Columnas
Andalucía en sus documentos

Mediodía, el altavoz del 27

Los nuevos aires de la poesía, el arte y la música

La revista sevillana inauguró en junio de 1926 un ciclo de publicaciones literarias vinculadas a círculos locales de autores de la nueva generación, dando cabida al neopopularismo y las vanguardias. En pocos años desplegó una intensa vida cultural que se diluyó por el fallecimiento temprano de varios de sus componentes y el estallido de la Guerra Civil.

José María Rondón
Periodista

La revista sevillana inauguró en junio de 1926 un ciclo de publicaciones literarias vinculadas a círculos locales de autores de la nueva generación, dando cabida al neopopularismo y las vanguardias. En pocos años desplegó una intensa vida cultural que se diluyó por el fallecimiento temprano de varios de sus componentes y el estallido de la Guerra Civil.

Al mismo tiempo que en las esquinas de Europa crecía la fogata de la vanguardia, en España prendía de otra forma esa misma primavera mental. Madrid, Santander, Murcia, Segovia, Valladolid, La Coruña, Santa Cruz de Tenerife... Y Andalucía. Más exactamente, en nuestro caso, Sevilla. Y, con más precisión aún, en el nudo de calles de su centro urbano, desde la garganta de sus cafés y tabernas. Allí se dio una fiebre agitada por las letras. Un movimiento sin excesivo ánimo de grupo, pero con individualidades que tomaron conciencia creativa de algo nuevo. Hallaron en lo puro, en lo onírico y en lo popular la leña para encender una hoguera distinta, la de los nuevos aires de la poesía, del arte y de la música, la de la estética confeccionada por los jóvenes de la Generación del 27. Ese momento de la historia cultural tiene una de sus más altas insignias en la revista Mediodía, que cumple ahora 95 años de su nacimiento.

Joaquín Romero Murube y Alejandro Collantes de Terán, redactor jefe y administradores de Mediodía, respectivamente, en el patio del Hospital de los Venerables de Sevilla.

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Caía un calor en punta —dicen— cuando apareció su primer número en junio de 1926. “La presentación de la revista es admirable. Mejías y Susillo, impresores enamorados de su noble oficio, percatados de la importancia de la empresa que acometían los propietarios de Mediodía, han puesto toda su voluntad, competencia y celo en la confección de esta revista de Sevilla”. Así saludaba su aparición El Noticiero Sevillano (10 de julio de 1926), periódico donde algunos de ellos acabarían ejerciendo labores informativas. Quedaba así inaugurada “la edad de oro” de las revistas literarias. Tras la irrupción de estos pliegos, surgió Litoral en Málaga, en noviembre de 1926; la murciana Verso y Prosa, enero de 1927; Papel de Aleluyas, desde Huelva, en julio de ese mismo año; Carmen, animada por Gerardo Diego desde Santander en diciembre del 27; la vallisoletana Meseta, en enero del año 28; la granadina gallo, al mes siguiente...
Mediodía fue, como todas, fruto del rico ambiente cultural de la época. Sevilla irradiaba un clima creativo de alta intensidad, como recordaría Joaquín Romero Murube al evocar la labor en las aulas universitarias de Ramón Carande, Francisco Murillo Herrera, Jorge Guillén y Pedro Salinas, de quien afirmó que, “más que obeso y aún casi adolescente, entre rubores y primores, reducía a tres clases magistrales y deliciosas, todo el farragoso programa acostumbrado de la Historia de la Literatura Española”. Y añadió: “Por aquellas fechas disertaban en la cátedra del Ateneo don José Ortega y Gasset y don Eugenio d’Ors. Falla dirigía los ensayos del Amor brujo, Bacarisas pintaba para la Ópera de Estocolmo y, cuando pasaba Juan Ramón Jiménez por Sevilla, vestido de negro, lento y destocado por las aceras del sol de agosto, los que le reconocíamos, le seguíamos llenos de admiración y temor, sin atrevernos a abordarlo”. De aparición intermitente a causa de la ruina económica y las peripecias vitales de sus promotores, Mediodía fue, con todo, una de las publicaciones de más amplia aventura, con tres etapas y 18 números. La primera de ellas abarcó 14 entregas, desde junio de 1926 a febrero de 1929, y está considerada, en líneas generales, la de mayor vitalidad y fecundidad. En marzo de 1933 se editaron otros dos números (15 y 16, muy diferentes en lo formal a las anteriores) y, ya en 1939, a finales de la Guerra Civil, apareció con el título Mediodía. Cuadernos de Poesía española (números 17 y 18). La revista sumó, entonces, el suplemento Arenal de Sevilla, con entregas dedicadas a Jorge Guillén y Adriano del Valle, más una tercera a Rafael Porlán que no llegó a ver la luz. En sus páginas tuvieron cabida Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y los poetas canónicos del 27 (Salinas, Guillén, Cernuda, Alberti, Lorca, Aleixandre y tantos otros), además de periodistas y prosistas avanzados como Manuel Chaves Nogales y Benjamín Jarnés. El número inaugural de la hoja literaria de Sevilla abría sus páginas con un dibujo de Juan Miguel Sánchez y un editorial —“Nuestras normas”, redactado por Romero Murube— que aspiraba a poner en claro qué principios estéticos guiaban a sus promotores. Así, reconocía su deuda con los boletines ultraístas (con Grecia, especialmente, publicada entre 1918 y 1920 también en la capital andaluza) al tiempo que establecía distancias con aquel movimiento: “No es [Mediodía] una revista que irrumpe con propósitos de bélica literatura: es sazón, como hemos dicho, de reposo y calma”. “Para ello —añadía— una sola norma: depuración (...). Depuración en todos los órdenes dentro de una fina cordialidad para los diferentes gustos y tendencias. Las épocas de avanzadillas literarias, de ismos y escuelas han pasado al fichero del cronista. Hoy sólo hay arte. Arte desnudo, verdad; creación, pura, perfecta, conseguida”.
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Portadas de la primera época de la revista Mediodía.

