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Pascual de Gayangos

El bibliófilo de la legua

El arabista, bibliógrafo y erudito sevillano recorrió toda España para rescatar libros que habían quedado perdidos en los monasterios tras la Desamortización de Mendizábal. El viaje libresco que realizó en 1855 como comisionado de la Real Academia de la Historia es el origen de buena parte de los fondos de la Biblioteca Nacional. Nuestra herramienta Google Time nos lleva a Loja, el 14 de marzo de 1855.

Eva Díaz Pérez
Escritora y periodista

El arabista, bibliógrafo y erudito sevillano recorrió toda España para rescatar libros que habían quedado perdidos en los monasterios tras la Desamortización de Mendizábal. El viaje libresco que realizó en 1855 como comisionado de la Real Academia de la Historia es el origen de buena parte de los fondos de la Biblioteca Nacional. Nuestra herramienta Google Time nos lleva a Loja, el 14 de marzo de 1855.

El caballero llega a la habitación de una de esas posadas de camino con olor a chinches, mal vino y sopas aguadas. Ahora no quiere recordar la mala fortuna del camino en el que estuvieron a punto de perecer al atravesar el río Anzur cuando abandonaban Lucena. La corriente arrastró a las mulas de la diligencia y, en medio del pánico, don Pascual de Gayangos se vio a sí mismo hundido en el fondo de ese río cenagoso que acogía en su seno al ingenuo bibliófilo. Un cadáver acompañado por valiosos libros que habrían hecho de evidente lastre. El cochero, las religiosas y el capellán que iban en el carro le advertían que soltara el maletón de los libros, pero don Pascual nunca hubiera dejado que aquellas joyas librescas se hundieran. Estaba dispuesto a morir con ellas... Ahora, ya seguro en el refugio de la posada, se ríe con ese mal pensamiento, pero es bien cierto que podría haber ocurrido. No puede seguir viajando en esas condiciones. Unas veces va a lomos de burro y otras en carricoches de tiempos de doña Urraca, como le sucedió en el camino de Tudela a Logroño. Pero olvida todo pesar cuando piensa en lo obtenido en ese viaje: códices, novelas de caballería, ediciones prínceps. Libros a punto de desaparecer si él no los hubiera salvado. Y recuerda con orgullo otra de sus grandes aventuras cuando en Burgos encontró todo el Archivo de Oña en el hueco de una chimenea. Pascual de Gayangos sabe que su empresa es compleja y escasamente reconocida, pues en todos los lugares se encuentra con el desdén de los funcionarios y de los monjes ignorantes que desprecian al hombre que viene buscando libros viejos. Él rescata bibliotecas a punto de desaparecer, todos esos maravillosos libros que permanecen en un limbo después de la desamortización de los bienes eclesiásticos que Mendizábal declaró en 1835.

El archivero, arqueólogo, orientalista, arabista, académico, historiador, erudito, bibliógrafo y bibliófilo Pascual de Gayangos.

