Columnas
In memoriam

Manuel Barrios Aguilera

MARGARITA M. BIRRIEL SALCEDO
UNIVERSIDAD DE GRANADA

Esta primavera, recién cumplidos 80 años, fallecía Manuel Barrios Aguilera, catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Granada, a quien echaré de menos como historiador y como el compañero y amigo que puebla la memoria de mis últimos cuarenta años. Me siento honrada del encargo de esta revista de recordar aquí a Manuel Barrios, ya que me permite contribuir con estas pocas líneas a una tarea importante: dar cuenta y registro de aquellos historiadores e historiadoras que en los últimos cincuenta años han contribuido a la transformación de la producción historiográfica sobre y desde nuestra Andalucía. La tarea de recordar a aquellos andaluces que vivieron orgullosamente con rectitud moral, dedicación al trabajo, dominio de la disciplina y esfuerzo modernizador como hizo siempre Manuel Barrios Aguilera.

De la larga trayectoria profesional del profesor Manuel Barrios Aguilera lo primero que destacaría es su amor a la docencia. Él era ya maestro cuando estudió la carrera de Filosofía y Letras y compatibilizó durante años ese empleo con sus primeros encargos docentes en la Universidad de Granada, donde comenzó en 1972. Plenamente incorporado a la docencia universitaria a finales de los 80, pasó por todo el escalafón, desde Profesor No Numerario, a profesor Titular y, finalmente, Catedrático. Pero lo que quiero destacar aquí es la importancia que siempre otorgó al hecho de enseñar; de levantarse cada mañana, pues daba clase a primera hora, para impartir Historia Moderna Universal. Incansable cumplidor, se ocupó siempre de una de esas historias generales que en ocasiones se consideran menores porque exponen menos el campo de especialización específico de un historiador, pero que, como muy bien decía Manuel Barrios, es ahí donde se nota más y mejor nuestro dominio de la materia, nuestra capacidad de síntesis. Es donde transmitimos el sentido general de la disciplina a quienes serán profesionales de muy diverso perfil cuando se licencien o gradúen.

En una ocasión oí a uno de sus estudiantes criticarlo diciendo que era muy braudeliano, lo que sin duda habría enorgullecido a mi compañero Manuel Barrios. Precisamente, esa filiación historiográfica y la importancia que daba a que formábamos profesionales que no tendrían solo carreras universitarias le llevó a proponer, cuando los planes de estudio lo hicieron posible, una Historia de Andalucía en la Edad Moderna, asignatura que aún imparte el Departamento de Historia Moderna y de América, y cuyo perfil tuvo siempre la virtud de ser un medio para conocer nuestro territorio físico, identitario y político más cercano, pero a la vez, partir de lo concreto inmediato para pensar los fenómenos generales y comprenderlos mejor. Ese será siempre su legado.

Este partir de lo concreto para abordar lo general también ha dibujado el perfil de su larguísima trayectoria investigadora, cristalizada en incontables publicaciones. Sin duda, Manuel Barrios Aguilera fue un agente activo y eficaz en colocar al reino de Granada como un objeto de investigación particular pero significativo en la Edad Moderna española y, por ende, necesitado de historiadores que ubicaran esa especificidad en una nueva historiografía que, a finales de los 70 y en los primeros 80 del siglo XX, luchaba por hacerse oír en una Universidad y una historiografía aún marcada por el franquismo.

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En ese momento preciso fue cuando él y yo coincidimos en apostar por esta nueva historiografía. Ya hacía unos pocos años que éramos compañeros en el Departamento de Historia Moderna, pero sería entonces cuando comenzamos una trayectoria investigadora convergente, y, sobre todo, una amistad que llega hasta hoy. Y qué mejor manera de empezar ese camino que escribiendo un libro a dos manos: La repoblación del reino de Granada después de la expulsión de los moriscos (1986) que aún hoy sigue citándose. Traigo este libro a colación no solo porque Manuel Barrios Aguilera estaba muy orgulloso del impacto que tuvo y de continuar siendo cita obligada, sino porque define una parte de ese proyecto que he enunciado más arriba sobre el reino de Granada y tendría, como consecuencia más inmediata, la constitución de un grupo informal de historiadores e historiadoras bajo la rúbrica Moriscos y repoblación, dirigido por él, y del que formamos parte, entre otros, Javier Castillo, Julian Pablo Díaz López, Valeriano Ramos, Juan Jesús Bravo, Enrique Soria, Mª Isabel Pérez de Celosía y yo misma.