Con todo, la publicación sevillana brotó, en buena medida, sobre el fermento de la experiencia ultraísta, cuando la creación de una revista se había convertido en la actividad preferente de los grupos juveniles que exigían un lugar propio en la escena cultural. El fracaso de aquella primera vanguardia hizo posible, por así decirlo, el éxito de la nueva hornada de escritores. La voluntad de ruptura con la que se presentó ese pionero movimiento no dio resultados inmediatos, pero sí extendió los límites y acrecentó las posibilidades expresivas para las generaciones siguientes. Los ultraístas no pudieron demoler la tradición, pero sí pudieron vencer la resistencia a cualquier innovación. Por ese resquicio, los promotores de Mediodía pretendieron introducir la corriente de aire puro necesaria para agitar la atmósfera creativa, de ahí que ese primer anhelo por la poesía pura dejara paso, poco a poco, a la creación sin trabas ni etiquetas. EQUIPO DE ORO. Ese “equipo de oro sevillano”, como denominó Ernesto Giménez Caballero —fundador y director de La Gaceta Literaria e impulsor de las vanguardias en España— a los integrantes de la redacción de Mediodía, eran Eduardo Llosent y Marañón, que ejercía las labores de director; Rafael Porlán, como secretario de la publicación; Alejandro Collantes de Terán, quien se ocupaba de las tareas de administración, y Joaquín Romero Murube, como redactor jefe. En el grupo fundador, además de los citados, estaban Rafael Laffón, Juan Sierra, Antonio Núñez de Herrera, Fernando Labrador y Pablo Sebastián. Eran los alumnos aventajados de Juan Ramón Jiménez. Los hijos predilectos de José María Izquierdo. Los fundadores de una nueva astronomía. Los escritores que dieron la vuelta a casi todo al calor alegre de los felices veinte. Hasta que se les truncó el tiempo, y el futuro, y la risa, y casi las palabras... Se sabe que, entre algunos de ellos, hubo vínculos de amistad desde temprana edad. Collantes de Terán y Sierra coincidieron de niños en la escuela mixta de doña Manuela, en la calle Otumba, y en el colegio de los jesuitas de la plaza de Villasís desde 1908. En este último centro, ambos entablaron amistad, aunque estaban en cursos inferiores, con Romero Murube y Sebastián, entre otros. A ese núcleo se sumarían otros nombres como Francisco José Rajel, José María del Rey, Mauricio Bacarisse, Fernando Villalón, Manuel Halcón y Rafael Lasso de la Vega, junto a los poetas Adriano del Valle y Rogelio Buendía, de linaje ultraísta. También, con el transcurrir de los años, se incorporarían nuevos valores como Manuel Díez Crespo, Antonio Collantes de Terán, Carlos García Fernández, Antonio González Meneses y Manuel Gordillo, entre otros. Todos los testimonios sitúan a Collantes como el impulsor de la revista. Es reveladora, al respecto, la versión que su director, Eduardo Llosent, ofreció en La Estafeta Literaria en 1944: “Brotó [Mediodía] de una conversación mía con Alejandro Collantes en la calle de la Feria. Después cristalizó la idea en sucesivas reuniones en la calle de Escudero [sic], 2, en pleno corazón de La Macarena, donde residía entonces aquel gran espíritu, enriquecido con tanta bondad y tan raro ingenio”. Sierra apuntó en 1968 en la misma dirección: “Alejandro Collantes, que valiendo incomparablemente más que yo en todos los aspectos, me consultaba, sin embargo, debido a nuestra íntima amistad, en todos sus asuntos, me escribió a Granada, donde entonces yo residía, comunicándome su pensamiento de fundar una revista literaria. Le contesté admirando su idea y animándole a realizarla. Si mal no recuerdo, era esto en la primavera del año 1926”.