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Desde que fue nombrado miembro de la Real Academia de la Historia tiene una tarea tan apasionante como incomprendida: buscar y recopilar documentos históricos y libros procedentes de monasterios y conventos suprimidos. Cuántas aventuras recopila ya de estas andanzas de caballero andante de las letras. Porque en realidad lucha contra los molinos de viento de la desidia y la estulticia. El gran pecado de este desdichado país: la ignorancia. Y recuerda las discusiones mantenidas con curas y funcionarios para rescatar las joyas librescas que para él son como doncellas salvadas de gigantes. Sabe que ni siquiera la carpetilla con la autorización oficial de la Academia de la Historia le otorga el derecho a examinar esos documentos y volúmenes. Sí, cuántas desdichas, pero cuántos milagros en estos caminos de la caballería andante de la orden de los buenos libros. Y sonríe evocando el hallazgo de los códices de San Millán de la Cogolla o los cuatro mil libros que encontró amontonados en el suelo en el monasterio de Cardeña. Cierra los ojos y rememora el inventario del tesoro: once códices en vitela, uno con las Etimologías de San Isidoro de principios del siglo X que debió de copiar un monje de Cardeña hace siglos.
Nuestra herramienta virtual del tiempo nos permite remontarnos décadas atrás de este turbulento viaje. A una tarde perdida en la infancia de Gayangos. Estamos en la biblioteca familiar de la casa de Sevilla donde nació este caballero andante, loco libresco, rescatador de doncellas incunables. El niño tiene prohibido el acceso a la biblioteca porque allí se atesoran libros muy valiosos. Aprovecha que es la hora de la siesta y la casa permanece en penumbra y en silencio. Todos duermen o están distraídos con el canto de los pájaros en el patio con las velas echadas. Pascual se adentra en la biblioteca porque quiere tocar los volúmenes que están en los anaqueles más altos. El niño tiene la sensación de estar viviendo una peligrosa aventura. Si lo descubrieran, lo castigarían durante semanas. Y así, se sube en una silla y alcanza un precioso volumen encuadernado en cuero que huele a bosque antiguo. En él se relata la historia de un caballero andante que se lanza a los caminos para desfacer entuertos y rescatar a damas hermosas de las garras de gigantes y encantadores. Aunque sorprende al niño que el caballero tiene una triste figura, es viejo y no parece uno de esos héroes que él reconoce como verdaderos protagonistas de las hazañas más valientes. De hecho, le parece un viejo loco trastornado por leer tantos libros. Y por un momento piensa si sus padres no le han prohibido entrar en la biblioteca porque los libros son peligrosos y pueden envenenar mentes tiernas como la suya. Pero el niño ya está infectado por la dulce flecha de la bibliofilia. Google Time nos recupera en el repositorio documental una descripción que muchos años más tarde escribirá un erudito sobre nuestro personaje: “En 1832 era ya mozo a quien la vista de un librejo gótico, rancio, semirroto y envuelto en sus primitivas túnicas de ovejuno pergamino ofrecía mayor atractivo que la de una hermosa y bien ataviada doncella”. Regresamos a la miserable habitación en la que Pascual de Gayangos intenta secar sus ropas. Ha llegado a Loja después del tránsito por caminos infernales y ahora se dispone a escribir a un amigo sobre su tragicómico viaje: “Después de mil penalidades, fatigas y trabajos heme aquí. Mi guía me depositó sano y salvo en Loja, después de haberme metido diez horas seguidas a caballo, sin descansar en Archidona para tomar un bocado. Yo no entiendo las leguas de este país, pero no concibo cómo para andar seis en buenos caballos se necesiten diez horas”.

Gayangos en una imagen de La Ilustración Española y Americana del 8 de octubre de 1897.

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Por encargo de la Real Academia de la Historia rescata bibliotecas a punto de desaparecer, todos esos maravillosos libros que permanecen en un limbo después de la Desamortización de Mendizábal de 1835

