desencadenó la polémica nada más anunciarse. El diario amarillista La Opinión y otros medios alentaron la diatriba. Incluso el sensato El Defensor de Granada, erigido en referente por los defensores del concurso, fue frío en su acogida inicial. El Defensor se encontraba integrado en ese momento en el grupo empresarial encabezado por El Liberal, de Madrid.