De aparición intermitente a causa de la ruina económica y las peripecias de sus promotores, 'Mediodía' fue, con todo, una de las publicaciones de más amplia aventura, con tres etapas y 18 números.

Cena en honor de Gerardo Diego organizada por la revista Mediodía, donde aparece al completo —salvo Fernando Giménez Placer- la reunión literaria sevillana.

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Abundan las anécdotas en torno a la fundación de la publicación hispalense, asediada siempre por la ruina económica. Una de ellas, revelada por Eduardo Llosent y confirmada después por Manuel Halcón, cuenta cómo se entregó en una casa de empeños un alfiler de corbata —“una buena pieza de oro y brillantes”— propiedad del segundo para costear las trescientas pesetas de la impresión de la primera entrega de la revista. A efectos financieros, y también editoriales, fue muy útil para el grupo la invención del señor Arceniaga, “un peregrino señor creado por la imaginación de Alejandro Collantes, dueño absoluto de Mediodía, amantísimo de la literatura nueva” que, según Romero Murube, “en última instancia, ordenaba y decidía sobre los originales que había de publicarse”. “No hay que decir que Arceniaga era, además, quien sufragaba todos los gastos de la revista”, anotó el autor en Sevilla en los labios. A partir de ahí, por las páginas de Mediodía pasaron los escritores de la joven literatura de Sevilla, un número representativo de los poetas del 27 y firmas extranjeras como la del mexicano Jaime Torres Bodet, el estadounidense Carl Sandburg y los franceses Blaise Cendrars y Paul Claudel (de este último, su poema A los Mártires Españoles como hoja facsimilar del número 17, en febrero o marzo de 1939), además del manifiesto titulado Hombrismo-Vertigral de Eugéne Jolas. En el apartado gráfico colaboraron en ella, además de los ya citados Juan Miguel Sánchez y Pablo Sebastián, Ramón Gaya, Salvador Dalí, Maruja Mallo y Esteban Vicente, entre otros. No es extraño, pues, que Juan Sierra —el último superviviente de los mediodías— reivindicase para la revista “un alcance mucho más amplio y profundo en relación con la literatura de aquella época en España”, dado que, a su juicio, “influyó de manera decisiva, no sólo como movimiento purificador de lo sevillano, sino como antena receptora del eco universal de Sevilla”.

En el grupo fundador estaban Eduardo Llosent, Rafael Porlán, Alejandro Collantes de Terán, Romero Murube, Rafael Laffón, Juan Sierra, Núñez de Herrera, Fernando Labrador y Pablo Sebastián.