Gayangos deja de escribir y piensa en lo que le deparará el día siguiente. Ha tenido la mala suerte de que la diligencia que se dirige a Málaga ya había salido. Y mañana no hay más medio de transporte que “el carrito de violín del Correo”. Otra vez a viajar en incómodas posturas, sintiendo los malos caminos en sus huesos. Pero luego piensa que quizás en esa jornada le aguarda otra de las doncellas incunables que esperan olvidadas en los desvanes, en el fondo de los archivos carcomidos, en las bibliotecas desvencijadas a punto de ser pasto de fuegos del hogar. Hace frío y le hubiera venido bien que la habitación tuviera precisamente una chimenea, pero sería mucho pedir en este lugar perdido del mundo. A fin de cuentas, es como un vagabundo, un errante, un bibliófilo de la legua como esos cómicos que recorrían los caminos de herradura del reino desde tiempo inmemorial. Pascual de Gayangos ha recorrido ya las tierras de Burgos, Navarra, La Rioja, Murcia, Castilla-La Mancha y ahora viaja por Andalucía. Pero sin duda este itinerario entre Córdoba y Granada está siendo el más accidentado, a pesar de que ya guarda un memorial de desgracias de estas travesías por España. El bibliófilo lleva varios años haciendo estos viajes en los que aprovecha las vacaciones que le permite su cátedra de árabe en la Universidad Central de Madrid. En realidad, estos recorridos son mucho más apacibles que los que hizo hace años, en sus viajes por Marruecos. Ésa sí que fue una aventura llena de caminos miserables.
La leyenda del bibliopirata
  • Pascual de Gayangos fue un reconocido sabio, pero durante largo tiempo cierta leyenda negra tiñó su biografía. Algunos lo acusaban de bibliófilo 'carroñero' que sobrevolaba las bibliotecas de difuntos recientes. Es lo que se desvela en el epistolario que mantuvo con Adolfo de Castro: “Aquel amigo de usted se murió y yo ando, como usted puede imaginarlo entre sus herederos y testamentarios, viendo el modo de que me dejen escoger de sus libros los mejores y más baratos”. Grandes bibliófilos como Homero Serís o Rodríguez Moñino lo definieron como un bibliopirata que no dudaba en saquear las joyas librescas. Sin embargo, en los estudios más recientes parece que esas versiones van desapareciendo.
    Pascual de Gayangos fue uno de los protagonistas de la llamada bibliofilia romántica que obsesionó a La Barrera, Marqués de la Romana, Estébanez Calderón, Usoz, Agustín Durán, López de Ayala o Campo Alange. Juntos componían una red de relaciones que rastreaba librerías, mercados y bibliotecas de lance.
Google Time nos traslada al verano de 1848 cuando Pascual de Gayangos busca por Marruecos manuscritos y libros árabes. Ya es un reputado arabista que ha rastreado en la biblioteca del Museo Británico y que visitó allá por 1835 las escuelas orientales de Londres y París para crear la cátedra de árabe que iba a crearse en la Universidad Central de Madrid. Ahí está su libro en dos volúmenes: The history of the Mohammedan Dynasties in Spain. Y fue él quien identificó el secreto de la misteriosa literatura aljamiada, esos libros escritos por los moriscos en castellano, aunque con caracteres árabes. Mientras Europa vivía estremecida las revoluciones burguesas de 1848, el bibliófilo sevillano recorrió pueblos y aldeas marroquíes siguiendo el rastro libresco en casas, mercados y lugares escondidos. Allí encontró joyas inclasificables y será una de las razones por las que se le considera como un patriarca de los arabistas. Veamos lo que escribió el bibliotecario don Luis Ramírez de las Casas-Deza cuando lo vio aparecer transformado por su aventura quijotesca en Berbería: “Era un señor de regular estatura y medianas carnes, el rostro redondo y blanco, bastante calvo y con bigote, vestía un jaique africano de una tela de lana gruesa y de color claro y con capucha, que tenía echada, y parecía un moro pintiparado. Nos saludamos muy afectuosamente y me comunicó que venía de hacer un viaje por Berbería donde había adquirido varios escritos y objetos curiosos”. MS. 17.451-18.582. Google Time nos permite dar un salto en el tiempo hasta ahora mismo. La herramienta virtual del pasado regresa al presente haciendo un recorrido en 360 grados por la Biblioteca Nacional. Nos dirige con intención al pasillo donde se guardan las signaturas Ms. 17.45118.582 de la sección de Manuscritos. Allí están algunos de los libros que pertenecieron a Pascual de Gayangos tras la compra del legado que la institución hizo tras su muerte. Los investigadores habituales de la Biblioteca Nacional reconocen un exlibris cuadrangular y oblongo en tinta roja que suele aparecer con frecuencia en los volúmenes. Hay un nombre en el marco: Don Pascual de Gayangos. Ese sello de propiedad se halla en la hoja de respeto de variados ejemplares, desde libros de temas árabes hasta novelas de caballería. Todos los que resumen la biografía de nuestro singular personaje que puede definirse así: archivero, arqueólogo, orientalista, arabista, académico, historiador, erudito, bibliógrafo y bibliófilo. En una vertiginosa secuencia biográfica asistimos a la crónica de su vida desde aquel niño sevillano curioseando en la biblioteca familiar hasta su trágica muerte en Londres en 1897. De Sevilla viajará a Madrid para continuar sus estudios. Luego marchará a Blois y finalmente a París donde comienza sus estudios de árabe en L’ecole spéciale des langues orientales vivantes. A esas alturas, Pascual de Gayangos es un bibliófilo en construcción. Nuestra herramienta digital puede llevarnos a cualquier momento de esa vida libresca. Sin embargo, no permite que percibamos algunos detalles sensoriales.

Catálogo de los manuscritos españoles del British Museum realizado por Gayangos.

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Mientras Europa vivía estremecida las revoluciones burguesas de 1848, el bibliófilo recorrió pueblos y aldeas marroquíes siguiendo el rastro libresco en casas, mercados y otros lugares escondidos.

Por ejemplo, el olor a papel, a tinta y cuero viejo de nuestro personaje. Quizás en alguna de las fotografías de su álbum histórico podamos percibir la caspilla de libros que tiene posada en su ropa. Es un detalle que marca a todos los buscadores de bibliotecas. También el aroma a moho dulce —el olor de los volúmenes antiguos— que se queda impregnado en la piel. LONDRES. Además de sus viajes por las bibliotecas de España y Marruecos hay otro episodio que lo destaca como reconocido anglófilo. Son sus primeros años en Londres, cuando se dedica a catalogar los manuscritos españoles en el British Museum. Allí se casará en 1827 con Fan-ny Rebell —hija del conocido político liberal británico John Rebell— a quien había conocido en sus años parisinos.
Los años de Londres están marcados también por su vinculación con el círculo liberal de Lord Holland, el prócer y político inglés que tanto influyó en los liberales durante su estancia en España. Blanco White se convertiría precisamente en tutor de sus hijos cuando partió al exilio en Inglaterra. En ese ambiente liberal y erudito, Pascual de Gayangos vivió algunos de los momentos más felices de su vida, sobre todo cuando mantenía largas conversaciones con Lord Holland acerca de Lope de Vega y Guillén de Castro de los que el político inglés era un gran estudioso. Esas tardes en Holland House hablando de comedias del Siglo de Oro junto a la chimenea mientras afuera caía la lluvia están entre las mejores y más placenteras páginas del libro de su vida.

