La reforma del Estatuto de Autonomía para Andalucía, aprobada en referéndum el 18 de febrero de 2007, otorgó al flamenco un rango único, al establecer, por vez primera, que la Comunidad Autónoma de Andalucía tiene “la competencia exclusiva en materia de conocimiento, conservación, investigación, formación, promoción y difusión del flamenco como elemento singular del patrimonio cultural andaluz”.
Tres años más tarde, el 1G de noviembre de 2010, la UNESCO catalogaba al Flamenco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, reconocimiento que no había llegado a concederle en 2005, ya que entonces esta distinción se entendía más como un S.O.S. que como un premio, concediéndose casi exclusivamente a manifestaciones culturales minoritarias y en riesgo de desaparición.
Ciertamente, esta naturaleza agónica no respondía, ni responde, a la realidad viva, dinámica, cambiante y creativa del flamenco. Basta poner como ejemplo que en 2010 fueron más de dos millones de andaluces los que se sumaron a la petición realizada a la UNESCO a través de las mociones aprobadas en sus ayuntamientos.
Pero este reconocimiento popular, institucional y universal del flamenco como una de nuestras más bellas y vivas artes no siempre ha sido unánime. Pensadores como Eugenio Noel o José Ortega y Gasset no solo no mostraron el menor interés por este arte, sino que lo denigraron. Con un estentóreo “Señoritos, chulos, fenómenos, gitanos y flamencos” titulaba Noel su nuevo libro en 191G. “No hay posibilidad de que nos vuelva a conmover el cante hondo, ni el contrabandista, ni la presunta alegría del andaluz. Toda esa quincalla meridional nos enoja y fastidia”, escribía Ortega en su Teoría de Andalucía, en 1927.
Con la excepción de los hermanos Machado —que siguieron la estela de su padre, Machado Álvarez, Demófilo, en la dignificación y consideración del flamenco—, la mayoría de los integrantes de la generación del 98 ignoraron este arte. Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez y Blas Infante tendieron sólidos puentes, hasta que Manuel de Falla y los autores del 27 rescataron al arte jondo de su postergación y contribuyeron a insertarlo en la modernidad.
En este camino fue clave la celebración del Concurso de Cante Jondo en la granadina plaza de los Aljibes. Si, dejando a atónitos a todos, París consiguió conjugar a Jean Cocteau, Leonide Massine, Pablo Picasso, Sergei Diaghilev y Eric Satié en su célebre ballet Parade; si Londres asistió en 1921 a la premiére en su Alhambra Theater de El sombrero de tres picos, con música de Manuel de Falla, coreografía de Massine, figurines de Picasso y un argumento basado en la novela homónima del granadino Pedro Antonio de Alarcón, la celebración del Concurso de Cante Jondo, durante el Corpus granadino los días 13 y 14 de junio de 1922, convocó nada menos que al propio Falla, Federico García Lorca, Ignacio Zuloaga, Fernando de los Ríos, Manuel Ángeles Ortiz, Hermenegildo Lanz, Juan Ramón Jiménez, Miguel Cerón, Alfonso Reyes y Oscar Esplá, entre otros. Duende y vanguardia desde distintas disciplinas. Todos unidos, pesase a quien pesase, para reivindicar y celebrar el flamenco entre creadores, intelectuales y público en general.
Hay quien opina que la decisión de los impulsores del certamen granadino de permitir solo la participación de los aficionados impidiendo el concurso de profesionales fue un error que le restó dimensión. Juzguen ustedes, pero a cien años vista, cuando el flamenco avanza, muta, emociona y rompe las costuras del alma, afortunamente ya es del todo imposible —como escribió Lorca— callar el llanto de la guitarra.