Tenemos que "perseverar hasta nuestro último aliento para que las historias del Holocausto (sean de quien sean) no caigan en el olvido; ¡Tenemos que luchar para que sean escritas y no desistir nunca!". Es Philomena Franz, superviviente sinti de la persecución nazi, quien escribe esto en la "Presentación" del libro Holocausto gitano, de María Sierra. Presentación volcada al castellano por Virginia Maza que también ha traducido para Editorial Xordica las memorias de Franz, tituladas en España Entre el amor y el odio. Una vida gitana.
María Sierra acomete este proyecto bajo dicho imperativo: combatir el olvido. Pero también convencida de que no basta con recordar. Es necesario insertar los testimonios en un contexto inteligible que permita comprender qué ocurrió con los gitanos en la Europa dominada por el Tercer Reich. Y una vez hecho este esfuerzo, hay que difundir, "convertir el conocimiento científico en conocimiento público". Así, Holocausto gitano aspira a llegar a un rango amplio y variado de lectores. Será útil para investigadores y docentes, pues compendia lo que hasta la fecha se ha escrito sobre el intento de exterminar a las comunidades gitanas europeas, poco de lo cual se ha publicado en España. Pero también se aleja de la jerga académica con el fin de llegar a un lector no especializado, pero interesado en la historia del siglo XX.
De esta voluntad expresa por difundir da cuenta el propio título. Si se hubiera publicado en otro idioma, aclara la autora, hubiera debido emplear roma (sustantivo) y romaní (adjetivo), formas más aceptadas internacionalmente. Pero en España el término gitano está muy extendido. Además, a diferencia de lo que ocurre en otros países, no tiene una excesiva carga despectiva y la comunidad gitana española lo reivindica.
El devenir de las comunidades gitanas ofrece una perspectiva compleja y oscura sobre los procesos de modernización que desde finales del siglo XVIII transformaron Europa. Esa es una de las grandes virtudes de este libro. La existencia de comunidades nómadas se compaginó mal con el desarrollo del Estado y su aparato burocrático. No es casual, por ejemplo, que entre las grandes persecuciones genocidas figure la Gran Redada, emprendida en 1749 por el marqués de la Ensenada, autor del primer gran censo español: los nómadas encajaban mal en el intento de contar cuántos individuos vivían en cada metro cuadrado del territorio.
María Sierra
Holocausto gitano. El genocidio romaní bajo el nazismo.
Arzalia Ediciones, 2020, 286 pp., 21,95 €
Organizados en comunidades errantes, carentes de conciencia nacional, los romaníes tampoco hallaron su lugar en un tiempo en el que eclosionaban los nacionalismos y los estados ejercían un control creciente sobre individuos y fronteras. Su desapego hacia la propiedad inmueble chocó con el orden político y social liberal, uno de cuyos pilares era el carácter sacrosanto de la propiedad. Al tiempo, a lo largo del siglo XIX, naturalistas y científicos sociales establecieron un rango jerárquico entre grupos humanos basado en la raza o el grado de civilización asignado a cada uno: las comunidades romaníes fueron catalogadas como primitivas, extrañas, incapaces de encajar en el mundo moderno.
Todo ello conformó la imagen del gitano como un ser inadaptado, ajeno a la cultura y la sociedad europeas, y alentó la construcción de un discurso antigitano que gozó de un notable éxito en Europa. Vagabundos, los gitanos conformaban una raza extraña, fácilmente identificable por sus rasgos o el color de la piel; primitivos, ofrecían una imagen atrasada de los lugares que habitaban; poseían códigos morales diferentes; eran maleantes, amigos de lo ajeno y —por tanto— peligrosos. Su mera presencia ya resultaba disruptiva y por eso había que reeducarlos, disciplinarlos, asimilarlos o, si esto era imposible, extirparlos de la sociedad. Por todas estas razones, en el primer tercio del siglo XX la mayoría de los estados europeos enmarcaron las políticas que les atañían en el ámbito de la lucha contra la delincuencia.
El Tercer Reich asumió la consideración de los asuntos gitanos como una cuestión de orden público y su aparato policial redobló los esfuerzos para combatir y retirar del espacio público a un grupo considerado asocial. Al tiempo, los nazis decidieron que su misión era reconstruir el territorio bajo su control sobre el principio de jerarquía racial. Las leyes de Núremberg, de 1935, dictaminaron quiénes eran arios en función de los orígenes familiares y privaron de derechos ciudadanos a quienes no lo eran. A partir de aquí, las comunidades judías y romaníes siguieron un destino que con frecuencia discurrió en paralelo: primero fueron extirpadas de la sociedad; después llegó la hora del exterminio.
La persecución nacionalsocialista abarcó a todos los romaníes. Primero a los grupos nómadas; después, bajo el prisma de la pureza racial, llegó a quienes se habían asimilado y se consideraban plenos ciudadanos alemanes, franceses o de los distintos territorios que ocupó el Tercer Reich. Mediados los años treinta comenzaron las esterilizaciones, las deportaciones a guetos y campos de trabajo, el pillaje de sus propiedades, las reclusiones en campos de concentración... A partir de 1941-42 empezó el exterminio sistemático. No hay datos precisos pero el número de muertos osciló en una amplia horquilla que va desde 250.000 a 500.000, cifra que las últimas investigaciones tienden a elevar.
"Que las historias del Holocausto no caigan en el olvido" escribe Philomena Franz en la presentación de este libro. Precisamente eso fue lo que ocurrió tras la guerra con el genocidio de los romaníes. El discurso antigitano construido desde los albores del mundo contemporáneo demostró una terca vitalidad e impregnó las políticas de posguerra. Durante décadas se les negó su condición de víctimas argumentando que la persecución nazi tuvo lugar por motivos policiales, y no raciales, en el contexto de la lucha contra el crimen. Un planteamiento que —por terrible que suene— legitimaba de facto la política del Tercer Reich.
Los supervivientes, desolados por el estigma de seguir siendo tratados como criminales, se resistieron durante años a narrar su experiencia. La situación empezó a cambiar en el último cuarto del pasado siglo, cuando se fundaron las primeras organizaciones internacionales que exigieron el reconocimiento del genocidio y llegaron las primeras investigaciones académicas sobre el mismo. El panorama ha mejorado considerablemente a comienzos del siglo XXI. Hoy el genocidio de los gitanos europeos ya no está en cuestión pero aún queda mucho por conocer, por comprender, por explicar, por difundir. De ahí la importancia de este libro.