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Las enfermedades de Alfonso X el Sabio

Contradicciones y fracasos de un reinado

FRANCISCO RUIZ GÓMEZ
UNIVERSIDAD DE CASTILLA-LA MANCHA

La imagen del rey Alfonso, repetida hasta la saciedad en las miniaturas que iluminan los códices producidos en las escuelas alfonsíes, nos muestran a un personaje de naturaleza frágil, delgado y muy pálido; débil y enfermizo podríamos decir, y con fuertes desequilibrios emocionales: habitualmente taciturno y tímido; pasaba repentinamente de la melancolía a estados de euforia que culminaban en episodios de crisis coléricas. Aunque se dice que era moderado en el comer y beber, padecía gota por el consumo excesivo de carnes y grasas, y es probable también que sufriera una cardiopatía crónica, causada por el exceso de colesterol, e hipertensión arterial. Todo lo cual iría agravándose con la edad.

Sus numerosas enfermedades, que tendieron a cronificarse, le obligaron en ocasiones a permanecer convaleciente en el lecho durante largas temporadas, desatendiendo sus obligaciones como rey. Especialmente crítico desde el punto de vista sanitario fue el decenio 1269/78, etapa en la que el rey se vio obligado a delegar sus responsabilidades de gobierno en su hijo y heredero, primero en el infante don Fernando de la Cerda, y después de su muerte en 1275, en el infante don Sancho. Aunque también se ha dicho que estas etapas de convalecencia y retiro eran aprovechadas por el rey para dedicarse a complacer a las empresas culturales que él mismo patrocinaba. En la General e Grand Estoria el propio rey incluyó este comentario: "Mas dize Ovidio que grant es el engenno e la sabeduría del qui el dolor ha, e que el qui se duele de alguna cosa, ese suele ser mas artero, como que aprende".

Otros textos alfonsíes, como Las Cantigas o Las Partidas, contienen numerosas referencias a las dolencias y crisis de estado de ánimo sufridas por el monarca; así como consejos sobre la moderación en la comida y la bebida, la conveniencia de seguir pautas de vida saludables, y la recomendación de que el rey y las personas que le rodeaban en la corte tuvieran siempre una actitud positiva y alegre ante la vida y evitaran los disgustos y la melancolía.

Las Cantigas, la obra más personal del rey Sabio, refieren algunas de esas enfermedades padecidas por el rey, en ocasiones leves, pero en otras extremadamente graves. Se habla de estados de depresión o melancolía provocados por las traiciones de miembros de su familia o de cortesanos de su confianza, o el estrés, diríamos hoy, provocado por la fatiga y la enorme responsabilidad que supone ocuparse de la gobernación del reino. Los casos más graves descritos cursaban con episodios de febres altas que llegaban a provocarle pérdida de conocimiento o estados comatosos, algo que en aquella época no se distinguía muy bien de la muerte, de ahí que su recuperación fuera considerada una verdadera resurrección obrada por un milagro de la Virgen, de quien el monarca se declaraba su más fiel trovador enamorado.

EL REY SABIO

El reinado de Alfonso X estuvo lleno de contradicciones y fracasos, como sentenciaba en 1601 el padre Mariana en su Historia General de España. "Don Alfonso, rey de Castilla, era persona de alto ingenio, pero poco recatado: sus orejas soberbias, su lengua desenfrenada, más a propósito para las letras que para el gobierno de los vasallos. Contemplaba el cielo y miraba las estrellas, mas en el entretanto perdió la tierra y el reino". Sin embargo, es posible que muchos de aquellos problemas se debieran a las enfermedades que aquejaron de forma permanente al rey y que limitaron muy a menudo su acción de gobierno.

Los Santos Médicos San Cosme y San Damián realizan el milagro del trasplante de una pierna. Maestros de Los Balbases, (1495).

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Sus numerosas enfermedades, que tendieron a cronificarse, le obligaron en ocasiones a permanecer convaleciente en el lecho durante largas temporadas, desatendiendo sus obligaciones como rey

UNA COZ Y UNA BODA. Poco antes de las Navidades de 1269 don Alfonso había celebrado en Burgos la boda de su primogénito Fernando de la Cerda con la princesa Blanca de Francia, hija de Luis IX, conocido como el san Luis de los franceses. A la ceremonia asistió también su suegro, el rey de Aragón Jaime I el Conquistador. Concluidas las celebraciones, el cortejo real decidió partir hacia la ciudad fronteriza de Tarazona acompañando al séquito del rey de Aragón y pasar las fiestas de Navidad las dos familias juntas antes de separarse. Poco después de despedirse para iniciar el regreso, el rey Alfonso tuvo que interrumpir su marcha y dirigirse al cercano monasterio de Fitero para descansar y reponerse de una dolencia que le aquejaba. Informado el rey de Aragón por unos emisarios, regresó rápidamente acompañado de cinco caballeros y un médico de su séquito, el maestre Juan.

