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La Misión Keicho (1613-1620)

Sevilla, el rey y el papa

Marcos Fernández Gómez
Archivo Municipal de Sevilla
Hace 400 años una embajada enviada por un gran señor japonés (daimyo), Daté Masamune, se dirigió a Europa con tres destinos claramente definidos: la ciudad de Sevilla, el rey de España y el papa de Roma. Entre octubre de 1613 y agosto de 1620 los embajadores y su séquito recorrieron miles de kilómetros, surcando por dos veces los océanos Pacífico y Atlántico, navegando por aguas del Mediterráneo occidental y atravesando México, España, Italia y Filipinas. Tuvieron que hacer frente a multitud de problemas y dificultades y aunque los resultados diplomáticos fueron mínimos, por muchas y diversas razones, el paso del tiempo ha servido para valorar con justicia el enorme esfuerzo que supuso la embajada organizada por el señor de la dinastía Masamune. En cualquier caso se trata de uno de los primeros contactos diplomáticos directos entre Japón y Europa y un hito de especial significación en la historia y en las tradiciones históricas y literarias del país asiático. El origen de esta aventura ciertamente fascinante, que más recuerda a otros viajes míticos que a una embajada al uso, hay que situarlo en lo que se conoce como “el siglo cristiano de la historia de Japón" (1543-1640), período comprendido, por un lado, entre el comienzo de los contactos con Occidente promovidos por portugueses y españoles y, por otro, la definitiva prohibición y expulsión del cristianismo, proceso este último que se enmarca en la política aislacionista que llevaron a cabo las autoridades japonesas del shogunato Tokugawa desde comienzos del siglo XVII hasta la restauración imperial Meiji en 1868. En el Archivo Municipal de Sevilla se conserva un documento realmente excepcional por varias circunstancias. Se trata de un diploma japonés que constituye uno de los testimonios más significativos de la embajada que en 1613 envió el daimyo Masamune, a través del samurai Hasekura Rocuyemon Tsunenaga y el franciscano fray Luis Sotelo, al rey de España Felipe III y al papa Paulo V. En la cultura japonesa esta célebre expedición, que tuvo lugar entre 1613 y 1620, es conocida como Misión Keicho, tomando su nombre de la era del calendario durante la cual se llevó a cabo. Para llegar a Madrid y a Roma, los objetivos finales, la embajada japonesa debía recalar previamente en Sevilla, por ser el puerto exclusivo entre España y América. De ahí que la ciudad hispalense fuese el tercer destinatario de los documentos de Daté Masamune, aunque fue el primero que se entregó. En la reunión del Cabildo hispalense celebrada el 27 de octubre de 1614, los embajadores hicieron entrega del documento, y una traducción castellana del mismo, junto con una catana y una daga que el “rey” japonés enviaba como regalos. En esta misma reunión, se acordó depositar la carta y las armas en el archivo de la ciudad y escribir al rey Felipe III informándole de la llegada del séquito del embajador samurai para que ordenase lo que había de hacerse. De los tres objetos mencionados solo ha llegado hasta nuestros días el documento, pues la daga desapareció en 1634 y la catana hacia 1868.
PUERTA DE ASIA

La fascinante aventura de la embajada japonesa es un episodio singular en las relaciones entre Occidente y el Extremo Oriente, dos mundos que apenas tenían conocimiento el uno del otro. Los ingredientes de un viaje que duró siete años incluyen una gran diversidad de elementos políticos, religiosos y culturales. Japón, México, España e Italia desfilan ante nosotros gracias a los muchos vestigios conservados, entre ellos unos documentos japoneses, dirigidos a la ciudad de Sevilla y al papa Paulo V, considerados entre los más solemnes de la Historia.

Mapa holandés del siglo XVII con Japón y Corea.