Las prácticas culturales del grupo literario no se limitaron a la revista. En paralelo a la salida de las nuevas entregas, los escritores organizaron jornadas cultu-rales “especialmente interesantes son las sesiones del curso “Crítica y vigilancia de sucesos artísticos” celebrado en el Ateneo en 1931” y lanzaron una colección de libros como extensión de sus principios estéticos. Allí dieron a conocer sus trabajos Alejandro Collantes de Terán (Versos, 1926), Rafael Porlán (Pirrón en Tarfía, 1926, y Romances y Canciones, 1936), Rafael Laffón (Signo +,1927), José María del Rey (Nesga, luz..., 1928), Joaquín Romero Murube (Sombra apasionada, 1929; Dios en la ciudad, 1934, y Sevilla en los labios, 1938), Antonio Núñez de Herrera (Sevilla. Teoría y realidad de la Semana Santa, 1934) y Juan Sierra (María Santísima, 1934). Entre los proyectos quedó un libro colectivo en homenaje a Bécquer para el que se contaba, según ha desvelado Juan Manuel Bonet, “con la colaboración de lo más significativo de la joven literatura española”. Promovieron, además, el nuevo invento del cinematógrafo con la fundación a finales de 1929 de un cineclub, cuya actividad estuvo ligada al madrileño de La Gaceta Literaria, tal como revela la proyección en Sevilla de la película de Luis Buñuel Un perro andaluz (Un chien andalou) meses después de su estreno en París. También se internaron por la vanguardia musical a través de un concierto en apoyo de la Orquesta Bética de Cámara, entonces en riesgo de quiebra, para el que se confeccionó un programa con la ópera-bufa La pájara pinta de Federico Elizalde y Rafael Alberti, la versión de suite de Histoire du soldat de Igor Stravinsky, el Concerto para clavicémbalo de Manuel de Falla, el ballet La creación del mundo de Darius Milhaud y l a Sinfonietta (in re maggiore) de Ernesto Halffter, además de una fanfarria inicial de Elizalde, compuesta expresamente para una cita que cosechó la incomprensión tanto del público como de la crítica sevillana.

Instantáneas de una de las cenas superrealistas de Mediodía, posiblemente dedicada a Joaquín Romero Murube -sentado, en el centro por la publicación de su libro Sombra apasionada.

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CENAS SUPRERREALISTAS. Asimismo, cada primer sábado de mes, los mediodías se reunían en las cenas superrealistas, una suerte de velada literaria de tono lúdico que se celebraba en los reservados del Café Nacional de la calle Sierpes o del Pasaje Oriente, en la calle Albareda. Al evocar estas citas, Romero Murube anotó que “unas eran dedicadas a personalidades literarias dilectas del grupo Mediodía y otras a los mitos alegres que poblaban el aire enrarecido de nuestra revista”. Gerardo Diego, Jorge Guillén, Fernando Labrador, el hispanista francés Adolphe de Falgairolle, Pablo Sebastián y la actriz gala Pola Illéry, protagonista del filme de René Clair Sous les toits de Paris (1930), fueron algunos de los homenajeados en estos encuentros, sellados con una instantánea burlona de los asistentes, disfrazados y con poses imposibles que circularon de forma reservada, a modo de testimonio alegre y fraternal entre sus participantes. Como excepción a esa voluntad de privacidad, una de estas fotografías cómicas apareció el 7 de enero de 1930 en la portada de El Noticiero Sevillano. La iniciativa destaca por su carácter provocativo; también por la reivindicación de los logros del grupo. Así lo subraya el texto anónimo y sin título que acompañó a la imagen: “Son los retratados jóvenes de la nueva intelectualidad sevillana (...). Acaso despierte aquí, en la Sevilla que no los entiende, un gesto de estupor esta foto, porque no lleva el retocado de vanidad que todas, y sí la alegría sana de los que, unidos en amistad y concordancia de aficiones estéticas, lanzan larga su onda literaria. La onda llega hasta los medios intelectuales más altos de España y del extranjero; artículos y revistas glosan y comentan la actuación de este alegre grupo que hace arte sin grandes bigotes ni gestos desmesurados”. La publicación de esta instantánea revela, en buena medida, el abundante caudal de creación e influencia que muchos de ellos tuvieron en la prensa de la época. Además de El Noticiero, las páginas de El Liberal y El Correo de Andalucía, en Sevilla, y La Gaceta Literaria, de Madrid, dieron cabida de forma usual, en la segunda mitad de la década de 1920 y los primeros años treinta, a las colaboraciones de autores como Núñez de Herrera, Collantes de Terán, Romero Murube, Del Rey, Laffón y Porlán, por citar solo a las firmas más activas. Así, los autores de la joven literatura sevillana acumularon una destacada producción en los periódicos, atraídos por las oportunidades para mejorar sus ingresos, ampliar el alcance de su labor cultural e intelectual y, por supuesto, darse a conocer ante un creciente número de lectores.

