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Una Andalucía en las antípodas

Andaluces en la historia de Filipinas

Pedro Luengo
Universidad de Sevilla
La circunnavegación, y la posterior identificación de la ruta de tornaviaje entre Filipinas y México, permitieron la incorporación del archipiélago asiático al territorio hispano a partir de 1565. Desde el establecimiento del Galeón de Manila, fue la comunidad de origen vasco la que tuvo un mayor protagonismo en su administración, lo que se trasladó a la conformación de la sociedad de la nueva capital, Manila, desde 1571. Con la consolidación de la ruta, y con ella de los lazos comerciales, la contribución andaluza se incrementó progresivamente, observándose tanto en los puestos administrativos, como en los misioneros o los comerciantes. Esto queda patente en el origen de los gobernadores, entre los que se encuentra un único andaluz en el primer siglo de presencia hispana, el sevillano Guido de Lavezaris (¿1499?-¿1581?). Hacerse cargo de la gestión del nuevo territorio, tras la muerte del conquistador Miguel López de Legazpi, requirió de diversas labores de pacificación, así como de la defensa ante el ataque del pirata chino Limahón (1574). Habría que esperar hasta el siglo XVIII, con el nombramiento del rondeño José de Basco y Vargas (1733-1805), apenas seguido del gobierno del astigitano Rafael María de Aguilar (1737-1806) y del andaluz Manuel González de Aguilar (gobierno 1810-1813) para continuar la contribución andaluza en la ad-ministración de las islas. Fueron responsables de modernizar la imagen urbana de la capital, aspecto en el que las referencias a diferentes ciudades andaluzas estarían muy presentes. Frente a un entramado urbano repleto de casas, estos gobernadores apostaron por utilizar algunos solares como pequeñas plazas ajardinadas. En este mismo sentido, Basco y Vargas sería el promotor de diseñar en el interior del recinto amurallado un barrio dedicado a la comunidad de origen chino, los sangleyes, conocido como Parián de San José de Mabolo. Aunque este espacio se encontraba también perimetrado y permanecía cerrado durante la noche, los planos conservados muestran la apuesta por ofrecer un espacio moderno, merced a los elementos de decoración urbana o la incorporación de fuentes públicas. Una apuesta similar puede identificarse en el encargo de la escultura de Carlos IV al artista cortesano Juan Adán, como parte de la reurbanización de la plaza mayor de la capital. En la misma línea, terraplenó las calles de la ciudad, utilizando para ello una mezcla de cal, arena, conchas y miel de caña, en lo que supone un ejemplo más de diálogo técnico. También es bajo su gobierno cuando se instaló en Manila el primer alumbrado público que apenas se modificó hasta la segunda mitad del siglo XIX, como se observa en imágenes previas. Sus esfuerzos por modernizar tanto Manila como Filipinas no quedaron en cuestiones urbanísticas. Además de estas, cabe subrayar su organización de la vacunación de la población frente a la viruela, comenzando con sus propios hijos tras la llegada a Manila de la Expedición Balmis en 1805. Por último, estos gobernadores impulsaron la creación de diferentes sociedades de promoción económica de las islas, bajo distintos nombres. En este sentido, la Sociedad Económica de Cádiz mantendría una significativa relación epistolar con la filipina, fruto de la cual se conservan aún diferentes documentos. La contribución de estos gobernadores andaluces en Filipinas sería continuada por el gaditano Pascual Enrile Acedo (17721836), el sevillano Carlos María de la Torre (1809-1879), el isleño José Malcampo y Monge (1828-1880), el granadino Manuel Pavía y Lacy (1814-1896) o el sevillano Fernando Primo de Rivera (1831-1921).
PUERTA DE ASIA

El protagonismo de los puertos de Sevilla y Cádiz entre los siglos XVI y XVIII provocó que Andalucía participara activamente en la administración de Filipinas, desde la conquista del archipiélago en 1565 hasta mucho después de la Independencia del país en 1898. Gobernadores, misioneros, ingenieros militares, burócratas o artistas, contribuyeron a un diálogo cultural y construyeron una herencia compartida de gran valor.

