La trayectoria de la actriz Porfiria Sanchiz (Sanlúcar de Barrameda, 1909-Madrid, 1983) estuvo marcada por el infortunio hasta hacer del olvido casi una marca de fábrica. Más de cuatro décadas de trabajo constante y silencioso con los mejores profesionales del cine y el teatro de cada época trazaron una hoja de ruta de secundaria de lujo, pero sin premio.
Los cronistas teatrales la lisonjearon, los críticos alabaron su actuación en títulos como El escándalo o Cielo negro, y sus últimos años alternaron los papeles puramente alimenticios y estrafalarios con su puesta en valor por directores como Olea o Saura.
En el voluminoso libro Mujeres de la escena, 1900-1940 (SGAE, 1996), que aglutina más de 700 fichas de actrices de teatro, intérpretes de género lírico, bailarinas y artistas de variedades, no aparece la de Porfiria Sanchiz. En la biografía de Margarita Xirgu de Antonina Rodrigo (Flor del Viento, 2005) no se cita su nombre, aunque participara en cinco obras para la compañía de la gran dama y Enrique Borrás. Las pocas monografías cinematográficas que recogen su entrada se equivocan en su fecha de nacimiento. No se ha localizado ninguna necrológica suya en la prensa de la época. Todo parece apuntar a una confabulación del destino contra ella, a un malditismo que la perseguiría toda su vida. ¿O quizá no quiso ser recordada ni estar bajo los focos? ¿Se trata de una elusión intencionada de la fama?
Pero antes de la oscuridad, del silencio, hubo luz, mucha luz, la que llevaba su padre Francisco, ingeniero de profesión, a muchas ciudades de España. Contratado por la Compañía Andaluza de Electricidad es destinado a Sanlúcar, donde Porfiria nace un 15 de junio de 1909. Jerez, Cádiz, Málaga, Sevilla, Barcelona, Puertollano o Tenerife serán algunas de las escalas de una familia nómada en la que Porfiria aprende de profesores particulares, practica el piano con cierto virtuosismo y desarrolla un incipiente interés por la interpretación. En el Ateneo de La Laguna se atreve a dar sus primeros pasos presentándose como Porfirita Sanchís: "por su belleza y el atractivo brujo de sus ojos, fue la intérprete ideal de Tana" dice La Gaceta de Tenerife de su personaje en Isleñas de Antonio Ribot.
Instalada en Madrid desde 1930, Porfiria se matricula en el Conservatorio Nacional de Música y Declamación, alternando los ejercicios vocales con Enrique Chicote con sus actuaciones como meritoria en la compañía de la Xirgu con obras como Fortunata y Jacinta, La calle o Elektra. Pero, ya fuera por la excesiva competencia, sus pocas posibilidades de lucimiento o por centrarse más en los estudios, abandona la formación y se integra en la de Irene López Heredia, para la que interpretará Érase una vez en Bagdad. ¿Mala decisión o primer revés de la fortuna? Lo cierto es que le impidió vivir los mejores años de la Xirgu en la escena.
Antes de la Guerra Civil pasa por las compañías de Antonio Vico y Carmen Carbonell, Mora-Espantaleón, Josefina Díaz de Artigas y Manuel Collado, y obtiene su primer gran éxito interpretativo al incorporar a María de San José en la gira por provincias de la obra Teresa de Jesús que capitanea María Palou.
Su nombre empieza a sonar en el mundillo farandulero y también en el cinematográfico, necesitado desde la llegada del sonoro de profesionales con buena dicción. Las productoras echan sus redes en las compañías teatrales y pescan a Porfiria para una prueba para Don Quintín el amargao (Marquina, 1935), primera producción de la Filmófono de Luis Buñuel. Su papel no es muy extenso y su personaje muere en la pantalla, pero acapara los primeros minutos del filme con una fuerza interpretativa que se convertirá en una de sus constantes.
En apenas año y medio la actriz interviene en cinco películas más, La hija de Juan Simón (Sáenz de Heredia, 1935), Los claveles (Ontañón, 1936), El amor gitano (Benavides, 1936), Morena clara (Rey, 1936) y Usted tiene ojos de mujer fatal (Parellada, 1936), y pone su característica voz al cortometraje Valencia y sus naranjos (Domingo, 1937).
Atraviesa uno de los mejores momentos profesionales de su carrera, un ascenso vertiginoso que el conflicto bélico corta de cuajo. De no mediar el mismo, lo más natural es que hubiera seguido ese ritmo frenético y los papeles protagonistas no hubiesen tardado en llegar. Segunda oportunidad perdida, esta vez forzada por las circunstancias.
Detalle del rostro de Porfiria en la caricatura de Fresno para Érase una vez en Bagdad (Crónica, 21-2-1932).
Cartel de ¡Torturados! (Antonio Mas Guindal, 1950).