La crónica catalana del reinado de Jaime el Conquistador, titulada El Llibre dels feyts, proporciona más datos. Al parecer, durante los días de la celebración de las bodas en Burgos, el rey recibió una coz de uno de sus caballos en una pierna. Es probable que el golpe le produjera una fractura interna del fémur no tratada correctamente. La falta de reposo en los días sucesivos sin duda contribuyó a agravar la situación. Como se ha visto, el rey continuó con su actividad prevista, sin permitirse el reposo necesario en tales circunstancias. Téngase en cuenta que el viaje de Burgos a Tarazona y luego a Fitero supuso una cabalgada de unos 200 km. Atender las audiencias y los numerosos compromisos tuvieron que ser un verdadero suplicio para el rey.

Cuando finalmente se vio libre de obligaciones y pudo iniciar el regreso, cayó rendido por el dolor provocado por la inflamación de la pierna. La febre le obligó a guardar cama en el monasterio de Fitero y los cuidados de los monjes benedictinos le ayudaron a reponerse. Podemos suponer también que el maestre Juan le limpiara la herida, le inmovilizara la pierna y le proporcionara algún bebedizo de hierbas calmantes. El reposo también le haría bien. Luego Alfonso pidió al rey de Aragón y su séquito que se marcharan, asegurando que ya se encontraba mejor.

En junio de 1273 el rey se encontraba en Ávila, a donde había ido para entrevistarse con los representantes de los concejos de León y las Extremaduras con el fin de asegurarse su fidelidad, antes de enfrentarse con un grupo de nobles rebeldes huidos al reino de Granada. Su intención era emprender viaje hasta Córdoba para entrevistarse personalmente con ellos y pedirles que cesaran en su actitud. Sin embargo, una enfermedad se lo impidió. Por una carta enviada a su hijo Fernando de la Cerda sabemos que sufrió la enfermedad de romadizo (catarro con abundante mucosidad) por lo que no pudo viajar, y tuvo que encomendarle a él y a la reina Violante la misión de la negociación con los rebeldes.

En las semanas sucesivas parece que el rey fue recuperándose parcialmente. No tenemos noticias de nuevas enfermedades, pero el cotejo de su itinerario nos muestra que viajaba más despacio de lo habitual y en etapas más cortas. No fue a Córdoba, como hubiera sido su deseo, sino que de Ávila se dirigió a Guadalajara y después a Cuenca, acercándose a la frontera aragonesa. Se sabe que tuvo que realizar frecuentes paradas durante el viaje, y que a menudo se detenían varios días, probablemente para descansar a causa de las febres que aquejaban al rey.

Es muy probable que esta fuera la primera manifestación de una grave dolencia que el rey iba a padecer de forma crónica en los años sucesivos, hasta su muerte: una infección en el hueso del maxilar que le afectará también a la nariz, el ojo y la parte izquierda de la cara. En 1280, esta misma infección, que todavía continuaba afectándole, le provocó la pérdida del ojo izquierdo.

Yaciendo en vitoria
  • El año 1276 se vivió en Castilla una nueva crisis bélica. Tropas francesas habían invadido el vecino reino de Navarra y se habían apoderado de Pamplona. Los grupos contrarios al dominio francés se habían refugiado en el barrio extramuros de la Navarrería y solicitaron la ayuda de las tropas castellanas. El rey Alfonso organizó la hueste y se encaminó hacia la frontera, pero antes de llegar se sintió enfermo, por lo que tuvo que retirarse a Vitoria, donde permaneció convaleciente todo un año. Un contingente de tropas castellanas, sin el rey, fue hasta Pamplona, pero tuvieron que replegarse sin poder evitar el saqueo de la Navarrería y el afianzamiento del dominio francés en la zona.

    La ilustración del Códice de Florencia de las Cantigas muestra la enfermedad del rey con gran realismo. Alfonso X es representado postrado en la cama, con las piernas inflamadas ante la desesperación de los médicos. El tratamiento habitual, según se describe en la Cantiga 209, consistía en aplicar paños calientes sobre las piernas y otras partes del cuerpo afectadas, algo que sin duda aumentaba el sufrimiento provocado por la febre en el enfermo. Es un remedio inspirado en la filosofía médica del equilibrio entre los humores. Si un humor aumenta y provoca calor, se pensaba que había que aplicarse más calor, para que se expulsara de forma natural por exudación, o bien el tumor se reventara y drenara el pus. El saber popular, en cambio, aconsejaba bajar la febre enfriando el cuerpo por medio de baños o aplicando compresas de agua fría en la frente y las axilas.

