En torno a 1440-1450, en la ciudad germana de Maguncia, el orfebre Johannes Gutenberg ideó una máquina de tipos mecánicos móviles que revolucionó la cultura escrita. En la Edad Media, el proceso de edición de un libro era sumamente laborioso, generalmente era llevado a cabo por monjes amanuenses que podían invertir varios meses en la publicación de una obra manuscrita. La imprenta cambió por completo el proceso de producción de los escritos. Se mecanizó el proceso y se acortaron los tiempos de elaboración. La historiadora Elizabeth L. Eisenstein ha llegado a afirmar que esta innovación técnica fue revolucionaria para la historia de la humanidad. Los conocimientos se difundieron con una rapidez desconocida hasta el momento. Se puso en marcha, desde entonces, un proceso que transformó culturalmente Andalucía, como documentan la extensión de las prácticas de lectura a sectores sociales más amplios y la reducción de las tasas de analfabetismo. Estos apasionantes cambios son documentados en una obra colectiva editada por los profesores de la Universidad de Córdoba, Manuel Peña Díaz, Pedro Ruiz Pérez y Julián Solana, Historia de la edición y la lectura en Andalucía (1474-1808), que toma como punto de partida la llegada de este singular artilugio mecánico a la ciudad de Sevilla en torno a 1473 y su difusión a partir del siguiente año.
Esta publicación destaca por ofrecer una comprensión global de la cultura escrita, así como una ingente cantidad de datos y conocimientos. Los 37 capítulos que la componen vinculan tradiciones historiográficas que estaban desligadas en el pasado como la bibliografía, la sociología de los textos, la historia del libro, la historia de la cultura escrita, la historia de las bibliotecas y de la lectura. La ruptura de estas fronteras tradicionales se debe, en buena medida, a la influencia que ha ejercido el historiador francés Roger Chartier. Este precisamente prologa esta historia de la comunicación andaluza con un excelente resumen de sus principales virtudes. Tampoco debemos obviar el magisterio de los editores: su publicación es la culminación del proyecto que comenzaron en 2001 La cultura del libro en la Edad Moderna. Andalucía y América.
Esta historia de la comunicación ha sido llevada a cabo por sus editores con la voluntad de convertirse en e manual de referencia para cualquier estudioso que se acerque a este tema, como se deduce de su carácter exhaustivo, amplio y globalizador. La publicación se ha organizado en torno a tres grandes bloques. El primero analiza cómo evoluciona la producción de los diferentes géneros literarios en las prensas andaluzas, tanto en las capitales más populosas, como Sevilla o Córdoba, como en otras situadas en ciudades de menor tamaño, como Osuna o Lucena. Estas produjeron toda clase de géneros editoriales, especialmente las situadas en Sevilla, aunque con el paso del tiempo se centraron en la producción masiva de una literatura considerada tradicionalmente de menor entidad, como los pliegos poéticos y las relaciones de sucesos, mientras que los impresores de Madrid o Salamanca se especializaron en los libros universitarios o de novedades literarias.
Peña Díaz, Manuel; Ruiz Pérez, Pedro y Solana Pujalte, Julián (coords.)
Historia de la edición y la lectura en Andalucía (1474-1808).
Universidad de Córdoba, 2020, 672 pp., 20 €.
En el segundo bloque se propone una mirada retrospectiva de los diferentes géneros literarios (novela, poesía, teatro, etc.), así como de los usos practicados por los lectores. Los autores revelan la distancia que existía entre la edición y la lectura. No siempre se respetaban los usos "oficiales" de las producciones gráficas, como atestigua por ejemplo Rocío Alamillos. Esta investigadora muestra que las oraciones cristianas fueron empleadas por las hechiceras con una finalidad mágica, incluso, en ocasiones, sin conocer su contenido, debido a que no sabían leer. Otras publicaciones tienen el valor de mostrar que la cultura escrita no se circunscribía simplemente al libro, o incluso al papel. Precisamente, Antonio Castillo documenta la importancia que tuvieron epígrafes, pasquines, grafitis, edictos, carteles, anuncios, así como todo tipo de escrituras que se expusieron en lugares públicos. El conocido caso de la controversia doctrinal en torno a la Inmaculada Concepción que enfrentó a mandatarios de la Iglesia (por un lado jesuitas y franciscanos, y por otro, dominicos) es uno de los notables ejemplos que aporta.
El tercer bloque analiza los contenidos tanto de bibliotecas institucionales como privadas. Los autores resaltan que la falta de estudios de amplia base estadística impide conocer en detalle la composición de las mismas, aunque concluyen, en base a los datos disponibles, que son similares a las europeas. En los siglos XVI y XVII predominaron los libros religiosos, mientras que a partir del siglo XVIII se reseña la presencia de las obras ilustradas. Aunque estas últimas no fueron las más editadas, ya que se documenta, según Arturo Morgado García, un mayor número de "las lecturas corrientes", como por ejemplo las novelas. Otros artículos se ocupan de las prácticas de lectura, desde la lectura en voz alta o la silente, a las lecturas femeninas. Mientras que otros capítulos analizan las variadas influencias culturales que recibió la cultura escrita (erasmismo, corrientes reformadas, conversos o moriscos).
Esta obra, a pesar de su voluntad globalizadora sobre múltiples aspectos vinculados a la cultura escrita, presenta algunas ausencias, especialmente en lo que concierne a las relaciones o influencias entre la escritura y la oralidad, tan importantes en aquella época. Hubiera sido deseable un análisis sobre la literatura oral medieval, que pervivió en la prosa y la poesía del Siglo de Oro, tal como demostró la filóloga Margit Frenk. También se echa en falta un análisis en profundidad acerca de las lecturas en voz alta, a pesar de que Fernando Bouza se ocupa brevemente de ello en su artículo. También podría haberse incluido un capítulo que valorarse las relaciones entre la cultura oral cotidiana (cuentecillos, hechizos, conjuros, blasfemias, maldiciones, injurias, insultos, etc.) y la cultura escrita.
Estas pequeñas ausencias no restan para nada valor a esta historia de comunicación andaluza en la Edad Moderna. Es un producto universitario basado en la producción científica y el trabajo de archivo, que tiene el valor de mostrar que Andalucía no se apartó de las corrientes culturales europeas, en relación a las prácticas de edición y lectura en los siglos XVI, XVII y XVIII; y que además revela que pese a la existencia de la censura inquisitorial, su influencia fue menor a la deseada por el Santo Oficio debido a que, a menudo, fue negociada ante la necesidad de contar con la colaboración de agentes censores externos, como demuestra Manuel Peña.
Esta historia de la edición y la lectura se ha convertido en el libro de referencia en el ámbito de la comunicación para el territorio andaluz en la Edad Moderna. Es un libro de obligada consulta para todo estudioso interesado en acercarse a este tema. A su vez, la corta extensión de sus ensayos y su tono ameno también hace accesible esta obra a un público lector más amplio.