EMPEZAR DE CERO. Obligada a empezar de cero, Porfiria se acomoda durante la guerra en la compañía de Gaspar Campos, seguramente inferior a sus posibilidades, pero que al menos le permitió probar su nunca bien ponderada vis cómica en sainetes resultones y poco pretenciosos para un público que no pedía mucho más. Son años de mucho teatro en los que le da la espalda al cine o, más bien, el cine se la da a ella. Pronto llegan los frutos participando en el estreno de un futuro clásico, Eloísa está debajo de un almendro, con la compañía de La Comedia, e integrándose como primera actriz en la recién creada compañía del Teatro Español, donde logrará un registro al alcance de muy pocos: once obras en un año natural y alcanzar las 200 representaciones con Baile en capitanía, la tercera obra más representada en la historia del coliseo.
A las órdenes, primero de Felipe Lluch y luego de Cayetano Luca de Tena, conseguirá su madurez escénica, pero también su contrapartida, un rictus nuevo, serio, con más aplomo, más de señora que de joven belleza, aunque tenga treinta y pocos, viéndose desplazada en el estatus de la formación por actrices más "adecuadas" aunque mayores que ella, como Mercedes Prendes, o por las nuevas hornadas encarnadas por Blanca de Silos o Aurora Bautista.
Esos años gloriosos del Español vendrán acompañados por su celebrada interpretación de Gregoria en El Escándalo, "Porfiria Sanchiz mide con el gesto una vida interior insuperable", dice la revista Cámara, elogios que, para variar, no se traducirán en una continuidad fílmica inmediata. Pasan tres años hasta que participa en Audiencia pública (Rey, 1946) y Senda ignorada (Nieves Conde, 1946), pero a partir de ese momento ya no abandonará más la gran pantalla, decantándose progresivamente sus personajes hacia el rol antagonista, malévolo, o más desagradable de la ficción, ya se trate de una amante posesiva, Luis Candelas, el ladrón de Madrid (Alonso Casares, 1947), una prostituta, El negro que tenía el alma blanca (Del Carril, 1951), una protectora de las tradiciones vascas con algo de sacerdotisa, Amaya (Marquina, 1952), o la dueña de una tienda de modas, Cielo negro (Mur Oti, 1951). Aunque la suerte le sonría en muy contadas ocasiones brindándole un papel de más amplio espectro como el de la enferma Elena en ¡Torturados! (Mas Guindal, 1950), que la sitúa, sin que sirva de precedente, en tercer lugar del reparto.
Ya por esas fechas ha abandonado la formación del Español con la última obra de Jardiel Poncela, Los tigres escondidos en la alcoba, perdiéndose, ¿por qué no nos resulta extraño?, algunas de las mejores temporadas del coliseo con éxitos tan contundentes como Historia de una escalera. Ha decidido ir por libre, a su aire.
Todo parece apuntar a una confabulación del destino contra ella, a un malditismo que la perseguiría a lo largo de toda su vida. ¿O quizá fue la propia Porfiria quien no quiso ser recordada?
La actriz, encolerizada, en una imagen de Fedra (Manuel Mur Oti, 1956).
Dejando de lado sus primeras apariciones no profesionales, las actuaciones para el Conservatorio, las giras por provincias y las reposiciones, Porfiria intervino en 75 obras de teatro entre 1930 y 1962 para once compañías diferentes. Más de la mitad, 39, sobre el escenario del que podríamos llamar su segundo hogar, el Teatro Español, con un repertorio que incluyó seis Lope de Vega, cinco Shakespeare, dos Zorrilla, dos Benavente y dos Calderón. Su abanico de autores en teatros como el Recoletos, el Eslava, La Comedia o el Muñoz Seca, fue extenso y variado, abarcando a los Álvarez Quintero, Edgar Neville, Carmen Troitiño, Eduardo Marquina, Jardiel Poncela, Schiller, J. B. Priestley, Peter Blackmore o Elmer Rice. De las 48 películas que protagonizó, 9 están desaparecidas o en mal estado de conservación, caso de La tienda de antigüedades o Hamelín. También se dan casos extraños, como que se conserve la versión italiana de Santa Rogelia, y no la española en la que participó Porfiria. Más de la mitad de su filmografía, 26 títulos, está facturada por directores que repitieron con ella, llevándose la palma Manuel Mur Oti, cinco películas, al que siguen José Luis Sáenz de Heredia, Florián Rey, Rafael Gil, Antonio del Amo y Pedro Olea, tres cada uno, y Carlos Saura, Luis María Delgado y Luis Marquina, con dos películas cada uno.
Vuelve a tierras andaluzas para intervenir en la temporada de teatro moderno del sevillano Lope de Vega y actúa sin más techo que el cielo en el Parque María Luisa y en los Jardines Sabatini de Madrid. En la capital se especializa en el repertorio del teatro más nuevo o menos conocido, en obras de muy pocos personajes para el Teatro Nacional de Cámara y Ensayo, como Juno y el pavo real, Claudia o Si llevara agua, volviendo a ser la protagonista, una gran señora de la escena que, sin embargo, se retira antes de tiempo, en 1962, con Las que tienen que servir, integrada en un reparto de lujo: Concha Velasco, Gracita Morales, Manolo Gómez Bur y Agustín González.
