Filipinas fue el exótico y fascinante mundo oriental del Imperio español; el lugar donde se cumplieron los sueños de asomarse a China y a sus misterios. Filipinas fue el límite alcanzado por los españoles en su impulso descubridor. Una tierra nueva, desconcertante y hermosa, dura y muy lejana; una Nueva Castilla, hermana de las anteriores pero quejumbrosa y a veces solitaria, pendiente del batir de las olas que traía noticias de tierras americanas y de otras aún más distantes. Un mundo como no habría otro igual.
El tornaviaje, culminado por fray Andrés de Urdaneta, fue trascendental porque hizo posible la colonización de Filipinas, su integración en el Imperio español y la configuración de una red de intercambios a escala planetaria.
Monumento a Miguel López de Legazpi en la isla de Cebú.
Manila fue una ciudad original. La más exótica del Imperio hispánico, en la que filipinos, chinos, mestizos y gentes de otras procedencias convivían con los españoles, que constituían la minoría dominante.
La imagen del Santo Niño fue entregada como obsequio a la reina de Cebú con ocasión de su bautizo durante la estancia de Magallanes y su expedición en dicha isla. La expedición Legazpi-Urdaneta de 1565 encontró la imagen en la isla. La imagen la conservan desde entonces los agustinos en la basílica del Santo Niño en Cebú. Esta imagen del Museo Oriental de Valladolid fue traída desde Filipinas en 1780.
Fuerte de San Pedro en Cebú.
Archivo General de Indias (Sevilla), Filipinas, 74.
Wenceslao E. Retana. Fiestas de toros en Filipinas. Madrid, 1896, p. 11.