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Alfonso X, saber para reinar

Alfonso X de Castilla y León, el rey Sabio, es una de las figuras más relevantes de nuestra historia. Hijo, nieto, bisnieto y tataranieto de monarcas, fue, en palabras del profesor Manuel García Fernández, un rey que tenía un "alto concepto de sí mismo". Orgulloso de su linaje, trató sin éxito de ser elegido "emperador de romanos".

Contemporáneo de San Luis de los Franceses y de Enrique III de Inglaterra, comparte con ellos haber puesto los cimientos del Estado moderno. Y es que, citando a Manuel González Jiménez —el gran experto en la figura del Rey Sabio—, si Fernando III fue, en buena medida, quien conquistó Andalucía, Alfonso X fue quien la organizó. Heredó una monarquía feudal y armó un estado moderno. Con él nació un territorio nuevo dentro del reino de Castilla que hoy llamamos Andalucía.

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De la mano de Alfonso X, la Andalucía del siglo XIII experimentó una profunda revolución. Tanto fue así que resultaría imposible entender el esplendor de la Andalucía del Siglo de Oro sin tener en cuenta los cambios impulsados por el monarca castellano-leonés en sus 32 años de reinado.

El rey Sabio trasladó su corte a Sevilla, cerca de la frontera con el reino nazarí, para defender lo conquistado, favorecer el proceso repoblador y construir una flota de galeras con la que llevar la guerra a África, levantando para tal fin unas magníficas atarazanas. Una escuadra que, finalmente, en vez de ser utilizada para conquistar "allende", tuvo que batallar para defender "aquende" —es decir, los territorios andaluces ya conquistados— ante los feroces embates de los benimerines.

Fue la suya una sociedad siempre preparada para la guerra, de frontera, de hombres libres y (pequeños) propietarios. Lo conocemos con el sobrenombre de "el Sabio", pero también sería acertado calificarlo como "el Repoblador", ya que una de sus principales misiones fue otorgar fueros y hacer florecer ciudades.

Sus relaciones con mudéjares y judíos fueron complejas, al igual que su enfrentamiento con el emirato nazarí. La frontera quedó establecida desde Murcia hasta Gibraltar, dejando abierta la puerta a la cuestión clave de las décadas posteriores: la Batalla del Estrecho.

Su obra política, marcada por su difícil final envuelto en una cruenta guerra de sucesión, arroja, en cualquier caso luces y sombras, algo que no ocurre con su legado cultural. Como mecenas y patrono de las artes no tuvo rival. Le interesaron todas las ramas del saber: la historia, el derecho, la poesía, la ciencia y el entretenimiento. Escribió versos y congregó en su corte a sabios, poetas, historiadores, artistas y arquitectos cristianos, judíos y musulmanes. Bajo su iniciativa se levantaron grandes edificios civiles y religiosos. Fue precursor de la universidad de Sevilla e impulsó las traducciones del latín y el árabe.

Porque Alfonso X sabía que para legitimarse en el poder había que mostrar sabiduría. Su interés en el saber —como señala la profesora y académica Inés Fernández-Ordóñez— formaba parte de su proyecto político. Cultura y política eran para el rey la misma cosa: ramas de un árbol común regado con mimo por este monarca sabio de quien, 800 años después, tanto podrían aprender los gobernantes de hoy.

ALICIA ALMÁRCEGUI ELDUAYEN
DIRECTORA DE ANDALUCÍA EN LA HISTORIA