Columnas

La Andalucía rural de 1981 vista con ojos neozelandeses

Un documental educativo y su guía didáctica de hace 40 años

En 1981 la productora australiana Juniper Films rueda El Pueblo en Villaluenga del Rosario (Cádiz), un documental educativo destinado a ser el complemento audiovisual a una unidad didáctica sobre la España rural para escolares neozelandeses de 8 a 12 años. El documental y la unidad didáctica son hoy una fuente de enorme valor para conocer la visión ajena de una España, de una Andalucía rural, en uno de sus momentos de cambio más cruciales de la historia.

Antonio Javier González Rueda
Doctor en Arte y Humanidades

El realizador australiano Ian James Wilson (izquierda, sentado) en algún lugar entre Ubrique y Villaluenga.

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Nueva Zelanda es para la mayoría de los andaluces un pais remoto, desconocido y rodeado del halo de naturaleza salvaje que nos traen las principales localizaciones de la trilogía fílmica de El Señor de los Anillos. Maoríes, kiwis y partidos de rugby de los míticos All Blacks completan, quizás, nuestra colección de tópicos neozelandeses. Probablemente, en la década de los ochenta del pasado siglo XX, y quizás todavía en la actualidad, esta visión arquetípica de nuestra antípoda -lugar del globo terrestre diametralmente opuesto al que vivimos— nos sería devuelta, desde Nueva Zelanda, con imágenes de toros, bailes por sevillanas y algún episódico burro con serones. Sin embargo, en 1981, las autoridades educativas de Nueva Zelanda decidieron que el multiculturalismo no se alimentaba de tópicos sino de materiales didácticos bien elaborados y financiaron a una pequeña compañía australiana de documentales, Juniper Films, para que viniera a España a realizar una película de 23 minutos y capturar cuántas fotografías e informaciones fuera posible sobre la comunidad humana en la que se instalaran.
Los directores del documental, John Tristram e Ian James Wilson, se prepararon a conciencia: dieron clases de español antes de sus dos viajes a nuestro país y visitaron pueblos de media España durante casi un mes para terminar seleccionando un maravilloso pueblito andaluz, sólido y silencioso, del noreste de la provincia de Cádiz, Villaluenga del Rosario, en el que rodaron el documental El Pueblo durante los meses de septiembre y octubre de 1981. Los australianos —como eran llamados y siguen siendo llamados en Villaluenga— hicieron un acercamiento a los lugareños muy similar al que ya habían desarrollado con anterioridad en comunidades indígenas de las islas de la Polinesia: un par de semanas de mimetización en el paisaje y en el paisanaje sin cámara alguna y muchas pequeñas charlas, hasta que iniciaron el rodaje de un documental milimétricamente planificado y pensado para mostrar a los chicos y chicas neozelandeses cómo se vivía en un pequeño enclave rural español de montaña. El documental nació para ser un recurso didáctico y terminó convirtiéndose, con el paso de los años, en una pequeña obra de arte que, cuatro décadas después, activa aún con viveza la memoria de cualquier andaluz y nos devuelve una imagen de cómo nos vieron y sintieron aquellos estudiantes de 8 a 12 años en nuestra antípoda exacta. Desde siempre, la imagen histórica de Andalucía se viene construyendo conforme a un enorme juego de espejos en los que las miradas ajenas —casi siempre extranjeras como en este caso, aunque también con visiones externas de más allá de Despeñaperros— suelen dominar a las miradas propias. Podríamos pensar que el documental El Pueblo repite este viejo esquema ya que no faltan los toros, la procesión, el mulo o la jarana flamenca. Podríamos pensarlo, pero también incluyen con un detalle exquisito escenas de la escuela, del ayuntamiento, de la dureza de la vida en el campo o en un taller de marroquinería, de la barbería, del cementerio, de la venta ambulante y hasta de la inauguración del primer parque infantil. Jugando con los dos idiomas de este artículo, el español y el inglés, podríamos decir que conjuga tópicos y topics (temas).

El documental nació para ser un recurso didáctico y terminó convirtiéndose, con el paso de los años, en una pequeña obra de arte.

Portada del cuadernillo-guía que conformaba la unidad didáctica sobre El Pueblo (1983).