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La carta japonesa, conocida por la traducción al castellano hecha por el propio Sotelo a la que se ha añadido una nueva traducción publicada en 2019, plantea dos cuestiones fundamentales. En primer lugar, se manifiesta el principal objetivo de la embajada: comunicar al rey de España y al papa el deseo de Masamune, tras escuchar las predicaciones del Padre Sotelo, de convertir sus estados al cristianismo, para lo cual solicitaba de ellos su ayuda y alianza. En segundo término, se dirige a Sevilla con la intención de proponer el establecimiento de relaciones comerciales directas, basadas en la consideración de la ciudad como uno de los puertos más importantes de la época, que monopolizaba desde hacía un siglo la navegación entre España y los territorios de Ultramar.

La numerosa comitiva estaba formada por el padre Sotelo y otros dos frailes, el embajador Hasekura con 150 japoneses, entre personal de servicio, soldados, marineros y comerciantes, y un grupo de españoles

Mapa del recorrido en Europa de la Misión Keicho (1613-1620).

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A través de Sotelo, Masamune debía conocer, como se pone de manifiesto en la carta, el intenso tráfico marítimo de la ciudad y la existencia de instituciones como la Casa de Contratación. Por este motivo solicita una reunión de pilotos para estudiar la posibilidad de establecer una comunicación directa entre Japón y Sevilla, de forma similar a la que cada año unía España con América a través de las flotas de la Carrera de Indias. Este proyecto de Masamune debió ser inspirado igualmente por Sotelo, quien por su origen sevillano y sus vínculos familiares debía saber cómo esa vía directa había sido ya planteada con anterioridad, bordeando África y la India. Las peticiones del rey de Bojú, que quedaban fueran de la jurisdicción de la ciudad al tratarse de materias de política exterior, fueron comunicadas por el Cabildo hispalense al rey, que prefirió en todo momento silenciarlas, siguiendo los dictámenes del Concejo de Indias, dilatando de forma exasperante la respuesta a las mismas. PROTAGONISTAS. Tenemos que comenzar citando a Daté Masamune (1567-1636), uno de los señores feudales o daimyos más importantes de su época, que llegó a gobernar sobre un extenso territorio en la parte nororiental de Japón —el reino de Mutsu o Bojú—. Como prolongación de su persona envió como embajador a Europa al samurai Hasekura Rocuyemon Tsunenaga, arquetipo del noble guerrero japonés, símbolo extremo de la fidelidad vasallática, que acabó convirtiéndose en un personaje casi legendario de la cultura japonesa, con muchas implicaciones en la literatura nipona, inspirando incluso novelas contemporáneas muy conocidas y traducidas como el Samurái (1980) del célebre escritor Shusaku Endo (1923-1996). Por su parte, el sevillano fray Luis Sotelo (1574-1624), nacido en el seno de una prestigiosa familia de la ciudad, era hijo de Diego Caballero de Cabrera, veinticuatro del Cabildo hispalense, y nieto del también veinticuatro Diego Caballero de Cazalla, gobernador y mariscal de la isla Española en América. Tras cursar estudios en Salamanca, donde ingresó en la orden de los franciscanos descalzos, se dispuso desde el primer momento a prestar sus servicios como misionero, llegando a Japón en 1603. Como en el caso de otros misioneros, pronto dominó la lengua y fue conocido entre la nobleza japonesa. Hacia 1610, en la residencia cortesana del shogun en Yedo, fray Luis entró en contacto con Daté Masamune. El franciscano combatió las creencias de los sacerdotes bonzos y, tras un período de instrucción, convirtió al cristianismo al gran daimyo. Como resultado de todo ello, Masamune decretó en 1611 un edicto por el que se permitía la libre predicación del cristianismo y se daba a sus súbditos plena libertad para su conversión. De talento nada vulgar, activo y emprendedor, el religioso sevillano se nos presenta como un personaje polémico, un tanto visionario, obsesionado con unos proyectos personales que mezclaban la religión y la diplomacia. Su personalidad y sus actuaciones revelan un profundo compromiso con sus convicciones religiosas, a las que añadía unas buenas dosis de soberbia y de espíritu mesiánico.

