En el prefacio de Las Partidas y queriendo justificar el rey por qué debía acometer tan gran empresa, señala solo después del temor al juicio de Dios en caso de no cumplir con sus deberes de buen monarca, la obligación que se derivaba "de la muy grande merced que Dios nos fizo en querer que viniessemos del linage onde venimos e el lugar en que nos puso".
En primera instancia ese linaje no es otro que el real de Castilla, patentizado en el uso de las armas de Castilla y León con el cuartelado instaurado por Fernando III en 1230 y que constituye una novedosa aportación de primer orden a la heráldica universal. Pero, más allá de esa pertenencia, ¿tenía motivos Alfonso X para poseer tan aguda conciencia de lo extraordinario de su estirpe?
En tiempos pasados, las casas reales de los distintos territorios cristianos españoles no se habían caracterizado por el especial relumbrón de sus enlaces matrimoniales. Razones geográficas e históricas llevaron a que, de forma natural, se buscase una y otra vez la alianza entre las diversas dinastías hispanas e, incluso, que no se considerase inconveniente el matrimonio de personas reales con miembros de la más alta nobleza del propio reino.
En esto, como es obvio, también jugaba su papel la coyuntura política en que debía desenvolverse cada reinado. A título de ejemplo, señalaremos que Sancho III el Mayor, rey de Pamplona, casó hacia 1011 con Mayor o Muniadona, hija de un conde de Castilla, o que Alfonso V de León lo hizo en 1013 con Elvira Menéndez, hija de su ayo, el conde Menendo González. Esta pauta también era seguida en otras casas reinantes europeas, aunque el endurecimiento progresivo de la aplicación de la norma canónica que prohibía los matrimonios entre parientes hasta el séptimo grado, al ser considerados incestuosos, alimentó la búsqueda de candidatos cada vez más lejanos.
Esta circunstancia, que se unía a un deseo formal de apertura hacia el resto de la Cristiandad latina, se observa ya claramente en tiempos de Alfonso VI (1065-1109), cuatro de cuyas cinco esposas pertenecieron a muy importantes casas de origen franco. Además, sus hijas Urraca y Teresa casaron con Raimundo y Enrique de Borgoña, respectivamente, y el hijo de los primeros, Alfonso VII, casó en segundas nupcias con Riquilda de Polonia, del linaje Piastas, aunque muy vinculada a los Staufen alemanes. Una de las hijas de este monarca, Constanza, casaría en 1154 con el rey de Francia, Luis VII, lo que constituía un enlace del máximo prestigio.
Un momento decisivo en esta línea de creciente internacionalización dinástica y de progresivo esplendor en los enlaces se alcanza con el matrimonio de Alfonso VIII, bisabuelo de Alfonso X, en 1170 con Leonor Plantagenet, hija de Enrique II de Inglaterra y de la más que famosa Leonor de Aquitania, la mujer más poderosa e influyente de la Europa de su tiempo.
Es sabido el altísimo concepto que de sí mismo poseía el rey Alfonso X de Castilla y León. Algunas anécdotas ampliamente difundidas así lo indican, como aquella, seguramente apócrifa, que lo presenta insinuando que la creación se hubiera beneficiado mucho si Dios le hubiera pedido consejo antes de ponerse manos a la obra. Esa petulancia se habría podido asentar muy fácilmente en la fama de docto y discreto que le acompañó desde muy joven, pero hay un aspecto que, quizá por encima de cualquier otro, alimentó esa indudable autoestima regia por afectar al valor más reconocido y admirado en su época: la sangre, el linaje.
COLONI Alfonso X, su esposa Violante de Aragón y su hijo Fernando de la Cerda. Códice Tojos Outos.
Las casas reales de los distintos territorios cristianos españoles no se habían caracterizado por el especial relumbrón de sus enlaces matrimoniales. Se buscaba la alianza entre las dinastías hispanas
Si tenemos en cuenta que las otras dos hijas de Enrique y Leonor, Juana y Matilde, casaron con Guillermo II de Sicilia y con Enrique el León, duque de Sajonia y Baviera, personajes de la máxima relevancia durante la segunda mitad del siglo XII europeo, podemos valorar mejor lo que este matrimonio significaba, algo de lo que el propio Alfonso VIII era más que consciente.
Alfonso VIII y Leonor de Inglaterra gozaron de un largo matrimonio de cuarenta y cuatro años de duración —ambos fallecieron en 1214 y en el mismo mes de octubre— y tuvieron diez hijos. Es muy revelador acerca de la plena integración de la dinastía castellana en el juego político y diplomático europeo que de las cinco hijas de la pareja real que alcanzaron la edad adulta, todas a excepción de Constanza, que fue abadesa en Las Huelgas, casaron con monarcas: Urraca con Alfonso II de Portugal, Leonor con Jaime I de Aragón, Blanca con Luis VIII de Francia y Berenguela, abuela de Alfonso X, con Alfonso IX de León, aunque anteriormente había estado comprometida con Conrado de Rothenburg, hijo del emperador germánico Federico I Barbarroja. Este fallido matrimonio es un precedente muy claro del que en 1219 se celebró entre Fernando III y Beatriz de Suabia y del que justamente dos años después habría de nacer el propio Alfonso X.