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REFERÉNDUM. Fue un rodaje bien planificado, pero tuvieron, también, la suerte de cara porque, aunque ya casi nadie lo recuerde, el 20 de octubre de 1981 los andaluces aprobábamos en referéndum, tras el tumultuoso 28 de febrero de 1980, nuestro primer Estatuto de Autonomía. El documental recoge una escena contradictoria de la celebración del referéndum, en día laborable, en la que unas ancianas de riguroso luto entran en el colegio electoral bajo la atenta mirada de dos guardias civiles con metralletas que es interpretada así en la unidad didáctica que manejaron los profesores neozelandeses: “La presencia de la Guardia Civil, con ametralladoras, en el diminuto colegio electoral en el día de las elecciones provinciales (sic), debió parecer sorprendente. Quizás no sea solo la evidencia de los recientes desórdenes sucedidos en España sino también un claro símbolo y un recordatorio de los difíciles tiempos de la Guerra Civil (1936-39). Durante esta guerra y los casi 40 años del gobierno de Franco que le siguieron, la Guardia Civil era odiada y temida por el papel que jugaron durante esos años de muerte, destrucción y represión política”. Los recientes desórdenes sucedidos que menciona la Guía son, evidentemente, los del Golpe de Estado del 23 de febrero de ese mismo año 1981.
laborable, en la que unas ancianas de ri- guroso luto entran en el colegio electoral bajo la atenta mirada de dos guardias civi- les con metralletas que es interpretada así en la unidad didáctica que manejaron los profesores neozelandeses: “La presencia de la Guardia Civil, con ametralladoras, en el diminuto colegio electoral en el día de las elecciones provinciales (sic), debió parecer sorprendente. Quizás no sea solo la eviden- cia de los recientes desórdenes sucedidos en España sino también un claro símbolo y un recordatorio de los difíciles tiempos de la Guerra Civil (1936-39). Durante esta gue- rra y los casi 40 años del gobierno de Fran- co que le siguieron, la Guardia Civil era odiada y temida por el papel que jugaron durante esos años de muerte, destrucción

Uno de los anónimos protagonistas del documental deposita su voto en el referéndum de aprobación del primer Estatuto de Autonomía de Andalucía.

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Incluye escenas de la escuela, el ayuntamiento, la vida en el campo, un taller de marroquinería, la barbería, el cementerio y de la venta ambulante

Estreno del documental en cada lado de la antípoda con 35 años de distancia
  • El primer estreno, el realizado en Australia, nos obliga a regresar a un 15 de abril de 1983. La comunidad hispana tenía un Club Español en Sídney y un semanario, El Español, que da fe del acontecimiento bajo la consideración de “Estreno mundial”. Por lo que nos cuenta Ian James Wilson, uno de los directores del documental, el estreno fue todo un éxito, aunque también un ejercicio de nostalgia que acabó de madrugada y regada con más alcohol de la cuenta.
    El segundo estreno, el realizado en Villaluenga, nos lleva a un más reciente 26 de julio de 2019 en el que los habitantes de Villaluenga se reencontraron con la película y, como en las premieres de los grandes festivales, con el propio director de esta. Wilson se trasladó al Sur de España para volver a los escenarios de El Pueblo a sus 81 años. Fue uno de los últimos actos multitudinarios y repletos de besos y abrazos que se celebrarían allí antes de la llegada de la pandemia.
Esta guía didáctica por la que viajamos en este artículo fue elaborada por una pedagoga, un maestro de primaria y un maestro de secundaria neozelandeses a partir de las notas y fotografías que les facilitaron los realizadores australianos y de una completa bibliografía que, vista con los ojos de internet actuales, resulta admirable. El documental y la guía didáctica fueron diseñados para dos niveles educativos: para el primer nivel (ocho a diez años), la unidad didáctica estaba orientada a mostrar la “diversidad cultural” y para el segundo (once a doce años), la idea era que los chicos interactuaran con gente que “está alejada en el tiempo y en el espacio”. Lo más paradójico es que los actores, extras y figurantes del pueblo nunca supieron que fueron escrutados por otros en la antípoda. En Villaluenga, aquello solo era una película de australianos; en la antípoda sería un documental educativo y en el resto de mundo un documental cultural que fue visto en la mayoría de los segundos canales de televisión de Oceanía, Europa y América. Porque, como reconocían en la guía didáctica, su objetivo era, desde lo particular, mostrar todo un país al que describían como industrial y urbano, pero en el que la ganadería y lo rural se habían quedado rezagados en la modernización de los años 60 y 70: “El anonimato de este título sugiere que El Pueblo puede, en cierto modo, simbolizar a España. Es ejemplo de los muchos pequeños pueblos ganaderos, remotos y pobres, que cubren el territorio español”. Las autoridades neozelandesas fueron audaces en sus planteamientos didácticos, pero mantuvieron una visión romántica de España, actualizada, pero en parte heredera de los viajeros románticos: “un buen número de conocidos escritores ingleses y americanos han pasado parte de sus vidas en España y, con frecuencia, sus libros lo reflejan. Quizás, los más conocidos son Robert Graves, Ernest Hemingway y Roy Campbell”. PRINCIPIOS BÁSICOS. A los profesores neozelandeses les recalcaron, en la guía, tres cuestiones nucleares para entender bien el documental y nuestra España rural: un estilo de vida completamente condicionado por el medio; el hecho de que “en esta comunidad la vida familiar tiene un gran valor” y, finalmente, que “los papeles del hombre y la mujer están casi siempre influenciados por la tradición”. Quizás porque Nueva Zelanda al estar vertebrada en 12 ayuntamientos de grandes ciudades y 54 ayuntamientos de distrito para las áreas rurales y porque, por lo tanto, no existe la atomización municipal de España, la unidad didáctica recalca que la vida del pueblo está monopolizada por su alcalde y su ayuntamiento. Así vieron nuestra forma de organizarnos tras las primeras elecciones municipales de 1979: “Junto a los concejales, el alcalde es elegido por un periodo de 4 años. La votación para las elecciones municipales sigue alineamientos con partidos políticos, pero la gente puede elegir a un candidato independiente [...]. Las competencias del Ayuntamiento se corresponden con el bienestar de las personas, el comercio, los suministros de agua, la recogida de basura, los servicios de electricidad y la limpieza de las calles”.