La conocida como "carta japonesa" del Archivo Municipal de Sevilla dirigida por Daté Masamune a la ciudad de Sevilla. 1613.

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LA EMBAJADA. El comienzo de esta aventura se remonta al día 28 de octubre de 1613, fecha en que partió la embajada en un navío de 500 toneladas, el San Juan Bautista, que Masamune había ordenado construir expresamente para esta ocasión. La numerosa comitiva estaba formada por el Padre Sotelo y otros dos frailes, el embajador Hasekura con unos ciento cincuenta japoneses, entre personal de servicio, soldados, marineros y comerciantes, a los que se añadieron un grupo de españoles comandados por Sebastián Vizcaíno, supervivientes de la expedición que en 1611 estuvo reconociendo las costas japonesas intentando localizar las “islas rica de oro y rica de plata”. Una vez llegados a Acapulco, continuaron hasta San Juan de Lúa, para embarcarse hacia Europa, Sotelo, otro religioso y Hasekura con treinta japoneses como guardia de honor. En la reunión del Cabildo sevillano de 8 de octubre de 1614 fueron leídas las cartas enviadas a la ciudad por los embajadores. El gobierno municipal acordó que el veinticuatro Diego Caballero de Cabrera, hermano de fray Luis, contestase a los ilustres visitantes y les diese la bienvenida y se nombró una comisión que debía ocuparse del alojamiento y mantenimiento del personal de la embajada. Antes de entrar en tierras de la jurisdicción sevillana, el galeón San José recaló en Sanlúcar de Barrameda, donde fueron recibidos y alojados por el duque de Medina Sidonia, quien hizo preparar dos galeras que los condujeron a la villa de Coria del Río, donde debían esperar hasta el recibimiento de la ciudad. Mientras tanto, en Sevilla se realizaban todos los preparativos necesarios para garantizar una imponente recepción y una estancia muy honrosa, acondicionándose para ello ciertas dependencias en el Alcázar. Sotelo, en cuanto arribó a su tierra, preparó una auténtica campaña publicitaria con la impresión de un folleto, destinado a favorecer la buena acogida a la embajada: en él se narran las cualidades del franciscano y las del denominado “rey” Masamune y se pregonan, sin temor a caer en errores e inexactitudes claramente intencionadas, la bondad de los objetivos de la misión japonesa. La descripción más viva y precisa de la estancia de los japoneses en Sevilla nos la proporciona el relato del doctor Amati, autor de un libro sobre Masamune publicado en italiano en Roma en 1615, traducido al alemán dos años más tarde. El médico veneciano, intérprete de la embajada y amigo de Sotelo, narra el recibimiento de la ciudad el 21 de octubre de 1614 en una descripción minuciosa y colorista, en un tono periodístico de buena redacción. Al poco de salir de Coria, la comitiva japonesa pudo contemplar cómo se le unía una muchedumbre que durante seis millas les acompañó hasta Sevilla, aumentando en gran número al acercarse a Triana, hasta el punto de que le dificultaba el paso. Textualmente indica el veneciano: Viddero con molta ricreatione l'honore preparato, la pompa de caualieri e caualli et il numero grande della gente che l'accompagnò sei miglia lontano da Siuiglia.

La comitiva japonesa contempló cómo se le unía una muchedumbre que durante seis millas les acompañó hasta Sevilla, aumentando en número al acercarse a Triana, hasta el punto de que le dificultaba el paso.