Fotografía cómica de una de las cenas de Mediodía, en la portada de El Noticiero Sevillano (7 de enero de 1930).

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En sus páginas tuvieron cabida los poetas Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Salinas, Guillén, Cernuda, Alberti, Lorca y Aleixandre, además de Chaves Nogales y Benjamín Jarnés.

La ‘coronación’ del grupo sevillano
  • Los “jóvenes literatos de vanguardia” de Madrid —Rafael Alberti, Federico García Lorca, Juan Chabás, Mauricio Bacarisse, Jorge Guillén, José Bergamín, Dámaso Alonso y Gerardo Diego— pasearon versos y resacas por Sevilla los días 16 y 17 de diciembre de 1927 con el pretexto de celebrar a Góngora. Las jornadas, concebidas una reivindicación pública de una comunidad estética de nuevo cuño, quedaron lacradas en tres instantáneas casi idénticas: la de los fotógrafos Serrano y Dubois, y otra más anónima, de la que Pepín Bello se atribuyó, acaso con razón, la autoría.
    Del relato de aquellos célebres días queda clara la decisiva aportación de los miembros de Mediodía, quienes “daban una nota de vanguardismo y cosmopolitismo cultural muy afines a los de aquellos protagonistas de las ‘veladas’ del Ateneo”, en opinión del profesor Rogelio Reyes Cano. Así, participaron en la organización de las jornadas y en la atención a los invitados, con quienes compartieron versos en la última de las sesiones programadas: “De los poetas sevillanos fueron muy celebrados los trabajos de los señores Villalón, Cernuda, Laffón, Collantes de Terán y Romero Murube”.
    Además, muchos de los autores locales aparecen entre los asistentes: “Entre la selecta concurrencia de intelectuales, artistas y literatos que llenaba el salón, recordamos a doña Amantina Cobo, don José Villalobos, don Luis Cernuda, don Alejandro Collantes de Terán, don Gustavo Bacarisas, don Joaquín Romero y Murube, don Fernando Labrador, don Eduardo Llosent, Muñoz San Román, Molleja, Laffón, Sánchez Mejías, don Juan Miguel Sánchez, don Juan Lafita, don Fernando Villalón, don José Bello, Majó, Núñez C. de Herrera, don Mauricio Bacarise [sic], Tamayo, De la Peña y otros”.
    Pero, sin duda, será Eduardo Llosent, quien hizo explícita esta conexión en un artículo publicado en El Noticiero Sevillano el 22 de diciembre: “Pero a Mediodía le toca reclamar una parte de satisfacción; quiere justificar un gesto tímido de orgullo. Sus páginas fueron las primeras en trasmitir a Sevilla las voces de este grupo intelectual, que hoy comparte su gloria. El espíritu, en material purísimo, de Pedro Salinas, de Jorge Guillén, de Rafael Alberti, de Gerardo Diego, de Federico García Lorca, de Bergamín, de Chabás, de Dámaso Alonso, el espíritu colectivo y el concepto individual ya habían traspasado la claridad de Mediodía antes de llegar al inteligente auditorio de las pasadas conferencias. Está, pues, justificada nuestra satisfacción y desenvuelta —a medias— la timidez de nuestro orgullo”.
Entre estas y otras piruetas literarias, muchos de los escritores de Mediodía se asentaron como funcionarios públicos, generalmente en puestos administrativos, circunstancia que Rafael Laffón, con plaza en el Instituto de la Seguridad Social, avistó como un peligro en La Gaceta Literaria (1 de junio de 1929): “La juventud de Mediodía —una juventud de formación universitaria, en gran parte al menos— decidió, por comodidad espiritual, ir tomando asiento a la mesa de la burocracia, alentada por la esperanza, abierta como un gran estadio, de no verse nunca en esa postura disecada del señor ‘que no tiene tiempo’. Y los burócratas de Mediodía se equivocaron lamentablemente; pues, lejos del señor que no tiene para nada tiempo, han pasado a ser los señores que han de tenerlo para todas las cosas, menos para aquellas que para el buen gusto importan más decididamente”. Esa desactivación del grupo alertada por Laffón se acentuó, sin duda, por el fallecimiento de varios de sus componentes a edad temprana: Francisco José Rajel, en 1928; Fernando Villalón, en 1930; Mauricio Bacarisse, en 1931; Alejandro Collantes de Terán, en 1933, y Antonio Núñez de Herrera, en 1935. La Guerra Civil agudizó la posición política de sus miembros, quienes (militantes unos, simpatizantes otros) no tardaron en instalarse de forma masiva a favor de los sublevados. Justo en ese carril aún indefinido que acabaría cuajando con los años en ese franquismo de obispo, picatoste, imperio y Escorial, ellos terminaron por definir un estilo, ejercieron cierta camaradería intelectual y apostaron por una definida imagen pública, convencidos de ser una almena literaria de la nueva España desde los postulados del tradicionalismo religioso, la recreación idealista de la ciudad y el conservadurismo político, preceptos que serían más que palpables en sus obras literarias y en sus piezas periodísticas. Sobre este ánimo colectivo, Romero Murube fue acaso el más rotundo. “Conozco bien a mis compañeros de guardia. Tenemos todos casi la misma edad; de 30 a 35 años (...). Hasta ayer éramos todos antimilitaristas: no por nada, sino porque así lo determinó el hecho ocasional de nuestro nacimiento, de nuestra edad (...). Nuevas generaciones han florecido (...). Ya menos escépticas, menos irónicas, más románticas. Estos jóvenes de hoy nos abren panoramas que no conocieron nuestros 20 años perdidos en la literatura y en la decadencia de Europa (...). Tenemos voluntad de Imperio... nos dicen. Creemos en la suprema realidad de España. España volverá a buscar su gloria... Al conjuro de estas palabras nos sentimos otra vez jóvenes, fuertes e invencibles. Tersos los nervios, duros los músculos, apretado el fusil entre nuestros brazos. Estamos de guardia [ante el] desgarrón vital de unos gritos de hombres: ¡¡Arriba España!!”.