El anonimato de este título sugiere que el pueblo puede, en cierto modo, simbolizar a España.

El alcalde y los concejales de la primera corporación democrática de 1979 se reúnen en el Salón de Plenos del Ayuntamiento: todos hombres, todos solteros.

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Nos muestran un ayuntamiento con solo dos trabajadores: el secretario para temas administrativos y el policía municipal al que describen de manera algo poética como el garante de la “paz municipal”, cobrador de los impuestos y responsable de custodiar las llaves del cementerio y de las estancias municipales. La descripción del entramado administrativo-jurídico finaliza en la guía con la descripción de la propuesta de nombramiento por parte del alcalde del Juez de Paz que “es un joven que regenta uno de los bares y está a cargo del registro de nacimientos, muertes y casamientos y da fe de la firma de documentos”. Se detienen también en saber, además de los impuestos en forma de recibos de la contribución (la denominación de IBI se generalizaría posteriormente), la forma en que el ayuntamiento conseguía recursos anualmente: “El Pueblo posee dos grandes fincas (en total 7.000 hectáreas) que pasaron a su propiedad cuando otro pueblo no pagó un préstamo que le debía hace ya más de tres siglos”. El pleito que refieren es el del préstamo que hicieron algunos ayuntamientos de la zona a Ronda para construir su Puente Nuevo sobre el Tajo a partir de 1785. Estas dos fincas se alquilaban y se siguen arrendando a los ganaderos para el pastoreo y de ellas también se obtienen rentas por el descorche de los alcornoques cada aproximadamente ocho años. Se ocupan también de describir cómo la iglesia “todavía tiene una poderosa in-fluencia en la vida de los habitantes” y, aunque nos pueda parecer redundante en nuestra realidad de religión dominante, puntualizan y describen: “la única iglesia en el Pueblo es una de confesión católica romana”. Y anticipando otra de las consecuencias del despoblamiento progresivo de entonces y de ahora describen la figura del sacerdote itinerante: “Él va dos veces a la semana, los martes y los domingos, para celebrar los servicios religiosos y hacerse cargo de las clases de catequesis”. No se les pasa por alto la diferenciación española por género y edad de las prácticas religiosas al reservar los domingos para “mujeres y niños yendo a los servicios religiosos”, mientras “prácticamente todo el mundo en el pueblo se une a la procesión y los habitantes del pueblo que viven en otras ciudades, incluso, vuelven para participar”. “Los españoles tienen un amor especial por la vida familiar y por los niños”. Este entrecomillado tan hermoso nos pone frente al espejo sociológico de saber cómo serían entonces las relaciones familiares en nuestra antípoda, probablemente anglosajonamente diferentes.
Banderas que no eran
  • La bandera franquista permanecía izada en el Ayuntamiento de Villaluenga del Rosario en octubre de 1981 no por decisión personal o popular, sino porque a los legisladores no les había dado tiempo aún de aprobar el nuevo escudo constitucional. La ley que instauraba el mismo se aprobaría el 5 de octubre y podemos intuir que las primeras banderas constitucionales no llegarían a nuestros pueblos hasta bien entrado 1982.
    En el fotograma del documental, junto a la bandera de la dictadura, también ondea ya la bandera andaluza sin escudo, aunque el estatuto que la creaba aún no había sido aprobado. Como muestra el documental en dos escenas diferente, pasamos de región (“la región de Andalucía” como describe el maestro sobre un mapa de España) a comunidad autónoma (referéndum de aprobación del primer Estatuto de Andalucía).
    La convivencia de ambas banderas en la imagen es uno de los signos claros de un tiempo en el que lo viejo no terminaba de marcharse y lo nuevo no terminaba de llegar.
En este apartado educativo de la guía describen nuestras escuelas de entonces como una educación pública de libre acceso para todos, pero este nuevo derecho “es tan reciente que en las zonas más pobre de Andalucía es considerado como un privilegio”. Con muy buen tino, además, el inicio del éxodo rural lo sitúan en la imposibilidad de estudiar la educación secundaria en cada pueblo y en la necesidad de los jóvenes de buscar trabajo en ciudades de la costa y en el extranjero. Cuando intentan mostrar cómo era el entramado comercial lo hacen con rigor de inventario (“hay cuatro tiendas de comestibles, una carnicería y dos panaderías”) pero también con mirada profunda ya que les llama la atención que “desde fuera, todas parecen casas normales porque no tienen carteles publicitarios” y que no es hasta que uno está dentro cuando aparece una tienda montada en el interior de una casa, normalmente en la habitación principal de los dueños. Entonces, como en la actualidad aún, estos comercios eran complementados por una oferta de vendedores ambulantes en furgonetas con el reclamo del claxon y el altavoz que quedan muy bien documentados en el documental y que de manera exacta describen como “un rasgo cotidiano de la vida”. Así llegaba y así sigue llegando el pescado, la verdura, la fruta, la ropa a nuestros pueblos. Y registran, sin saberlo, el final de una actividad comercial extinguida: “otros comerciantes montan en burros y venden una gran variedad de verduras y otros productos que, en ocasiones, ellos mismos cultivan”.