Tras cruzar el puente de barcas, y al llegar a la puerta de Triana, les esperaba el conde de Salvatierra, asistente y máximo representante del rey en la ciudad, acompañado de los miembros del Cabildo y de la nobleza, quienes escoltaron hasta el Alcázar al extraño séquito, vestido con sus mejores galas a la usanza japonesa y con rosarios al cuello, entre los aplausos y vítores de las gentes que se agolpaban en las calles, proseguendosi la cavalgata con incredibile applauso e trionfo della gente. Durante este desfile insólito, Hasekura, ya a caballo, iba situado entre el conde de Salvatierra y el alguacil mayor de la ciudad. Tras los saludos y agradecimientos, el samurái solicitó al asistente que la embajada fuese recibida oficialmente por el Cabildo. En el recibimiento municipal de 27 de octubre se hizo público el mensaje que enviaba Masamune en la carta dirigida a la ciudad, cuya traducción fue leída por el escribano. Sotelo relató las incidencias del largo viaje e hizo algunos comentarios sobre la situación del cristianismo en Japón, después de lo cual suplicó al Cabildo la ayuda necesaria para continuar su camino, a lo que respondió afirmativamente el asistente en nombre del rey y de la ciudad. Don Tomás, capitán japonés cristiano de la guardia de Hasekura, entró en la sala capitular donde se celebraba la audiencia para entregar, además de la carta, la catana y la daga que el rey de Bojú regaló a la ciudad como testimonio de amistad. El asistente indicó finalmente que informaría al rey de todo lo sucedido, con lo cual se dio por concluido el solemne acto. La embajada japonesa permaneció en Sevilla algo más de un mes, hasta el día 25 de noviembre, fecha de su partida hacia Madrid. Durante su estancia en Sevilla visitaron la Giralda y la catedral, así como el convento Casa Grande de San Francisco, y en el Alcázar recibieron la visita y el agasajo de los jueces reales, de los nobles y de otros altos personajes de la sociedad hispalense. El arzobispo llegó a comparar la embajada con la mismísima comitiva de los Reyes Magos de Oriente. En todo momento la ciudad atendió y costeó el mantenimiento y las necesi-dades de los japoneses, con dos alguaciles a su servicio, incluyendo el ofrecimiento de actuaciones de comedias, danzas y fiestas, y todo ello a pesar de la difícil situación económica por la que atravesaba la hacienda concejil, hecho que ocasionó algunas quejas en el seno del Cabildo municipal, recogidas por un testigo tan cualificado como el analista Diego Ortiz de Zúñiga.
Un documento excepcional
  • La conocida como “carta japonesa” está escrita en tinta negra sobre un rectángulo de papel de arroz de grandes dimensiones (367 x 954 mm.). Se utiliza una escritura muy cursiva —sôshotai—, caracterizada por la abundancia de ligaduras y abreviaturas, de difícil lectura. Una vez concluido el texto, distribuido en 24 líneas verticales de derecha a izquierda, el documento se cierra con un protocolo final en el que se incluyen la data (lugar y fecha), la indicación del autor de la carta y del destinatario, la suscripción autógrafa o kao y la impronta del sello de tinta roja de Daté Masamune. A lo largo de la superficie del papel, de dimensiones excepcionales en la diplomacia japonesa, la escritura se destaca sobre un fondo decorativo con motivos vegetales y con punteados de láminas de oro y plata. Está fechada en la ciudad de Sendai el día 26 de octubre de 1613. Se trata de un documento de gran solemnidad, procedente de una cancillería señorial japonesa, cuyos caracteres externos son similares a la carta en japonés que el mismo señor dirigió al papa Paulo V en la misma embajada, conservada en el Archivo Vaticano, e igualmente debió ser muy parecida a la que dirigió también al rey Felipe III, que no se ha conservado. En pocos documentos de las cancillerías orientales o occidentales podemos apreciar de forma tan clara la perfecta conjunción entre continente y contenido. La extraordinaria materialidad del documento es utilizada como vehículo de comunicación de unos mensajes igualmente excepcionales.

