Columnas

Los sepulcros flotantes de la bahía de Cádiz

Pontones prisiones durante la Guerra de la Independencia

El encarcelamiento de las tropas napoleónicas en los pontones, navíos convertidos en cárceles flotantes anclados en la Bahía de Cádiz durante la Guerra de la Independencia de España, ha sido hasta época reciente un episodio poco tratado por la historiografía. A bordo fueron encarcelados la armada del vicealmirante Rosily y parte del ejército del general Dupont, rendidos en Cádiz y Bailén, respectivamente. La pesadilla de oficiales, marineros y soldados duraría varios años hasta que pudieron regresar a Francia. Muchos no lo consiguieron y fallecieron en Cádiz, en las Islas Canarias o en Cabrera. Al invasor francés le salió cara la partida de intentar invadir Andalucía.

LOURDES MÁRQUEZ CARMONA
HISTORIADORA

El encarcelamiento de las tropas napoleónicas en los pontones está relacionado directamente con dos grandes famosas batallas que acontecieron en Andalucía: el combate naval de Trafalgar (octubre de 1805) y la Batalla de Bailén (julio de 1808). Supusieron respectivamente una honorable derrota en 1805 y una gran victoria en 1808. Si bien, hay otro acontecimiento bélico muy relacionado con los pontones de Cádiz y poco conocido por el público en general: la Batalla de la Poza de Santa Isabel. Así se denominó la rendición de la armada de Rosily en junio de 1808 en la Bahía de Cádiz. ¿Quién formaba parte de esa flota? Se trataba de los excombatientes de Trafalgar, es decir, las tripulaciones de los cinco navíos de línea franceses supervivientes a la contienda y al temporal que le siguió. Ellos fueron los primeros presos que subieron a bordo de las cárceles flotantes fondeadas en la bahía gaditana.

Como es conocido, frente al cabo de Trafalgar en la costa de Cádiz, se enfrentaron, de una parte, la escuadra hispano-francesa al mando del vicealmirante Villeneuve, y de otra, la armada inglesa, al mando del famoso almirante Nelson. Los navíos de línea de la escuadra francesa arribados al puerto de Cádiz: Herós, Algeciras, Plutón, Argonaute, Neptune, y la fragata Cornelie, pasaron a ser la "escuadra de Rosily" cuando pocos días después de la lucha llegó este oficial francés a esta ciudad andaluza, el conde François-Etiénne de Rosily-Mesros (1748-1832).

El estado de esa flota, después de la encarnizada lucha y el fuerte temporal, era lamentable. Por tanto, tuvo que organizar su reparación en el Arsenal de La Carraca ubicado en la Isla de León (actual San Fernando, Cádiz). Asimismo, debió reorganizar las tripulaciones con los marinos supervivientes. Uno de ellos fue Michel Maffotte, timonel del naufragado Indomptable.

Por haber sido aliados en Trafalgar y haber permanecido fondeados en la Bahía de Cádiz desde 1805 a 1808 por el bloqueo de la armada inglesa del Estrecho, los marinos y oficiales de la escuadra de Rosily no padecieron las calamidades sufridas por sus compatriotas, presos un mes más tarde en Bailén. Fue tiempo suficiente para establecer lazos de amistad, e incluso de amoríos, con los habitantes del lugar.

Posicionamiento de los pontones en la Bahía de Cádiz a partir del "Plan de la Baie de Cadix et ['lle de Léon", de A. Tardieu. 1823.

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Pontón fondeado. Dibujo de Adolfo Valderas.

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¿Qué era un pontón?
  • Eran viejos barcos desprovistos de todos los elementos de navegación: cordaje, velamen, y la artillería de a bordo. A pesar de que tenían unas dimensiones considerables, unos 60 metros de eslora y 15 metros de manga y varias cubiertas, el espacio no era suficiente por el gran número de prisioneros —entre 600 y 1.000 hombres— que debían acoger. Con el tiempo, dado el hacinamiento y la mala calidad de vida, se convirtieron en verdaderos sepulcros flotantes, como así lo denominaron algunos de los propios presos.