Con la consolidación de la ruta del Galéon de Manila, la contribución andaluza se incrementó en las islas, observándose tanto en los puestos administrativos, como en los misioneros o los comerciantes.

Plaza mayor de Manila, de 1847, por José Honorato Lozano.

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De todos ellos, cabría destacar su labor impidiendo diferentes insurrecciones filipinas de finales del siglo XIX, así como la organización territorial del archipiélago para los nuevos retos administrativos que se afrontaban. Esto llevó a un creciente conocimiento de la realidad de las islas. Así, cabría señalar las piezas traídas por Pavía y actualmente conservadas en el Museo Municipal de Jérica, respondiendo principalmente a elementos populares del archipiélago. No fueron solo gobernadores los que contribuyeron al desarrollo del archipiélago, mereciendo un cierto detenimiento la significativa nómina de ingenieros militares destinados a Filipinas. La lista se inicia con el andaluz, probablemente gaditano, Ildefonso Aragón (ca. 1760-1835) quien desarrolló una estimable labor referente tanto a cuestiones de defensa como a otras contribuciones culturales. La nómina continuó con casos como el del astigitano Felipe María Corte y Ruano Calderón (1819-1892), el malagueño Andrés López y de Vega (1820-1905), el gaditano Rafael Cerero y Sáenz (1831-1906), el sevillano Eduardo Ruiz del Arco y de la Hoz (1833-?), el gaditano Federico de Castro y Zea (1847-1905), el isleño Rafael de Aguilar y Castañeda (1852-?) o el veratense Miguel Vaello y Llorca (1859-1917). De todos ellos habría que subrayar las importantes contribuciones de Corte, responsable de la fundación del periódico manileño La Esperanza, así como de otros trabajos propios de su puesto. En cuanto a Cerero, es el autor de un estudio sobre la arquitectura antisísmica, fruto de la experiencia constructiva alcanzada en las islas (1890). A todos estos, cabría unir otros nombres como los del jerezano Esteban Rodríguez de Figueroa (¿-?), el ursaonense Pedro Chirino (1557-1635), los sevillanos Antonio de Morga (1559-1636), Francisco Varo (1627-1687) y Juan de Noceda (1681-ca. 1747), el laujareño Pedro Murillo Velarde (1696-1753), el sevillano Ciriaco González de Carvajal (1745-1828), el historiador gadi-tano José Velázquez y Sánchez (1826-1880), varios miembros de la familia Montilla, el sevillano Manuel María Rincón (18591945), el granadino Francisco de Paula Entral (+1882), el médico marbellí Rogelio Vigil de Quiñones (1862-1934) o el sevillano Enrique Zóbel de Ayala (1877-1943). El primero alcanzó el cargo de gobernador de Mindanao, pero resulta significativo subrayar su contribución en el plano cultural, al ser el mecenas que dotaría de música al colegio jesuita de la capital con una pequeña orquesta. De una fecha similar es el oidor Antonio de Morga, autor de una de las primeras crónicas sobre el archipiélago: Sucesos de las Islas Filipinas (1609). Su perspectiva como miembro de la administración lo convierte en un contrapunto importante ante la visión ofrecida por las más habituales crónicas de los misioneros.

Vocabulario de la Lengua Tagala por Juan Noceda.

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Historia de la Provincia de Philipinas de la Compañía de Iesus, por Pedro Murillo Velarde.