Durante su permanencia en Madrid, el acto más significativo fue el fastuoso bautizo de Hasekura, un buen golpe de efecto, celebrado el 17 de febrero en el monasterio de las Descalzas Reales, en presencia del rey

Acta de la sesión del Cabildo Municipal de Sevilla que narra la recepción oficial a la embajada japonesa (27 de octubre de 1614).

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En efecto, la Sevilla de esta época, aunque estaba aún en pleno apogeo y se-guía siendo una de las principales urbes europeas, tenía embargadas sus rentas de propios ante la imposibilidad de hacer frente a sus muchas deudas. Las frecuentes donaciones a los reyes, unidas a las alteraciones monetarias, acabaron por arruinar la hacienda del Cabildo hispalense. Y esta situación de penuria económica se manifestó también en los debates que se produjeron en el seno del Cabildo sobre el pago de los gastos derivados del alojamiento y transporte de la embajada. Los gastos ocasionados en nuestra ciudad ascendieron en 1614, según la contabilidad concejil, a casi un millón de maravedís (exactamente 972.826 mrs.). MADRID Y ROMA. Por fin, el 25 de noviembre se puso en marcha de nuevo la comitiva, formada por 40 personas, entre ellas Gonzalo de Guzmán, designado por el Cabildo para acompañar a los embajadores, más el personal de servicio que había dispuesto la ciudad. El transporte se hizo en dos grandes carros, dos literas, treinta y una mulas y doce acémilas de carga. Tras casi un mes de viaje, y después de visitar Córdoba y Toledo, llegaron a Madrid el 20 de diciembre, siendo alojados en el convento de San Francisco y atendidos por la hacienda real. Si larga fue la estancia en Sevilla, más aún se prolongó en la capital de la monarquía. Desde el punto de vista de las relaciones internacionales, la embajada japonesa planteaba un grave problema, en realidad la principal causa de su fracaso, debido a que no representaba a la más alta autoridad del país —el emperador, o el shogun en su nombre— sino solo a un gran señor japonés a título personal. El rey de España y el papa poco podían responder, más allá de convencionalismos protocolarios, a las pretensiones de Masamune, ca-rentes del respaldo de su superior.

Fray Luis Sotelo. Grabado de la versión del libro de S. Amati. Ingolstadt, 1617.

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El embajador Hasekura. Grabado incluido en la versión alemana del libro de S. Amati, Ingolstadt, 1617.

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Durante su larga permanencia en Madrid, el acto más significativo fue el fastuoso bautizo de Hasekura, sin duda un buen golpe de efecto, celebrado el 17 de febrero en el monasterio de las Descalzas Reales, en presencia del rey, de la familia real y de la corte. Hasta el día 22 de agosto de 1615, tras ocho meses de estancia, no se produjo la salida de Madrid. Durante este largo período, el mantenimiento de la comitiva costó a la hacienda real una cantidad realmente elevada, calculada en cuatro millones de maravedís. Las siguientes etapas del viaje fueron Zaragoza y Barcelona y desde aquí se embarcaron hacia Génova, llegando por fin a Roma, tercera y última etapa de la embajada, a principios de noviembre. El papa Paulo V, destinatario del tercer diploma escrito por Masamune, recibió en audiencia pública a la misión japonesa el día 3 de noviembre, conjuntamente con el Sacro Colegio Cardenalicio, reunido en consistorio público, y ante la presencia de muchos grandes señores y prelados. Como ya ocurriera en Madrid, se sucedieron los actos protocolarios, entre los que podemos destacar el bautizo del secretario de Hasekura, la concesión a éste por parte del Senado Romano del título de ciudadano y senador de Roma o la decisión del papa de conservar el recuerdo de los embajadores en unos frescos del palacio del Quirinal. Pero también igual que en Madrid, los resultados prácticos se limitaron a promesas más o menos vagas, dilatando continuamente las decisiones definitivas. En definitiva, se trataba de acoger formalmente a una embajada llegada de tierras remotas y, al mismo tiempo, vaciarla de todo contenido real. Todo quedaba reducido a aparatosas escenografías barrocas y gestos honoríficos. El 7 de enero de 1616 se produjo la salida de Roma, desde donde se dirigieron a Livorno y Génova para embarcar hacia Barcelona.