En 1197 casó Berenguela de Castilla con Alfonso IX de León. Cuando el matrimonio ya había dado lugar a cinco hijos, entre ellos el futuro San Fernando, Inocencio III decidió anularlo por considerar incestuoso su parentesco en tercer grado. Muy a pesar de ambos esposos, fue precisa la separación, e incluso aleteó durante un tiempo la posibilidad de que la copiosa descendencia fuese considerada ilegítima, lo que pudo evitarse y a la postre permitió la unión de ambos reinos en la persona de Fernando III, tras la muerte de su padre en 1230.
Como es sabido, anteriormente y desde 1217, Fernando III era ya rey de Castilla tras la cesión de la corona por su madre, finalmente heredera del reino tras la muerte accidental del joven Enrique I. Para que esa unión dinástica fuera posible también había sido necesario el fallecimiento en la flor de la edad del infante castellano Fernando en 1211, el hijo varón primogénito de Alfonso VIII, y en 1214 del hijo de Alfonso IX y de su primera esposa, Teresa de Portugal, igualmente llamado Fernando.
Tiene interés subrayar, por otra parte, el valor del ya mencionado matrimonio de Blanca de Castilla con Luis VIII de Francia porque, tras la prematura muerte de éste en 1226, ella fue regente y verdadera educadora e inspiradora de Luis IX, el futuro San Luis. Desde esa posición influyó mucho en las relaciones entre las dos casas reales y ello explica también, a la postre, la elección de una princesa francesa, hija de Luis IX y llamada Blanca como su abuela, como esposa del hijo primogénito y heredero de Alfonso X, el infante don Fernando de la Cerda, muerto antes que su padre en 1275.
Si esa era la muy ilustre línea castellana de la que procedía Alfonso X a través de Fernando III, la leonesa no le iba a la zaga en dimensión regia aunque no había un enlace semejante al de Alfonso VIII con Leonor Plantagenet. Alfonso IX era hijo de Fernando II de León, hijo a su vez del emperador Alfonso VII de León y Castilla, y de Urraca de Portugal, hija de Alfonso Enríquez, el primer rey luso, y de Mafalda de Saboya.
Lo cierto es que por el lado paterno Alfonso X era hijo y nieto de reyes (Fernando III y Alfonso IX), bisnieto de sendos monarcas (Fernando II de León y Alfonso VIII de Castilla) y tataranieto de otros cuatro (Alfonso VII de León y Castilla, Alfonso I de Portugal, Sancho III de Castilla y Enrique II de Inglaterra). Además, en esa rama de su árbol genealógico contaba también con una reina propietaria de Castilla, su abuela Berenguela, y con princesas de las casas de Portugal, Inglaterra, Barcelona, Saboya y Pamplona. Curiosamente, entre sus bisabuelas y tatarabuelas paternas la única que no pertenecía a un linaje real era la más célebre de todas, Leonor de Aquitania.
BODA REAL. Sin embargo, fue el matrimonio de Fernando III con la princesa alemana Beatriz de Suabia, hija de Felipe de Suabia, rey de romanos, nieta de Federico I Barbarroja, y prima hermana del emperador Federico II, el que marcó más decisivamente los destinos de Alfonso X y el que quizá fundamentó esa conciencia de su altísimo linaje de que dio tantas muestras.
La boda se celebró el 30 de noviembre de 1219 en el monasterio real de Las Huelgas, en Burgos y había sido meticulosamente preparada por la reina Berenguela, quien retomaba el fallido proyecto de su padre, Alfonso VIII, de vincular a la dinastía castellana con la imperial alemana. Felipe de Suabia había muerto asesinado en 1208 y Beatriz vivía bajo la protección de su primo Federico II, Rey de Romanos y, desde 1220, emperador. Su posición en la corte del Staufen era, pues, la de una huérfana que no pudo aportar dote alguna excepto sus problemáticos derechos al ducado de Suabia, pero sus cualidades humanas eran sobresalientes y su linaje incomparable.
Como optima, pulchra, sapiens et pudica (excelente, hermosa, prudente y discreta) la describe don Rodrigo Jiménez de Rada y es cierto que causó gran impresión en la corte castellana y que fue después una reina en muchos aspectos ejemplar. En cuanto al linaje, además de ser una Staufen y princesa de la dinastía imperial germana, era hija de Irene, hija a su vez del emperador bizantino Isaac II Ángelo o Ángel, con lo que reunía la sangre de dos dinastías imperiales en las que, a su vez, confluían linajes de la mayor representación en el centro y el este de Europa.
Alfonso X fue muy consciente de lo que todo esto suponía en aquel mundo donde cualquier jerarquía terrenal debía ser sustentada por la calidad y excelencia de la sangre que se portara. Tras la muerte de Federico II en 1250 y de su hijo Conrado IV en 1254, el rey de Castilla se había convertido "en el Staufen vivo con más posibilidades de acceder a la dignidad imperial" (Manuel González Jiménez).