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MISIONEROS. Una importante contribución andaluza en el archipiélago vendría ofrecida por la labor de tres misioneros responsables de sendos trabajos históricos y lingüísticos. Pedro Chirino es un jesuita conocido por ser autor de una crónica sobre el archipiélago publicada en 1604, y ampliada con un manuscrito ligeramente posterior. Francisco Varo, aunque desarrollaría gran parte de su labor en el sur de China, aprendió chino en Manila. Esta formación resultaría clave para elaborar posteriormente sus vocabularios de chino, y su gramática Arte de la lengua mandarina (1703), fuentes clave para entender la lengua utilizada en el sur del continente en ese momento. Por otro lado, Noceda se dedicó a perfeccionar los diccionarios de tagalo-castellano, considerándose hoy un referente de entre los realizados bajo el gobierno español. Estos trabajos lingüísticos deben considerarse como un medio clave para la administración hispana en ese momento, ya que la decisión de mantener las lenguas originales en el adoctrinamiento religioso requería de los misioneros de un amplio conocimiento de las lenguas locales. Así, la nómina de andaluces puede ampliarse con otros casos anteriores, aunque con menor impacto posterior, como son los agustinos Diego de Ochoa y Salazar, o Juan de Quiñones. En este sentido, la utilización de Filipinas como punto intermedio de formación camino de China fue habitual, con casos tan destacados como el del mártir granadino San Juan Alcover (1694-1748), ahorcado en China. Si las lenguas supusieron un campo de exploración clave para el siglo XVII filipino, el conocimiento geográfico puede identificarse como uno de los intereses de la siguiente centuria. Los diferentes retos comerciales, y una presencia hispana más estable, requirieron de un conocimiento más detallado del archipiélago. En este sentido el mapa de Murillo Velarde de 1734 autor a su vez de los diez tomos de la Geographia Historica (1752), supone un hito para el devenir del archipiélago precediendo los esfuerzos realizados en otros espacios coloniales. Mientras que la labor de los misioneros andaluces en Filipinas ha recibido atención por la crítica, mucho menos interés han suscitado algunos integrantes de la administración. Otro oidor sevillano, Ciriaco González Carvajal, sería responsable en 1781 de la creación de la Sociedad Económica de Amigos de Manila, desde la que se pretendía explorar las posibilidades de expansión comercial del archipiélago en el cambiante escenario internacional. Un caso similar es el del juez y alcalde de Nueva Écija y Cagayán, José Velázquez. Se trata de un notorio periodista e historiador, perteneciente a la generación de Joaquín Guichot o Amador de los Ríos, que al final de su carrera fue destinado al archipiélago. FAMILIAS. Durante el siglo XIX, las intensas relaciones comerciales del archipiélago con la península llevaron a que diferentes familias mantuvieran miembros en ambos puntos, fortaleciendo un intercambio continuo. Un caso sería el de la familia Montilla, original de Puente Genil, con casos como el de Manuel Montilla Melgar (1816-1864), su sobrino Carlos Montilla Fernández (¿-¿) o la escritora Sofía Montilla (1851-¿1902?). El campo de la literatura también incluye figuras tan destacables como injustamente olvidadas, como la del sevillano Manuel María Rincón, director de El Diario de Manila, promotor de la Academia Filipina de la Lengua Española, así como autor de Feudalismo; el granadino Francisco de Paula Entrala, o Sofía Montilla, redactora de El Demócrata, El Globo, o El Comercio de Manila, llegando a ser propuesta para formar parte de la Asociación de la Prensa Internacional, además de trabajar en Manila como actriz.

Plano de la ciudad y plaza de Manila, capital de la isla de Luzón.

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Tres gobernadores andaluces modernizaron la imagen de la capital filipina durante el siglo XVIII, aspecto en el que las referencias a diferentes modelos de ciudades andaluzas estarían muy presentes.