La estancia en Sevilla de algunos de estos japoneses del séquito de Hasekura ha dado origen a la teoría de que el apellido Japón, frecuente en Coria del Río, procede de algún miembro de esta comitiva.

Carta japonesa de Date Masamune dirigida al papa Paulo V. 1613.

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EL FINAL. Al volver a España en 1616, Hasekura y Sotelo tuvieron que hacer frente de nuevo a las reticencias del Consejo de Indias, deseoso de dar por concluida la embajada lo antes posible para que volviese a Japón, habida cuenta de su escaso fundamento y de los muchos gastos ocasionados a la hacienda real. El día 8 de abril de 1616, cuando Hasekura y Sotelo estaban en las cercanías de Madrid, las sospechas se hicieron realidad: se les comunicó la decisión del rey ordenando que la embajada no parase en Madrid sino que se dirigiese directamente a Sevilla para embarcar hacia Nueva España. El final parecía estar ya cerca. Pero en la flota que partió de Sevilla dicho año se embarcaron únicamente trece japoneses, acompañados de dos franciscanos, pues tanto Hasekura, retirado en el convento de Loreto de Espartinas junto a los restantes japoneses de su séquito, como Sotelo, permanecieron en Sevilla o en sus cercanías alegando graves problemas de salud. Durante su vuelta a Sevilla, los dos embajadores, privados ya de toda ayuda, escribieron en repetidas ocasiones al papa, al nuncio apostólico y al rey, a veces a través del Cabildo sevillano, para que respondieran y accedieran finalmente a sus pretensiones. Ante las continuas presiones del Consejo de Indias, y ante la imposibilidad de mejorar los resultados prácticos de su misión, Hasekura y Sotelo salieron finalmente de Sevilla en julio de 1617, acompañados por los cinco japoneses que aún quedaban en España. Cuando llegaron a México, a principios de febrero de 1618, en Acapulco les esperaba la misma nave que Masamune había mandado construir para la travesía entre Japón y Nueva España. Al abandonar Sevilla por segunda vez, la embajada japonesa no embarcó en la flota para Nueva España a todos sus miembros. La permanencia en Sevilla de algunos de estos japoneses del séquito de Hasekura ha dado origen a la teoría de que el apellido Japón, frecuente en el pueblo sevillano de Coria del Río, procede de algunos de los miembros de esta comitiva diplomática. Está fuera de duda que no coinciden las cifras de los que llegaron en 1614, treinta hombres según testigos directos, y los que fueron embarcados en Sevilla en el viaje de vuelta, que suman un total de dieciocho (trece en 1616 y cinco más que acompañaron a Hasekura y Sotelo en 1617). Es más que probable que algunos de los japoneses que faltan debieron quedarse en Sevilla o sus alrededores, tras el largo tiempo de espera en la segunda estancia de la embajada en Sevilla, y dar origen así al apellido Japón de Coria (Japón=japonés). En su Archivo Municipal se ha localizado registro de un coriano apellidado Japón ya en 1647 y a partir de este año aparecen con relativa frecuencia en la documentación.

Por mucho que perseverara el franciscano sevillano Sotelo en sus convicciones, que llegaron a costarle la vida, su expedición acabó siendo una aventura quimérica, de ahí sus muchas connotaciones literarias.