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Un grupo que durante media docena de años daría un gran impulso a la historiografía modernista granadina y, más específicamente, a las investigaciones sobre el largo siglo XVI. Y son los moriscos y todo lo relacionado con ellos lo que ocupe ya para siempre sus preocupaciones historiográficas, destacando particularmente obras como La convivencia negada. Historia de los moriscos de Granada (2008), que ya ha tenido varias ediciones, y muy especialmente La suerte de los vencidos. Estudios y reflexiones sobre la cuestión morisca (2009), menos conocida que la anterior al estar dirigida a un público más especializado, que continúa siendo libro de consulta obligado para toda persona que trabaja sobre la minoría.

La necesaria reflexión sobre el universo cultural que rodea a lo morisco lo llevó a hacer un pequeño desvío, que al final no era tanto, hacia la Granada de la contrarreforma, centrándose en las condiciones de producción y difusión de lo que él finalmente llamará ciclo falsario granatense. Los mártires de la Alpujarra, primero, y en segundo lugar, las numerosas publicaciones sobre los libros plúmbeos y sus derivados que permanecen aún en nuestra memoria como parte de un "legado cultural" que Manuel Barrios, con la eficacia de un cirujano, diagnosticó y desveló como construcciones míticas que pese a las apariencias, siempre operaron a favor de un imaginario católico y contrarreformista para nuestro territorio. Dos citas inexcusables: La invención de los libros plúmbeos. Fraude, historia y Mito (2011) y El ciclo falsario de Granada. De los Libros plúmbeos a los Fraudes de la Alcazaba (2021), su última obra.

Las limitaciones de la imprenta me obligan a ir cerrando este recuerdo de Manuel Barrios, pero no quiero dejar de incluir aquí su preocupación por lo que hoy llamamos historia pública y que para él era fundamental como misión no solo de quienes escribimos historia sino de la propia institución universitaria: la difusión del conocimiento que se produce en la Universidad que debía ser lo más amplia, cuidada y rigurosa posible, lo que él llevaría a cabo como historiador individual en su crítica al ciclo falsario granatense o los falsos cronicones, las diversas incursiones a través de los periódicos de extraordinarios o coleccionables de la historia del reino de Granada o de España para un público amplio.

La atención y compromiso en la transferencia de conocimientos la concretó también en el amor que profesó siempre a los libros y lo que nos enseñó durante las dos décadas que dirigió Publicaciones de la Universidad de Granada y la revista Chronica Nova, sobre el cuidado que había que poner en las publicaciones universitarias. A ese respecto, su dirección colocó a la Universidad de Granada, junto a la de Valencia, a la cabeza de un movimiento modernizador de las publicaciones académicas españolas que cambiaron el objeto material en sí mismo, el libro universitario, además de racionalizar las políticas de publicaciones. De todo ello nos beneficiamos muchos, durante muchos años.

Manolo, pues siempre será Manolo para mí, pertenece a esa generación de españoles que admiro porque navegó por la vida enfrentando primero la dureza de los años 40 y 50 del siglo XX, luego, con esfuerzo, dedicación e inteligencia, ejecutó una trayectoria profesional exitosa desde la Escuela a la Universidad y formó a la vez, junto a Visitación Rozúa, una hermosa familia. Como muchos de esa generación, tal vez algo convencional en las formas, pero adherido a una moral cotidiana de justicia y democracia que le llevó a formar parte de FETE o apoyar la lucha de los insumisos. Siempre admiré en él su resiliencia frente a los sinsabores. Al final él prevaleció a pesar de los obstáculos que algunos mandarines universitarios pusieron en su camino: llegó a ser catedrático. Hoy somos muchas personas quienes lo recordamos como amigo, historiador y ciudadano: pensador de pasados, constructor de presentes y, por supuesto, de futuros.