Dos de los protagonistas infantiles del documental juegan en uno de los clásicos patios traseros. 

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Venta ambulante en mula con balanza romana de dos platos.

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El maestro lee un fragmento de un libro a los escolares con fondo de dibujos soleados y crucifijo.

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Detectaron muy bien, igualmente, cómo los bares —había cinco entonces— eran el espacio de socialización de los hombres (“La mujer no suele ir al bar sola”) y los usos diferentes que hacíamos con respecto a los de la antípoda: “no es solo un lugar para beber, sino que, sobre todo, es un lugar donde la gente se encuentra para tomar un café o un aperitivo. La atmósfera es de relajada informalidad”. Extrapolaron, quizás con algo de sesgo, el desarrollo agrícola de un pueblo eminentemente ganadero y realizaron, así, una fotografía manipulada de nuestro subdesarrollo. Sin embargo, fueron certeros en mostrar los problemas principales de los ganaderos extensivos de Andalucía y de buena parte de España: “Los suministros de agua y las pobres e inadecuadas carreteras y caminos son los principales problemas a los que los granjeros tienen que hacer frente, pero algunos también estaban descontentos con los precios que reciben por la venta de la leche y del ganado”. La unidad didáctica se cerraba con una reflexión sobre el futuro del pueblo y reseñaba el desiderátum del alcalde de 1981: “No queremos un progreso que destruya, pero si queremos mantener el pueblo con vida”. Cuarenta años después el desiderátum sobrevive y las escenas del documental El Pueblo siguen pudiéndose entrever por las calles de Villaluenga del Rosario, por las calles de cualquier pueblo andaluz.
Más información:
  • González Rueda, Antonio Javier
    El Pueblo y yo. Un ensayo personal y visual sobre la España rural de 1981.
    Madara Editoras, Jaén, 2020.
  • Juniper Films
    El Pueblo [Documental]. 1983
    (https://youtu.be/ykfYF-TLwcg)
  • RTVE
    Villaluenga en el recuerdo [Reportaje]. 2019
    (https://www.rtve.es/alacarta/videos/ la-aventura-del-saber/aventura-del-sabervillaluenga-cita-recuerdo/5401401/)