Hasekura pudo por fin volver a su país, después de más de siete años, llegando a Sendai en agosto de 1620, si bien parece que murió pocos años después. Su compañero, en cambio, se vio obligado a per-manecer en Filipinas durante cuatro años, en los que mantuvo diversos y continuos enfrentamientos tanto con las autoridades civiles como religiosas. Desafiando la prohibición de salir de Filipinas con destino a Japón, a causa de las persecuciones anticristianas, se embarcó en una nave de mercaderes chinos, disfrazado de seglar y acompañado de dos jóvenes conversos japoneses. Al llegar a las costas japonesas, cerca de Nagasaki, en septiembre de 1622 Sotelo y sus dos compañeros fueron entregados por el capitán de la nave a un juez comisionado para las causas contra los cristianos. El shogun Iemitsu decretó que se encerrase a Sotelo en una cárcel especial en Omura para que en modo alguno se le pudiese considerar como una excepción en la persecución anticristiana. Finalmente, el 25 de agosto de 1624, Sotelo y sus dos compañeros, junto al jesuita Miguel Carballo y al dominico Pedro Vázquez de Santa Catalina, fueron martirizados en la hoguera. Como indica Juan Gil, el martirio de Sotelo coronaba su intensa y asendereada vida con la suprema dignidad de saber morir en defensa de sus sueños. Por mucho que perseverara Sotelo en sus convicciones, que llegaron a costarle la vida, su expedición acabó siendo una aventura quimérica, de ahí sus muchas connotaciones literarias. Casi al mismo tiempo que se desarrollaba la embajada, las autoridades de Japón declararon e impusieron la unificación religiosa como uno de los pilares fundamentales del país, eliminando toda tolerancia hacia otras confesiones. Asimismo, el shogunato decretó en 1615 para los daimyos un código de normas de obligado cumplimiento, llamado buke-shohatto, en el que se incluía la prohibición a los señores de construir barcos que cruzasen el océano. La magnífica estrategia ideada por Sotelo y Daté Masamune se derrumbó y se quedó en un ambicioso sueño a causa del contundente aislacionismo oficial de Japón. Pero dejando a un lado el "fracaso oficial" de la embajada, lo cierto es que este largo y complicado viaje, que afortunadamente puede documentarse con toda minuciosidad gracias a la recopilación documental llevada a cabo por la Universidad Imperial de Tokyo en 1909, significó uno de los escasísimos contactos directos de los japoneses con Europa —realmente el segundo tras la Misión Tensho— hasta la segunda mitad del siglo XIX. Así se ha mantenido fielmente su recuerdo en Japón hasta la actualidad.

Fue el último episodio de contacto directo de Japón y Europa, antes del aislacionismo instaurado por el shogunato Tokugawa, que unificó los distintos territorios japoneses a costa de cerrarlo al resto del mundo.

La expedición de Masamune-SoteloHasekura constituye un episodio muy notable y singular del pasado japonés, que dejó grandes huellas en su cultura y en el imaginario colectivo de un país muy respetuoso con sus tradiciones. No en vano se trata del último episodio de contacto directo de Japón con Europa, justo antes del férreo aislacionismo instaurado por n el shogunato Tokugawa, que unificó los distintos territorios japoneses bajo su autoridad pero a costa de cerrarlo al resto del mundo durante dos siglos y medio. De n alguna manera la herencia de Daté Masamune, cargada de elementos históricos y casi mitológicos, fue recuperada por el emperador Meiji a partir de 1868 con el n nacimiento del Japón moderno, que quiere integrarse en el mundo occidental, no dándole la espalda.
Más información:
  • Velázquez y Sánchez, José
    La embajada japonesa a la ciudad de Sevilla.
    Sevilla, 1862 (reedic., ed. M. Fernández, Sevilla, 1991).
  • Sendai-shi Hakubutsukan
    The world and Japan. Tensho and Keicho Missions to Europe.
    Sendai, 1995.
  • Amati, Escipión
    Historia de la embajada de Idate Masamune al papa Paulo V, traducc. española de J. Gil-J. K. Izumi.
    Madrid, 2011.
  • Abad, Rafael y San Bernardino, Jesús
    Date Masamune y la carta a Sevilla. Una nueva traducción.
    Sevilla, 2019.