    Un estudio médico reciente ha señalado que el rey Alfonso tenía la pierna derecha inflamada por retención de líquidos (la hidropesía), la misma enfermedad que probablemente padeció durante la entrevista de Beaucaire con el papa, debido supuestamente a problemas cardiacos o a una insuficiencia renal. Alfonso, tuvo dolores terribles y febres altas que le llevaron hasta el desvanecimiento, por lo que se pensó que se encontraba a las puertas de la muerte. Desesperado, se negó a seguir los consejos de los médicos y se encomendó a la Virgen, que obró el milagro de su curación, expulsando finalmente los líquidos que retenía. El rey mejoraba, pero los problemas políticos del reino, desatendidos por la enfermedad, eran cada vez más profundos, contribuyendo así al aumento de la inestabilidad política y de la cólera en el monarca.

BEAUCAIRE. La entrevista de Beaucaire en junio de 1275 con el papa Gregorio X por el fecho del imperio también se vio afectada por otra grave enfermedad del rey, lo que sin duda influyó en el fracaso de la empresa. Se dice que la preparación de la entrevista fue un error de la diplomacia alfonsina, pues se sabía que el papa no estaba dispuesto a ceder a las pretensiones imperiales de Alfonso. Quizá las circunstancias de la frágil salud del rey contribuyeron a precipitar el fracaso. Veamos, el encuentro debería haberse celebrado en Lyon, pero Alfonso viajaba con gran lentitud, aquejado de diversas dolencias, por lo que los embajadores acordaron trasladar la entrevista a Beaucaire, más cerca de la frontera catalana.

La duración prevista para las vistas era de una semana, pero tuvieron que prolongarse casi cuatro meses porque el rey de Castilla permanecía postrado en el lecho sin poder acudir a la audiencia pontificia. Finalmente el papa fue a ver a Alfonso a su tienda y se encontró con un enfermo que apenas podía responder a sus preguntas. Cuando se retiró el papa, seguramente estaba convencido de que había visto a un moribundo que no tenía ninguna posibilidad de dirigir el imperio. La renuncia a las pretensiones imperiales del rey de Castilla resultó casi innecesaria en tales circunstancias. Después de marcharse el papa, Alfonso tuvo que permanecer en cama en Beaucaire unos días más. Poco después se trasladó con su séquito a Montpellier, donde los médicos de su afamada facultad de medicina constataron que se encontraba al borde de la muerte. Finalmente, los cuidados recibidos le ayudaron a recuperarse milagrosamente y por fin pudo regresar a Castilla. La Cantiga 235 narra estos hechos (texto adaptado):

Y después cuando de la tierra salió, porque fue a ver
Al Papa que entonces era, fue tan mal a adolecer
Que lo tuvieron por muerto de esta enfermedad a tal.
Y después a Montpelier vino y tan mal adoleció
que cuantos físicos eran, cada uno bien creyó
que sin duda muerto era. Mas bien o por guarecerlo
La Virgen María, como señor muy leal,
Le hizo que en pocos días pudiese cabalgar
Y que tornase a su tierra para en ella bien estar.

Los enfermos en la edad media
  • La palabra enfermo viene del latín infirmis y significa que esa persona no se tiene en pie firme. En la Edad Media un enfermo era una persona que se encontraba en estado de extrema gravedad próximo a la muerte. No existía la noción moderna de medicina preventiva ni tampoco era frecuente que se aplicaran tratamientos para las pequeñas dolencias, por lo que el enfermo casi siempre era una persona que padecía una enfermedad incurable en estado avanzado, y cuyo desenlace más frecuente era la muerte.

    La enfermedad se percibía como un castigo divino. Algunas enfermedades eran especialmente infamantes, como la lepra. La lepra era la representación de la muerte por corrupción de la carne, por lo que realmente los enfermos de lepra eran considerados muertos en vida. Desde la Antigüedad los leprosos eran recluidos en lugares apartados y se prohibía que los familiares mantuvieran contacto con ellos. El III Concilio de Letrán (1179), estableció un ritual por el cual los enfermos de lepra tenían que recibir la extremaunción en la parroquia al descubrirse su mal y después eran acompañados hasta los confines de la villa por el párroco y los familiares en un simulacro de entierro en el que el muerto caminaba por sí mismo. Sin embargo, se sabía que, paradójicamente, también había habido personas piadosas enfermas de lepra, como obispos y papas, y hasta el rey Balduino IV de Jerusalén, el Guardián del Santo Sepulcro de Jesucristo, sufrió esta enfermedad, por lo que fue llamado el rey leproso.

