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"Murieron más que quedaron"

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La bacteria Yersinia pestis, que portan animales como las ratas y transmiten sus pulgas, se llevó por delante la vida de doscientos millones de personas entre 1346 y 1353 en la que se conoce como la temida peste negra.

En el siglo XVII, las grandes pestes —bubónica, septicémica o pulmonar— causadas por la citada bacteria mataron a tres millones de habitantes. Solo en la declinante Sevilla, todavía puerto y puerta de Indias, el gran brote de 1649 acabó con cerca de la mitad de su población.

La viruela terminó con las esperanzas de 50 millones de personas en todo el mundo, una cifra que se multiplica por dos para obtener los fallecidos en los siete grandes brotes de cólera que se extendieron por los cinco continentes en los siglos XIX y XX. La fiebre amarilla, transmitida por el mosquito Aedes aegypti, tuvo una especial virulencia en Andalucía: en un único año, 1800, acabó con la vida de 60.000 personas en las ciudades de Cádiz y Sevilla; en 1804 mató a 27.000 y en 1819 a 13.000 personas más.

La mal llamada gripe española de 1918-1919 sumó más víctimas que las dos guerras mundiales juntas: entre 50 y 100 millones, de las cuales 56.000 fueron andaluzas.

La mortalidad en todos estos casos no solo fue grande, también fue selectiva. Los ricos se saltaban los cordones sanitarios, huían de las ciudades —en gran medida las epidemias eran urbanas—, accedían a tratamientos y disponían de una mejor alimentación para hacer frente a sus acometidas. Los pobres permanecían intramuros, agonizaban en sus casas o en los hospitales, encomendaban su alma a Dios e incluso vestían los ropajes infectados abandonados por los poderosos.

Hubo casos de heroísmo y de solidaridad. Algunas congregaciones religiosas fundaron hospitales y asistieron el cuerpo y el alma de los infectados. La lucha contra las plagas vio proliferar tratados que diagnosticaban las posibles causas y proponían remedios para sanar las bubas y las ánimas de los infectados.

Las autoridades municipales y gubernativas, organizadas en juntas de sanidad, actuaron tarde. Tras la alarma inicial, la pandemia se mantenía en secreto hasta que el número de muertos era tan abrumador que resultaba imposible ocultarlo. Entre la confusión y el desánimo, las medidas —cierre de ciudades, prohibición de movilidad de mercancías y personas, quema de vestimentas, misas y rogativas— se imponían con una mano más dura para unos que para otros.

"En los más de los pueblos murieron más de la mitad y en algunos murieron más que quedaron. Moríanse por los caminos y por los montes y no había quien los enterrase. Huían los unos de los otros, los vivos de los muertos, y los vivos unos de otros porque no se les pegase", narró en 1507 el cura de Los Palacios, Andrés Bernáldez.

Acostumbradas a los embates de la muerte, probablemente, a ninguna de las víctimas de estas epidemias se le pasó por la cabeza que los científicos pudiesen hallar un remedio rápido que alejase de su puerta de una vez por todas al mortífero huésped.

En nuestro presente, en menos de diez meses se ha alumbrado una vacuna eficaz y fiable contra la infección por SARS-CoV-2, el coronavirus que ya ha sumado siete millones de muertes a su trágica lista. La ciencia hace que esta vez la historia esté de nuestra parte.

ALICIA ALMÁRCEGUI ELDUAYEN
DIRECTORA DE ANDALUCÍA EN LA HISTORIA