Postal dirigida a Juan Ramón Jiménez firmada el 17 de diciembre de 1927 por algunos participantes a la conclusión de las jornadas dedicadas a Góngora.

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Contribuyeron a la apertura de compuertas de las letras hacia algo aún sin explorar, en mil direcciones distintas. Porque la literatura es un instrumento de indagación. Y de aventura.

El último encuentro de los escritores de 'Mediodía' se produjo en la noche del 11 de junio de 1939, cuando se reunieron en una típica y antigua venta de los alrededores de la ciudad.

El último encuentro de los escritores de Mediodía se produjo en la noche del 11 de junio de 1939 cuando se reunieron —“en una típica y antigua venta de los alrededores de la ciudad”, informaba el periódico FE, órgano de prensa de Falange— para despedir a su director, Eduardo Llosent y Marañón, quien puso rumbo a Madrid, a la dirección del Museo Nacional de Arte Moderno, enarbolando un crudo destino literario: “De la poesía hay que hacer un culto en España, porque de la poesía nace n la posibilidad del Imperio”. Se disolvía así aquello que, en pocos años, resultó ser uno de los más luminosos momentos culturan les de Sevilla en el siglo XX. Los estandartes de todo lo que había en el aire de una época. Ellos contribuyeron a la apertura de compuertas de las letras hacia algo aún sin n explorar, en mil direcciones distintas. Porque la literatura es un instrumento de indagación. Y de aventura. Y ellos, sin duda, la tuvieron.
Más información:
  • Bernal Romero, Manuel
    La invención de la Generación del 27.
    Berenice, Córdoba, 2011.
  • Mainer, José-Carlos
    17 de diciembre de 1927. El triunfo de la literatura.
    Taurus, Barcelona, 2020.
  • Musacchio, Daniele
    La Revista Mediodía de Sevilla.
    Universidad de Sevilla, 1980.
  • Reyes Cano, Rogelio
    Sevilla en la Generación del 27.
    Ayuntamiento de Sevilla, 1997.
  • VV.AA.
    Mediodía, revista de Sevilla. Números 1 al 14 (1926-1929). Edición de José María Barrera López.
    Renacimiento, Sevilla, 1999.