Sala de lectura del Museo Británico, en la que trabajó Gayangos, en un grabado de 1874.

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Pero regresemos a la pensión de Loja en la que Pascual de Gayangos intenta conciliar el sueño tras su accidentado viaje andaluz. Google Time cuenta con la asombrosa herramienta que nos permite adentrarnos en el primer círculo del sueño que nuestro personaje tuvo la noche del 14 de marzo de 1855. Entre una niebla difusa vemos a Gayangos cabalgando en un mal jaco por el corazón de España. Se trata de su viaje por la provincia de Burgos. Lo vemos recorriendo Aranda de Duero, Lerma, La Vid, Peñaranda, Peñalba de Castro, Huerta del Rey, Arauzo de Miel, Silos, San Pedro de Arlanza y Covarrubias. Tiene una figura similar a la de un don Quijote, como un caballero de los libros viejos. Por un momento, el Pascual de Gayangos que sueña comienza a sudar intranquilo. Parece haber entrado en un recuerdo incómodo. Se ha perdido en medio de la noche buscando el monasterio de San Pedro de Arlanza. Hace frío y una tormenta está a punto de caer dentro de la nada por la que camina. Pascual de Gayangos deja atrás esa aventura a la intemperie por los desolados caminos de Burgos. Ahora vaga por enormes pasillos que lo conducen a espacios bien conocidos. Son las bibliotecas en las que fue feliz. Se ve en la Biblioteca Colombina de su amada Sevilla, deslumbrado ante los detalles que el bibliófilo Hernando Colón imprimió en sus libros. Y así, continúa por los senderos del sueño para detenerse en el Archivo de Simancas y caminar por un pasillo que inexplicablemente termina en la sala de lectura de la Biblioteca Nacional de Francia. De pronto, Gayangos reconoce uno de sus lugares preferidos de la Biblioteca Imperial de Viena y una puerta le conduce a la Biblioteca de Évora. Finalmente, descubre que ha terminado en su particular paraíso: la Biblioteca del British Museum. Y se da cuenta de que ése podría ser un buen lugar donde morir.

Las tardes en Holland House hablando de comedias del Siglo de Oro junto a la chimenea mientras fuera caía la lluvia están entre las mejores y más placenteras páginas del libro de su vida

Este sueño de bibliotecas no termina aquí. Gayangos se encuentra de nuevo recorriendo leguas por los caminos. Esta vez va dentro de una diligencia arrastrada por varios caballos. El carro va a demasiada velocidad y piensa en advertir al cochero. Al asomar la cabeza por la ventanilla descubre las calles de Londres. Es entonces cuando ve que un caballero que parece ensimismado está a punto de cruzar la calle. El atropello es inevitable. El tiempo se hace entonces muy viscoso y lentísimo. En una milésima de segundo el Pascual de Gayangos que sueña se reconoce en ese hombre a punto de morir. Intuye que está delante de un espejo. ¿Cómo puede estar ocurriendo esto? Intenta despertar, pero está atrapado en las redes de ese sueño del 14 de marzo de 1855. No sabe el bibliófilo que acaba de ver el colofón de su vida, la escena de su propia muerte un 4 de octubre de 1897 atropellado por una diligencia mientras atravesaba distraído una calle de Londres.
Más información:
  • Álvarez Ramos, Miguel Ángel y Álvarez Millán, Cristina
    Los viajes literarios de Pascual de Gayangos (1850-1857) y el origen de la archivística española moderna.
    Consejo Superior de Investigaciones
    Científicas, Madrid, 2007.
  • Santiño Ramírez de Alda, Santiago
    Pascual de Gayangos. Erudición y cosmopolitismo en la España del XIX.
    Urgoiti Editores, Pamplona, 2008.
  • Carrión Gutiez, Manuel
    D. Pascual de Gayangos y los libros. Universidad Complutense, Madrid, 1985.
  • Anes, Gonzalo y Castrillón, Gonzalo (coords.)
    Pascual de Gayangos. En el bicentenario de su nacimiento.
    Real Academia de la Historia. Madrid, 2010.