    La caridad cristiana ordenaba cuidar a los enfermos y escuchar sus quejas con paciencia. Para el enfermo, el sufrimiento podía ser también una experiencia de perfección. Muchos teólogos afirmaron que la enfermedad no siempre era un castigo debido a nuestros pecados y flaquezas, sino que era algo propio de la naturaleza humana imperfecta, por lo que había que aceptarla y mortificarse con ella. San Bernardo dijo: "la dolencia llaga el cuerpo y cura el alma". Desde el punto de vista moral la enfermedad es un mal que la misericordia divina nos manda para probarnos y perfeccionarnos. Las dolencias, pobrezas e muertes de parientes forman parte de la vida y tenemos que aceptarlas, sin que tengamos derecho a juzgar la voluntad divina, se decía.

    Algunos movimientos espiritualistas al final de la Edad Media recomendaban aprovechar la convalecencia para meditar y aceptar la enfermedad como una experiencia mística; aunque también podría pensarse que el recogimiento interior era algo impuesto muy a menudo por el rechazo social que sufrían los enfermos. Hasta las madres y los padres se cansaban de cuidar a sus hijos enfermos y los echaban de sus casas. Los enfermos eran olvidados rápidamente por los amigos, y enojaban a sus parientes por las molestias que causaban. Hasta el propio enfermo se enojaba consigo mismo. El enfermo, por su extrema necesidad, se convertía en un excluido necesitado de la caridad ajena para sobrevivir. Estas situaciones se describen en un tratado titulado La arboleda de los enfermos escrito en Castilla hacia 1481. Su autora Teresa de Cartagena, monja cisterciense, se lamentaba con estas palabras: "es hecha grande hambre en la tierra de los enfermos". Un hambre que nunca se sacia, podríamos añadir.

Los textos que narran este episodio no indican qué enfermedad tenía el rey. Lo cierto es que el deterioro de su salud era evidente, y en Castilla, ante la merma de las facultades físicas del monarca, una asamblea de nobles le pidió que proclamara heredero a su hijo Sancho, en contra de las pretensiones de los hijos del fallecido Fernando de la Cerda, y delegara parte de sus poderes en él. La negativa del rey a ceder a estas pretensiones provocó que Sancho se enfrentara con su padre en el denominado Pleyto sucesorio, y declarara que el rey padecía lepra, una enfermedad infamante que le incapacitaba para continuar gobernando.

EL FINAL DE SU VIDA. Lo cierto es que Alfonso, durante los últimos meses de su vida, tuvo el rostro desfigurado por la infección cronificada del maxilar. El absceso le había provocado la pérdida del globo ocular, apenas podía ingerir alimentos y se dice que despedía un olor nauseabundo. Abandonado por todos durante esta última etapa de su vida, Alfonso tuvo que afrontar unas largas semanas de dolor, soledad e indignación contra todos los que habían traicionado. Las palabras de su testamento dictado en 1283 maldiciendo a su hijo son realmente un testimonio trágico de su pesar: "Don Sancho, por lo que fizo contra nos, desheredámoslo. E porque nos desapoderó contra verdad, que sea maldicho de Dios e de Sancta María e de toda la corte celestial e de nos". Al final de sus días solo pudo contar con la compañía de su hija ilegítima Beatriz, reina de Portugal, que permaneció a su lado hasta el final.

La muerte del monarca se debió a la hidropesía, una acumulación de líquidos provocada, entre otras causas, por una grave afección cardiaca y un fallo renal múltiple, y tuvo lugar en Sevilla el 4 de abril de 1284, a los 63 años de edad.

Más información:
  • Amasuno, Marcelino V.

    Medicina ante la ley. El ejercicio de la medicina en la Castilla bajomedieval.
    Junta de Castilla y León, Valladolid. 2002.

  • González de Fauve, María Estela (dir.)

    Medicina y sociedad: curar y sanar en la España de los siglos XIII al XVI.
    Universidad, Buenos Aires, 1996.

  • Mitre, Emilio

    Fantasmas de la sociedad medieval. Enfermedad, peste, muerte.
    Universidad de Valladolid, 2004.