    El marinero Henry Ducor nos los describe diciendo que en ellos "sus habitantes libraban una muerte lenta". La cala y el falso puente, que estaban por debajo de la línea de flotación, eran los lugares más insalubres con un lodo negro e infecto siempre presente. En esta multitud de pequeños apartados que formaban las distribuciones de los falsos puentes era imposible respirar. Una sola escotilla, paralela a la cala, permitía la introducción del aire en esta parte del navío, sin por supuesto evitar las emanaciones más fétidas. Con respecto a la luz, difícilmente penetraba, a tal punto que apenas se distinguían los objetos durante las horas de sol a plena luz del día.

CONTRA ROSILY. Cuando Napoleón invadió España en 1808, la armada francesa anclada en Cádiz se convirtió en enemiga. El conflicto se saldó con la contienda naval denominada Batalla de la Poza de Santa Isabel. La situación en Cádiz, una vez conocidas las noticias del alzamiento del 2 de mayo de Madrid, fue complicada: cinco barcos franceses fondeados frente al Arsenal de La Carraca y el gobernador de la ciudad y capitán general de Andalucía, Francisco Solano, tachado de afrancesado por no atacar la escuadra enemiga. Se resolvió con su linchamiento popular y con un enfrentamiento naval contra la armada de Rosily. Este acontecimiento, muy desconocido en la Historia de España, tuvo lugar en la Bahía de Cádiz desde el día 8 al 14 de junio de 1808.

Sería tema de otro artículo, pero resumimos diciendo que la victoria de la armada española, ejercida por el cuerpo de fuerza sutiles y una corona de fuegos de artillería dispuesto desde Puerto Real, San Fernando y Cádiz, supuso la rendición absoluta de la escuadra de Rosily. Se saldó con la captura de cinco navíos de línea y una fragata, que artillaban un total de 398 cañones y una fuerza humana de 3.676 hombres, entre oficiales y marinería.

En ese momento a las autoridades españolas se les planteó un verdadero problema ¿qué hacer con tantos prisioneros de guerra? A los oficiales, plana mayor y al vicealmirante se les dejó permanecer a bordo de sus respectivos navíos. Poco después, Rosily sería devuelto a Francia. Pero los prisioneros de marinería fueron recluidos inicialmente en la prisión de las Cuatro Torres (Arsenal de La Carraca), entre ellos el timonel Maffotte, y a bordo de los navíos españoles Terrible y San Leandro. 

Pero viendo el peligro de insurrección que podía producirse, se les trasladó a barcos prisiones, los pontones. Fueron habilitados para ello una serie de navíos y embarcaciones de menor porte, distribuyéndose los presos en función de la categoría militar. En los antiguos navíos Terrible, Vencedor, Argonauta, Miño, y las fragatas Horca y Fortuna, alojaron a soldados y marineros rasos. Mientras que la oficialidad de alto grado del ejército y la armada a las órdenes de Dupont y de Rosily, respectivamente, fue embarcada en el navío pontón Castilla y la urca Polonia. En cambio, los sirvientes y artesanos apresados de la colonia francesa de Cádiz fueron llevados a la fragata Rufina.

Poco después, a los cautivos de la armada de Rosily se unió el ejército francés del general Pierre Dupont de l'Etang derrotado un mes más tarde, el 19 de julio de 1808, en la Batalla de Bailén, el enfrentamiento que impidió el paso de las tropas napoleónicas a Andalucía en esta primera ocasión.

Los 20.000 hombres que componían este ejército "de Midi", que bajaban hacia el sur para someter Andalucía y rescatar a la escuadra francesa de Rosily, tuvieron duros encuentros con la resistencia del pueblo español. Una de las poblaciones asaltadas a sangre y fuego fue Córdoba. En ella entraron el 13 de junio. Durante tres días sufrió un intenso saqueo, en el que se dedicaron a robar, matar y violar a sus habitantes, sin que fuese impedido por la oficialidad al mando. Por ello se ganaron el odio de la población española y sufrieron la ira de todos los españoles. Los habitantes de los pueblos que estaban en el trayecto hacia la Bahía de Cádiz se lo demostraron con gritos y pedradas a su paso.