Fue un adiós a las tablas un tanto tibio y, sobre todo, precipitado, porque con 53 años Porfiria todavía podía haber dado mucha guerra. Muchas de sus compañeras de generación acomodaron sus dotes teatrales a Estudio 1 y otros espacios televisivos, pero Porfiria no quiso o no pudo dar ese paso.
Antes de que eso ocurra, en los cincuenta tiene oportunidades de brillar en el cine, sobre todo a las órdenes de Manuel Mur Oti, que la escoge como actriz fetiche para sus películas, ya se trate de dramas desaforados como Fedra (1956), sin duda una de sus mejores actuaciones como guardiana de la rectitud moral del pueblo, de policiacos nada desdeñables como A hierro muere (1961), o de comedias un tanto simplonas pero efectivas, caso de Una chica de Chicago (1958) o Pescando millones (1959), roles ambos que prefiguran el de la dueña de la pensión en El sol en el espejo (Antonio Román, 1962), casi una obra de teatro filmada, quizá lo más parecido a esa actuación sobre los escenarios que el paso del tiempo y la tecnología nos han escamoteado.
En medio, papeles minúsculos que oscilan entre la caricatura, El canto del gallo (Gil, 1956), la picaresca y sus consiguientes dobleces, La danza de los deseos (Rey, 1954), Los dos golfillos (1961), la altivez de una gran dama, El indulto (Sáenz de Heredia, 1960), o lo grotesco, la exorcista de Sonatas (Bardem, 1959).
La carrera de Porfiria en el cine fue tan dilatada que le permitió participar en buena parte de las coyunturas genéricas del cine español, ya se tratara de las películas entroncadas con lo folclórico o lo castizo, zarzuela incluida, con el cine de época o dramas históricos tan populares en los años cuarenta, o en un episodio tan curioso como el de las dobles producciones hispanoitalianas fruto del acuerdo suscrito entre ambos países durante la guerra, Santa Rogelia (Ribón/Borghesio, 1939).
Esta circunstancia seguirá presente en el tramo final de su andadura, donde parece hacerse más evidente su basculación entre papeles puramente alimenticios con otros de mayor fuste. Porfiria interviene en el filón de los niños prodigio, además de Joselito, la fugaz estrella Maleni Castro y un balbuciente Raphael en Las gemelas (Del Amo, 1962), en un claro exponente del pre-landismo, Mi marido y sus complejos (Delgado, 1968), en el cine como vehículo de ídolos juveniles, Miguel Ríos en Hamelín (Delgado, 1968), Junior en Los jóvenes amantes (Alazraki, 1970), en las prolíficas coproducciones hispanoitalianas, 3S3 Agente especial (Sollima, 1966), Encrucijada para una monja (Buchs, 1967), América rugiente (Caltabiano, 1969), o en algunas producciones de los representantes más destacados del llamado Nuevo Cine Español, Stress es tres, tres (Saura, 1968), Fortunata y Jacinta (Fons, 1969), Españolas en París (Bodegas, 1970), El bosque del lobo (Olea, 1970).
Uno de los pocos fotogramas conservados de Usted tiene ojos de mujer fatal Juan Parellada, 1937).
Caracterizada como María de San José para la obra Teresa de Jesús.
En el Teatro Español de Madrid logrará un registro al alcance de muy pocos actores: once obras en un año natural y alcanzó las doscientas representaciones con 'Baile en capitanía'
Fueron precisamente estos últimos los que reivindicaron su figura, junto a las de otros actores y actrices veteranos, haciendo lo único que podían: darle un pequeño papel en sus películas. Se trataba de un acto de justicia testimonial, pero justicia al fin y al cabo. Citando a Alberto López Echevarrieta en su libro sobre Pedro Olea, el director vasco "siempre ha tenido en cuenta a estos juguetes que sin llegar a estar rotos, sí han estado olvidados".
Carlos Saura llegó incluso más lejos y no dudó en recurrir a su voz, la más parecida a la de la recitadora argentina Berta Singerman, para una escena de El jardín de las delicias (1970). Últimas tomas de una trayectoria siempre discreta, constante e irreprochable, capaz de extravagancias que resultan hasta simpáticas, como sus intervenciones en la adaptacion del cómic italiano La máscara de Kriminal (Lenzi, 1966) o el filme de aventuras El viaje fantástico de Simbad (Hessler, 1974), en el que apenas se intuye su rostro, tapado por una larga túnica. Sin duda, va siendo hora de destapar ya el genio de Porfiria Sanchiz, la tigresa escondida en la almohada.
Las estrellas de nuestro cine.
Alianza, Madrid, 1996.
"Porfiria Sanchiz" en Siluetas sanluqueñas I, Indepently Pub., 2018.
"Porfiria Sanchiz", en Fila Siete, nº 198, junio 2019, pp. 50-51.
Porfiria Sanchiz. La tigresa escondida en la almohada. Secundarios en el teatro y cine español (1930-1975).
Shangrila, Valencia, 2019.
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