Al abrir este libro nos damos cuenta de que ha sido elaborado con el rigor académico del análisis histórico y la perspectiva de género. La temática es el estudio de las mujeres rurales, que no están en los manuales, pero “haberlas, haylas”. Las mujeres del campo han sido doblemente invisibilizadas, por ser mujeres y por habitar el mundo rural. Esta monografía es un completo ensayo que recoge distintos episodios desde finales del siglo XIX hasta nuestros días. Andalucía y Galicia han sido empleados a modo de observatorios privilegiados de los diversos modelos de mujer en el campo español en la última centuria. Durante este tiempo, las mujeres se dedicaban a las labores domésticas y al cuidado de los hijos, a la vez que eran una mano de obra fundamental en el campo español. Las campesinas siempre han estado en la historia de la humanidad y, conforme más agraria o rural era la sociedad, más presencia tenían. Y, si estaban tan presentes en nuestra economía, ¿cuál es la razón de no haber sido estudiadas ni por parte de la historia rural y agraria, ni por la propia historia de las mujeres? Es más, a la hora de pensar en el trabajo del campo, en el imaginario colectivo no aparece una figura femenina. ¿Cuál puede ser el motivo?
Para la profesora Ortega, lo anterior tiene tres tipos de explicaciones: agrocentrismo, androcentrismo y urbanocentrismo. Todo ello combinado ha hecho que las mujeres que habitan zonas rurales y trabajan el campo hayan quedado desaparecidas. El término agrocentrismo es debido a que la historia rural y agraria se ha centrado en los procesos de modernización y transformación económica. El segundo de los términos, el androcentrismo, es cuando esa misma historia ha mostrado interés en los grandes artífices o perjudicados de esos procesos de transformación, habiéndose centrado exclusivamente en varones y dejando a las mujeres como seres pasivos sin protagonismo. Y, por último, el urbanocentrismo, porque se ha considerado que en las ciudades está el motor del cambio, desplazando lo rural. La historia de las mujeres parte del hecho de que para alcanzar la emancipación y la igualdad había que estar en la ciudad. Y esta idea es errónea. Como queda esbozado en este trabajo, las mujeres del mundo rural han sido tan activas y han tenido tanto protagonismo como las mujeres en la ciudad, como los varones en el mundo rural. De ahí el interés de este libro. Hay que terminar con esos mitos que existen acerca de las mujeres del campo, que han sido consideradas ciudadanas de segunda fila.
El trabajo se articula en cuatro grandes bloques: una introducción, donde se habla de la perspectiva de género en la historia rural; el primer capítulo, titulado “Leonas y disidentes”, donde se analiza el éxodo rural femenino y el discurso “nacional-agrarista” de comienzo del siglo XX; el segundo capítulo, dedicado a la dualidad “doméstico y trabajadores” y, el último, que lleva por título “rebeldes y comprometidas. La contribución de las mujeres del campo a la conquista de la democracia”.
En el capítulo dedicado al estudio de las mujeres como “guardianas de la raza” se indica que, en España, la mujer rural comenzó a ser juzgada y reconocida como fundamental en el proceso de preservación de los valores patrios más tradicionales que patrocinaron la creación de las llamadas Ligas Católicas de Mujeres Campesinas. En estas asociaciones se las capacitaría para desempeñar mejor el rol que la naturaleza les había asignado: ser esposas, madres, criar a los hijos y administrar las labores del hogar. Pero también les confería una formación profesional adecuada para lograr el autoabastecimiento de las explotaciones agrarias familiares y su óptima gestión. De tal manera que junto a lecciones específicas sobre religión y moral cristiana, corte y confección, el cuidado de los hijos, la alimentación, la higiene y la administración doméstica, las ligas impartieron lecciones de jardinería, apicultura…