Días después, el 19 de julio, se produjo la Batalla de Bailén, en la que las altas temperaturas de julio y la escasez de agua empujaron a que el ejército de Dupont se rindiese, mientras que la población local de esta población jiennense apoyaba en todo cuanto pudo al ejército español al mando del militar Castaños. De este modo se frenaría por un tiempo el avance del ejército imperial hacia Andalucía.

Mediante las "Capitulaciones de Andújar" quedaba preso el ejército rendido en Bailén. A cambio, debía efectuarse su devolución a Francia por vía marítima. Pero el pacto no llegó a cumplirse. Las condiciones fueron firmadas el 22 de julio en la Casa de Postas de Villanueva de la Reina (Jaén), establecimiento hospedero fundado en 1766 y que todavía se dedica a esa actividad. Se estipuló un desarme absoluto de las tropas y su traslado hacia Cádiz para ser embarcadas en buques españoles con destino a Francia.

Oficial del cuerpo de Marinos de la Guardia Imperial.

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Evasión del capitán de marinos de la guardia Crivel del pontón Vieja-Castilla.

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Cuando Napoleón invadió España en 1808, la armada francesa anclada en Cádiz se convirtió en enemiga. el conflicto se saldó con la contienda naval denominada batalla de la poza de Santa Isabel

Muchos de esos soldados no suponían que jamás regresarían a su patria. Los supervivientes lo harían tras soportar un duro presidio, durante el período comprendido entre 1808 y 1814.

Para complicar la situación aún más, a los marinos de Rosily pronto se les unirían los 17.350 hombres del general Dupont. Con ellos marchaba un contingente de 334 marinos de la Guardia Imperial, entre oficiales y marinería. Se trataba de un cuerpo de élite creado por Napoleón en 1803, enviado a Andalucía como tropas de refresco para sustituir a las tripulaciones de la Escuadra de Rosily.

Sin embargo, los ingleses se negaron finalmente a su embarque alegando que regresarían de nuevo al campo de batalla español. Dada la cifra tan alta de cautivos, algunos fueron recluidos durante algún tiempo en pueblos de Sevilla, como Lebrija y La Campana, o en Arcos de la Frontera y Villamartín, en la provincia de Cádiz.

Cuando llegó parte de este ejército encabezado por Dupont a la Bahía de Cádiz, fueron evidentemente mal recibidos, y se desató un tumulto popular, en el cual despojaron a los soldados de sus bienes, muchos de ellos obtenidos en los saqueos, sobre todo en el pillaje de Córdoba.

TESTIMONIOS DE SOLDADOS. Existen varios relatos de soldados franceses presos en los pontones de Cádiz que decidieron contar las penalidades sufridas, pero también los momentos de diversión. Es el caso de Amblard, Blaze de Bury, Gaspard Schumacher, Grivel, Guillé, Henry Ducor, Maffotte, etc.

Una de esas historias es la del marqués de Sassenay, enviado por Napoleón a América en una fracasada misión por obtener el favor de los territorios españoles en ese continente. Su esposa llegó a solicitar incluso ayuda a la propia emperatriz de Francia, Josefina, y al duque de Wellington, para liberar a su esposo del encarcelamiento del pontón Castilla.

La existencia de las cárceles flotantes en Cádiz fue corroborada por documentos que se conservan en archivos, por publicaciones periódicas e incluso por las memorias de algunos burgueses de la época que vivían en la ciudad. Es el caso de Muñoz Naveda, que relataba en unas cartas a su padre que residía en Vejer de la Frontera, cómo se dejó de comer pescado de la Bahía por el aumento de tamaño. Se sospechaba que los numerosos cadáveres de presos arrojados al agua desde los pontones les podrían haber servido de sobrealimentación.

Existen informes de autoridades sanitarias de Cádiz que certifican que hubo un grave problema de salud pública, dado el hacinamiento de presos, al constituir un foco de infección de enfermedades. La cartografía histórica también confirma su existencia, e incluso la posición de fondeo en la Bahía de Cádiz.

