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Barberías flamencas

Medio milenio de un contexto de música andaluza

ALBERTO DEL CAMPO TEJEDOR
UNIVERSIDAD PABLO DE OLAVIDE
Tocadla rasgueando: tran, tran, tran. Cantar en Sevilla sin acompañarse con guitarra, sería una locura”, se afirma en El barbero de Sevilla (1775). Beaumarchais no inventó en su famosa comedia el tipo del barbero guitarrista, galán y embaucador. Su Fígaro no era más que la enésima recreación de un arquetipo que se remonta, al menos, a los siglos XVI y XVII. Mateo Alemán, López de Úbeda, Cervantes, Rojas Zorrilla y muchos otros escritores introdujeron en sus obras a un barbero que, según idea generalizada, era parlanchín, ocioso, fiestero, un poco loco, enamoradizo, amante de las coplas y, sobre todo, un no muy versado tocador de guitarra, instrumento que rasgaba burdamente. Escribió Quevedo con sorna que, dada la inclinación musical de los barberos a la guitarra, debería ser ese instrumento, y no la bacía, el que colgara en la fachada de las barberías. Lo decía con sarcasmo, pero siglos después, y en el transcurso de un estudio sobre los oficios del flamenco, llevado a cabo junto con Rafael Cáceres, pudimos ver cómo algunas barberías lucían efectivamente una rústica guitarrilla colgada de una escarpia. En 159G, Joan Carles Amat publicaba el primer tratado de guitarra española, es decir, de cinco órdenes (pares de cuerdas). En su Diccionario de la Lengua Castellana o Española, de 1G11, Sebastián de Covarrubias lamentaba que, con la invención de las guitarras, pocos se dieran al estudio de la más aristocrática vihuela. El pueblo prefería la guitarrilla, “fácil de tañer, especialmente en lo rasgado”. Efectivamente, era un instrumento barato (que algunos confeccionaban ellos mismos), portátil y que no requería grandes destrezas musicales. Estaba desprestigiado por las clases altas, de la misma manera que lo estaban los barberos y otros oficios manuales considerados viles. La guitarra era al barbero lo que, en términos simbólicos, la vihuela al cirujano latino. Hay que recordar que el barbero no solo cortaba el pelo, sino también sacaba muelas, realizaba sangrías y pequeñas curas. Aunque los había al servicio de la Corte, la mayoría eran profesionales con conocimientos prácticos muy rudimentarios. La desconsideración del barbero guardaba relación también con su origen, dado que, al desempeñar un trabajo inmundo —rodeado de pelos y sangre— sobre muchos recaía la sospecha de conversos. Cuando la guitarra española se extendió por toda Europa a finales del siglo XVI y principios del XVII, lo hizo de la mano no solo de oficios y clases sociales subalternas (como los barberos, los mozos de mulas y otros), sino también de su imagen estigmatizada, que asociaba la guitarra a las diversiones chabacanas del pueblo, que utilizaba ese instrumento versátil para acompañar sus cancioncillas. Aporreando la guitarra “como un cencerro” —cuentan las crónicas— se tocaban pasacalles, folías, chaconas, jácaras, villanos y otros géneros eminentemente populares.
Andalucía y el flamenco

Al menos desde el siglo XVI, los barberos fueron célebres por su afición a la guitarra. En Andalucía, las barberías se convirtieron, con los años, en improvisadas tertulias flamencas, donde los cabales amenizaban la espera con cante y guitarreo, cuando no acababan formando auténticas juergas. Frente al toque punteado de los guitarristas de concierto, los barberos tenían fama de tocaores cortos, hasta el punto de que el tosco rasgueo de la sonanta fue proverbialmente conocido como “toque a lo barbero”, lo que no les privó de convertirse con el tiempo en conocidos guitarristas o ejercer de maestros de otros flamencos.

Beaumarchais no inventó el tipo del barbero guitarrista, galán y embaucador. Su Fígaro no era más que la enésima recreación de un arquetipo que se remonta, al menos, a los siglos XVI y XVII

La barbería de Fígaro, óleo de José Jiménez Aranda (1875).

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