La fascinante aventura de la embajada japonesa es un episodio singular en las relaciones entre Occidente y el Extremo Oriente, dos mundos que apenas tenían conocimiento el uno del otro. Los ingredientes de un viaje que duró siete años incluyen una gran diversidad de elementos políticos, religiosos y culturales. Japón, México, España e Italia desfilan ante nosotros gracias a los muchos vestigios conservados, entre ellos unos documentos japoneses, dirigidos a la ciudad de Sevilla y al papa Paulo V, considerados entre los más solemnes de la Historia.
Mapa holandés del siglo XVII con Japón y Corea.
La numerosa comitiva estaba formada por el padre Sotelo y otros dos frailes, el embajador Hasekura con 150 japoneses, entre personal de servicio, soldados, marineros y comerciantes, y un grupo de españoles
Mapa del recorrido en Europa de la Misión Keicho (1613-1620).
La conocida como "carta japonesa" del Archivo Municipal de Sevilla dirigida por Daté Masamune a la ciudad de Sevilla. 1613.
La comitiva japonesa contempló cómo se le unía una muchedumbre que durante seis millas les acompañó hasta Sevilla, aumentando en número al acercarse a Triana, hasta el punto de que le dificultaba el paso.
Durante su permanencia en Madrid, el acto más significativo fue el fastuoso bautizo de Hasekura, un buen golpe de efecto, celebrado el 17 de febrero en el monasterio de las Descalzas Reales, en presencia del rey
Acta de la sesión del Cabildo Municipal de Sevilla que narra la recepción oficial a la embajada japonesa (27 de octubre de 1614).
Fray Luis Sotelo. Grabado de la versión del libro de S. Amati. Ingolstadt, 1617.
El embajador Hasekura. Grabado incluido en la versión alemana del libro de S. Amati, Ingolstadt, 1617.
La estancia en Sevilla de algunos de estos japoneses del séquito de Hasekura ha dado origen a la teoría de que el apellido Japón, frecuente en Coria del Río, procede de algún miembro de esta comitiva.
Carta japonesa de Date Masamune dirigida al papa Paulo V. 1613.
Por mucho que perseverara el franciscano sevillano Sotelo en sus convicciones, que llegaron a costarle la vida, su expedición acabó siendo una aventura quimérica, de ahí sus muchas connotaciones literarias.
Fue el último episodio de contacto directo de Japón y Europa, antes del aislacionismo instaurado por el shogunato Tokugawa, que unificó los distintos territorios japoneses a costa de cerrarlo al resto del mundo.