VIDA EN LOS PONTONES. La vida era monótona. Al amanecer, un cañonazo disparado desde una de las fortificaciones de la Bahía marcaba la hora de levantarse, comenzando la rutina diaria. El testimonio de Henry Ducor y de otros supervivientes nos informan que tanto la comida como la bebida eran más bien escasas, en malas condiciones y en más de una ocasión padecieron períodos de carestía absoluta de alimentos. Ello provocó trágicas situaciones, sobre todo en la fragata La Horca, planteándose incluso practicar el canibalismo a bordo.

Aunque es necesario aclarar las dificultades de las autoridades españolas para abastecer a tal población de presos en un período de guerra, al mismo tiempo que asegurar el de la ciudadanía española.

En ese momento a las autoridades españolas se les planteó un verdadero problema ¿qué hacer con tantos prisioneros de guerra? a los oficiales, plana mayor y al vicealmirante se les dejó permanecer a bordo de sus respectivos navíos

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Música a bordo del pontón Castilla
  • Como siempre, las clases más altas se ven más favorecidas. La oficialidad y estado mayor recluidos en el pontón Castilla, además de disfrutar de una mejor alimentación por poder adquirir provisiones, debido a la mayor capacidad económica, vivieron en mejores condiciones de salubridad. Incluso, se celebraron conciertos en la cubierta principal con los músicos militares, con los que pudieron formar un cuarteto de cuerda. Su público era además de los presos a bordo, los oficiales de la armada inglesa de los navíos que los custodiaban y personas de la alta burguesía gaditana que se acercaban a escucharlos en barcas desde distintos puntos de la bahía. Según testigos interpretaron piezas de Mozart, Cherubini, Cimarosa, Haydn, etc.

    La historia de los pontones propició, dos décadas después, la composición y representación de una ópera cómica denominada "Les pontons de Cadix", estrenada en Paris en 1836, de la que aún existe el libreto, pero la partitura no ha sido localizada. La acción transcurre en la Isla de León, población del sur de España no ocupada por las tropas napoleónicas durante la Guerra de Independencia. La trama del libreto la protagoniza un triángulo amoroso entre el inglés Lord Cockney, el francés Savenay y la bella sobrina del gobernador español, Olivia. Representan a su vez la lucha entre las potencias europeas: Inglaterra, Francia y España.

Existen informes de autoridades sanitarias de Cádiz que demuestran que hubo un grave problema de salud pública, dado el hacinamiento de presos, al constituir un foco de infección de enfermedades

La situación mejoró un poco cuando parte de las tropas fueron desembarcadas de los pontones y trasladadas a los cuarteles de San Carlos en San Fernando (Cádiz). Se organizó un sistema de abastecimiento de alimentos para que los prisioneros compraran con su sueldo lo que se pudiesen permitir. Se establecieron diversas tiendas en el portal de entrada al acuartelamiento, previa autorización de las autoridades pertinentes. Uno de los testimonios de soldados franceses menciona incluso algunas exquisiteces que podían adquirir en ellas: "manzanas caramelizadas, higos y aceitunas de Sevilla o de Alcalá de Guadaira, pasas, guindas y algunas clases de moluscos", seguramente ostiones y las famosas cañaíllas de La Isla de León.

Pero la situación en las cárceles flotantes era muy dura. Pronto las condiciones se hicieron insostenibles por el hacinamiento y la escasez de alimento e higiene. Enfermedades como la desnutrición, el escorbuto y la disentería provocaron una gran mortalidad. Ante la ausencia de un plan de evacuación de los fallecidos, muchos de los cadáveres fueron arrojados por la borda, llegando a las costas de Cádiz. Sin embargo, debido al peligro de una epidemia, las autoridades sanitarias debieron organizar un plan de evacuación de los fallecidos y transformar el Argonauta en pontón-hospital para cuidar de los enfermos, siendo parte de ellos trasladados al Hospital de la Segunda Aguada (Cádiz).

El duro régimen de vida provocó que se produjesen fugas de los reclusos como, por ejemplo, las evasiones masivas de los pontones Castilla y Argonauta, en marzo y mayo de 1810, respectivamente, en la que tantos fallecimientos se produjeron durante el varamiento de ambos barcos prisiones. Naufragios provocados intencionadamente para escaparse hacia la costa dominada por los franceses, aprovechando los últimos temporales de la temporada invernal. 

