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Dossier

Andalucía y el flamenco

Ancestralidades, espectáculos, modernidades

Coordinado por:
JOSÉ ANTONIO GONZÁLEZ ALCANTUD
UNIVERSIDAD DE GRANADA

Detalle del óleo La barbería de Fígaro (1875), de José Jiménez Aranda.

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La sinonimia es total: flamenco y Andalucía casi significan lo mismo. Hasta el artículo 68.1 del Estatuto andaluz, de 2007, da forma jurídica a esa ilusión, como si el legislador quisiese acotar el asunto para siempre: "Corresponde asimismo a la Comunidad Autónoma la competencia exclusiva en materia de conocimiento, conservación, investigación, formación, promoción y difusión del flamenco como elemento singular del patrimonio cultural andaluz". Esta tendencia vino a ser sancionada internacionalmente con la declaración como "patrimonio inmaterial de la Humanidad" por la UNESCO en 2010. Si no fuese por la contrariedad que este aumento de la presencia institucional —regional e internacional del flamenco produjo en muchos artistas andaluces el asunto estaría sentenciado. El flamenco, sin embargo, por sus vínculos externos es más bien un oxímorón: es andaluz y no lo es, a la vez; es inmaterial, pero a la vez material. Ha exportado su saber hacer, sustentado y regenerado en una cultura expresiva, como la andaluza, hacia diferentes partes del mundo, desde los inicios de la globalización. El trayecto vital de los flamencos antiguos transitaba entre París y Moscú, pero muchas ocasiones se detenía en lugares más alejados como Kiev o Estambul. A veces acabaron, asimismo, en Nueva York. Flamenco conjuga, por consiguiente, con transculturación. De Cuba y a Cuba fueron y vinieron los cantes de ida y vuelta. Un bien cultural transculturado no es una identidad étnica, es algo nuevo, surge del contacto con personalidades muy distintas. Así lo vio el gran etnólogo cubano, Fernando Ortiz. De París, se importó el concepto de café cantante, y lo aclimataron perfectamente, por ejemplo. Por lo demás, es espiritual, por elevado, pero también anhela estructuras estables de mercado, para sobrevivir dignamente.
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