No podemos entrar aquí en lo que el "fecho del Imperio" supuso en la vida y el reinado de Alfonso X, pero será bueno recordar que el embajador pisano que trajo a la corte castellana el singular ofrecimiento de la dignidad de emperador y rey de romanos, vacante por entonces, no olvidó mencionar en su discurso que el monarca era "el más excelso de todos los reyes que son o fueron nunca en los tiempos dignos de memoria".
Podemos decir que la casa real castellana llevaba para entonces casi un siglo laborando para llegar a ese resultado a través de su política matrimonial y de la consiguiente red de parentescos así establecida. El estrecho vínculo con los Staufen, a través de Beatriz de Suabia, se muestra no solo en la pretensión imperial, también en el apoyo que Fernando III siempre prestó a Federico II, en los intentos de hacerse con el ducado de Suabia, que llevó al infante Fadrique, hermano de Alfonso X, a pasar infructuosamente cinco años en la corte alemana, e incluso a incorporar el águila suaba a las armerías de alguno de los hijos de san Fernando.
Por el lado paterno, Alfonso X era hijo y nieto de reyes (Fernando III y Alfonso IX), bisnieto de sendos monarcas (Fernando II de León y Alfonso VIII de Castilla) y tataranieto de otros cuatro reyes
Fernando III y Beatriz de Suabia en sendas esculturas del claustro de la catedral de Burgos.
"Este fue rey mucho mesurado et conplido de toda cortesía; et de buen entendimiento, muy sabidor; et muy brauo et muy sannudo en los logares do conueníe, muy leal et muy verdadero en todas las cosas que lealtad deuieseseer guardada. Pero que mucho l(e) temíen los moros, era dellos mucho amado; esto era por la grant lealtad que en el auíensiempre fallada. Et enxalçador de cristianismo, abaxador de paganismo, mucho omildoso contra Dios, mucho obrador de sus obras et muy husadordellas, muy cathólico, muyecclesiástico, mucho amador de la Iglesia, muy reçelador de en ninguna razón yr contra ella nin pasar contra los sus mandamientos. Rey de todos fechos granados, segunt que en la estoria es ya contado et departido en muchos logares, que sacó de Espanna el poder et el apremiamiento de los contrarios de la fe de Cristo, et les tolló el sennorío et los tornó al suyo a quantos al su tiempo eran. Muchos bienes ouo en si que non son aquí retraydos. En Dios touo su tiempo, sus oios et su coraçón, por que él siempre fue tenudo de l(e) ayudaret guiar en todos sus fechos, et de l(e) adelantar et guiar en todas ondras".
Primera Crónica General (771b).
MATRIMONIO. Pero tener una idea cabal de la red de parentescos de Alfonso X nos obliga a reseñar su matrimonio y lo que ello le aportaba personalmente, así como a la dinastía que encarnaba. En enero de 1249 el entonces infante heredero de Castilla casó en Valladolid con Violante de Aragón, hija de Jaime I y de la reina Violante de Hungría. Jaime I recogía, a través de su línea paterna la sangre de las casas de Barcelona y Aragón, y a través de su madre, María de Montpellier, no solo la de importantes baronías feudales del sur de Francia, también, a causa de una rocambolesca historia, la de los emperadores Comnenos de Constantinopla por su abuela Eudoxia, hija de Isaac Comnneno.
Por parte de su madre, la reina doña Violante procedía de la dinastía húngara de los Árpad, por entonces con fama de santidad, con enlaces directos con los príncipes de Kiev, con los de Antioquía, en Tierra Santa, y con los Courtenay, gran linaje feudal francés varios de cuyos miembros fueron emperadores latinos de Constantinopla, emparentados con los condes de Flandes.
Estos ilustres antecedentes hicieron que Jaime I se planteara el matrimonio de su hija con Alfonso X en términos de absoluta igualdad —de hecho, Violante no llevó dote, como tampoco la había llevado Leonor, hija de Fernando III y primera esposa de Jaime I—, algo que no satisfizo al infante castellano. Pese a todo, esta alianza se mostró muy interesante e incluso providencial para Alfonso X en algunos momentos delicados de su reinado, en especial durante el levantamiento mudéjar de 1264 en Andalucía y Murcia.
Como escribió el medievalista portugués José Augusto Sottomayor-Pizarro, las relaciones dinásticas ayudan a comprender muchos aspectos de las circunstancias políticas y diplomáticas de un reinado, "las relaciones de parentesco fueron tejiendo una malla tan apretada entre las diferentes familias regias que es casi imposible hablar de una sin tener que hacerlo, casi obligatoriamente, de las otras".
Violante de Aragón, reina de Castilla.
Anejos de la Revista de Historiografía nº 6, Madrid, 2017.
Alfonso X el Sabio
Ariel, Barcelona, 2004.
"La familia de Alfonso X. XI Semana de Estudios Alfonsíes", en Alcanate XI (2018-2019).