Las evasiones fueron especialmente protagonizadas por los Marinos de la Guardia Imperial, como las del capitán Grivel y el comandante Vattier, dado los conocimientos de navegación que poseían.

Sin embargo, a pesar de las penalidades, existió una vertiente más positiva. Las tropas francesas disfrutaron también de momentos lúdicos, dedicando su tiempo a la música, los juegos, el teatro o escenificando obras con las famosas sombras chinescas, tanto a bordo de los barcos como en los cuarteles de San Carlos.

TRASLADO A LAS ISLAS. La situación se hizo insostenible por tal cantidad de presos. La solución fue su traslado en dos ocasiones a los archipiélagos de Gran Canaria, donde fueron enviados los marinos de Rosily, y las Baleares, donde fueron remitidos parte de las tropas de Dupont.

La situación fue mucho más dura para los soldados abandonados en la desértica isla de Cabrera, donde debido a la escasez de alimentos hubo prácticas de canibalismo. El poblado que fundaron fue denominado Napoleon Ville. Excepcionalmente, tenemos constatación material de este período de la historia a través del yacimiento Pla de ses Figueres, donde se ha documentado arqueológicamente su presencia en los barracones que habitaban.

El vicealmirante François-Etienne de Rosily (1748-1832).

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Hubo una tasa de mortalidad de un 70 %, según estima un gran conocedor de la historia naval de Francia, el contralmirante Remí Monaque

En contraste, los presos enviados a Canarias recibieron un mejor trato. Incluso la larga estancia en las Islas Afortunadas, desde 1809 a 1814, propició que muchos fueran integrándose en la sociedad canaria. Algunos se vincularon con mujeres de las islas, con las cuales tuvieron descendencia. Este fue el caso de Michel Maffotte, que llegó a ser un personaje muy conocido en Tenerife, donde fundó la Escuela de Náutica.

EL REGRESO. Derrotado Napoleón por la VI Coalición, alianza entre Rusia, Austria y Prusia, e instaurada la dinastía borbónica en Francia, Luis XVIII firma la paz con Europa y plantea la repatriación de los presos. Mediante el Convenio de Madrid, firmado el 25 de mayo de 1814, se estableció su devolución y canje. El general Lorge como comisario especial dirigió la operativa. Para ello se formaron listas clasificadas en cada depósito de reclusos: Cádiz, Galicia, Mallorca y las Islas Canarias.

Para finalizar, decir que el balance total de la guerra de la Independencia fue duro, que, de los 24.776 prisioneros militares y civiles de Cádiz, sobrevivieron solamente 7.082, es decir que hubo una tasa de mortalidad de un 70 % aproximadamente, según estima un gran conocedor de la historia naval de Francia, el contralmirante Remí Monaque.

Al regresar a Francia, una cantidad importante de los supervivientes fueron ingresados en manicomios. En cambio, otros se ordenaron sacerdotes, como hizo el soldado belga Joseph Lambert Lelouxhay, o bien se dedicaron a realizar trabajos de ayuda al prójimo.

Más información:
  • Blaze de Bury, Sebastien

    Un boticario francés en la guerra de España: 1808-1814 memorias. Introducción, traducción y notas, Máximo Higuera Molero.
    Trifaldi, Madrid, 2008.

  • Ducor, Henry

    Aventures d'un marin de la garde impèriale: prisonnier de guerre sur les pontons espagnol, dans l'ile de Cabréra, et un Russie, pour faire suite de la champagne de 1812.
    Éditeur Ambroise Dupont, París, 1833.

  • Fajardo Spínola, Francisco T.

    "Los prisioneros de la Guerra de la Independencia en las Islas Canarias (1809-1815)". Anuario de Estudios Atlántico, nº 60, 2014, pp. 175-236.

  • Márquez Carmona, Lourdes

    Recordando un olvido: pontones prisiones en la Bahía de Cádiz. 1808-1810.
    Círculo Rojo, Almería, 1ª ed. 2012; 2ª ed. 2020.