Los últimos años del siglo XIX están marcados por la Guerra de Filipinas y la participación destacada de diferentes andaluces. Quizás el más conocido sea Vigil de Quiñones, el médico de Baler, quien además de pertenecer a este reducido número de combatientes, cabe señalársele una significativa carrera científica previa. Además de él, la campaña filipina tuvo como protagonistas a diferentes militares onubenses, como el médico Patricio de la Corte Báez o Manuel Domínguez Garrido. Pero la presencia andaluza en Filipinas no acabó con la Independencia, ya que el inicio de una de las sagas más destacadas de la élite económica del país, la de los Zóbel de Ayala, se encuentra en un sevillano. Industrial y filántropo, apostó en sus iniciativas por mantener las relaciones hispano-filipinas, propiciando un activo contexto cultural en el que se formaría el afamado pintor Fernando Zóbel. El impacto andaluz en el archipiélago todavía queda patente en el nombre de regiones y localidades. Quizás el más significativo sea el caso de Nueva Écija, una región en el centro de la isla de Luzón, que se separó de Pampanga en 1777. A estas habría que unir un buen número de localidades que aún mantienen esta designación original, entre las que cabe destacar Carmona (Cavite), Cádiz (Negros Occidental), Betis (Pampanga), Nueva Sevilla (Iloilo), Almería (Bilirán), Jaén (Luzón Central) o Antequera (Bohol). Con este tipo de denominaciones, gobernadores, misioneros y terratenientes intentaron fijar en la cartografía de las islas un recuerdo de sus lugares de origen. La labor de los andaluces en Filipinas, tanto los más notables como otros más humildes, provocó que se enviaran notables piezas artísticas a la península, siendo muchas de ellas conservadas en instituciones religiosas. Así cabe destacar los cálices del siglo XVIII enviados por Francisco López (?) o Ángel Carmona a Utrera o Mairena respectivamente, así como la estera perteneciente al gobernador Aguilar conservada en Écija. Muchas otras piezas, como las bandas de filigrana conservadas en Carmona o Grazalema, deben estar vinculadas a este mismo fenómeno, aunque los nombres de los donantes no hayan sido identificados aún. Este breve planteamiento, que apenas esboza siglos de colaboraciones y desencuentros, muestra la contribución de los nacidos en Andalucía, a la que habría que unir la importancia de sus instituciones formativas como universidades, centros administrativos del imperio, así como conventos que supusieron un paso obligatorio para muchos peninsulares y europeos que ejercieron con posterioridad su labor en Filipinas. La experiencia andaluza, que en la mayoría de los casos excedió el tiempo requerido para cumplir con la administración previa al embarque, unida al obligado paso por el territorio mexicano, los marcarían profundamente.
Legado
  • La rica nómina de andaluces que ejercieron su labor en Filipinas prueba los intensos lazos que unen el archipiélago con esta Comunidad Autónoma. Más allá de una memoria que aún permanece viva oralmente en muchas familias, sus colecciones artísticas y documentales son un ejemplo más del intercambio cultural desarrollado durante siglos. Además de los fondos conservados por museos públicos o religiosos, es destacable cómo aún gran parte de este patrimonio sigue en manos de los descendientes de estos personajes. La celebración de la efeméride de la circunnavegación debe servir también para poner en valor estas piezas, documentar su historia, apostar por su conservación cómo parte clave en la escritura de una historia que va más allá de lo institucional, o lo religioso, para alcanzar un plano mucho más representativo de toda la sociedad.
Más información:
  • Merino, Luis
    Arquitectura y urbanismo en el siglo XIX: Introducción general y monografías.
    Intramuros Administration, Manila, 1987.
  • Mojarro, Jorge
    “Remembering Manuel María Rincón, a casualty of the holocaust of Manila”.
    The Manila Times. 26 de enero de 2021.
  • Morales, Alfredo J.
    Filipinas. Puerta de Oriente. De Legazpi a Malaspina.
    SEACEX, Manila/San Sebastián, 2003.
  • Villoria Prieto, Carlos
    “El almeriense Pedro Murillo Velarde y su visión de los otros: los indígenas filipinos y los chinos” en Bernabéu Albert, Salvador; Mena García, Carmen; Luque Azcona, Emilio José (coord). Filipinas y el Pacífico. Nuevas Miradas,
    Nuevas Reflexiones.
    Editorial Universidad de Sevilla, 2016, pp. 397-420.